La nueva era empieza por la primera dama

Michelle Bolsonaro llenará de contenido la figura de esposa consorte. Es 25 años más joven que su esposo, el nuevo presidente de Brasil


Brasilia

Los primeros días del Gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro en Brasil han venido marcados por medidas que han confirmado las peores expectativas de sus detractores: purgas con tintes ideológicos en la Administración, criterios económicos para trazar territorios indígenas, vía libre para la violencia policial y barniz religioso en la educación y los derechos humanos. Apenas un detalle despertó simpatías entre los brasileños, más allá de la militancia o no con su nuevo presidente: la aparición de Michelle Bolsonaro en la toma de posesión. Y todo sin pronunciar una palabra.

Su discurso en lenguaje de signos llamó la atención por lo novedoso del formato, lo inusual de la ocasión y la elegancia de su realización. Aunque tampoco el momento Michelle estuvo exento de críticas. Pronto se recordó que su esposo y uno de sus hijos, Flavio, votaron en contra de la Ley de Inclusión de Personas con Deficiencia, y que la regulación del uso de lenguaje de signos en actos públicos se debe a una diputada del PT a la que Bolsonaro dijo que «no violaría nunca, porque no se lo merecía».

Michelle tampoco hizo mención a la situación de la mujer en Brasil, pero su discurso puso el foco de nuevo en la primera dama, una figura que no venía brillando en los últimos años. Brasil, siempre tan de ojo a las modas presidenciales de Estados Unidos y algunas familias reales europeas, echa de menos una primera dama carismática. La difunta esposa de Lula da Silva (su galega Marisa) participó más en las campañas electorales que en la presidencia. Y la esposa de Michel Temer, 43 años más joven, Marcela, era un añadido de impopularidad para el muy impopular expresidente.

Michelle es 25 años más joven que Bolsonaro, al que conoció en el 2007 como secretaria del Congreso. Salida de una humilde familia de Ceilândia (una de las ciudades que rodean a Brasilia y nutren a la capital de mano de obra barata para la restauración, tiendas y hogares), la joven excajera de supermercado cautivó al entonces diputado, aún casado en segundas nupcias. Pronto formalizaron su relación por escrito y seis años más tarde ante la autoridad del pastor evangélico Silas Malafaia, en una ceremonia donde estaba prohibida la música en directo, especialmente samba y funk carioca, que la novia considera poco éticos.

La mayor de cinco hermanos, Michelle sostiene su vida en unos rígidos valores religiosos con los que educa a su hija Laura, fruto de su matrimonio con Bolsonaro. Unos valores que le hicieron alejarse de Malafaia y su iglesia cuando esta cayó bajo la sombra de la corrupción. Poco más se sabe de los gustos y aficiones de la primera dama, que ha ido apareciendo poco a poco en las fotos de los viajes de Bolsonaro, especialmente cuando en una de sus últimas salidas por Río de Janeiro vistió una camiseta con el lema Se começar nesse tom comigo, a gente vai ter problema («Si empieza con ese tono conmigo, vamos a tener un problema»), que una jueza empleó con Lula da Silva en uno de los juicios por corrupción contra el expresidente.

A Michelle Bolsonaro tampoco le gusta el rojo: en su primer día como inquilina del maravilloso Palácio da Alvorada donde residen los presidentes brasileños, mandó cambiar unas butacas rojas por otras azules, lo que todo el mundo interpretó como un gesto político. El entorno del presidente asegura que Michelle pretende tener su propia agenda.

Al poco de ocupar su nueva residencia, la primera dama abrió sus puertas a un grupo de amigos, que retrataron con lujo de detalle su visita en redes sociales. Vestidos de manera informal, en bermudas, algunos en sandalias o directamente descalzos, mostraron su voluntad de hacer «un churrasquito» en la piscina, consideraron la impresionante mesa colonial del comedor como propia de «una película de Shrek», se estiraron en una de las elegantes chaise longue diseñadas por Oscar Niemeyer hace 50 años y no dudaron en sentarse en la mesa donde el presidente firma decretos o hace pronunciamientos a la nación. Son los amigos que Michelle Bolsonaro hizo en Río de Janeiro frecuentando la iglesia.

El nuevo estilo que marca la primera dama para la nueva era de Brasil.

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