Cinco años sin sus hijos, sin dinero para alimentarlos y sin espacio en el piso

Una viguesa que vive con 380 euros al mes pide que le permitan ver más a sus vástagos y el acceso a una vivienda más grande


vigo / la voz

La de Verónica Román es una de esas historias tristes y difíciles de contar por no saber por dónde está el comienzo. «Hace cinco años se llevaron a mis dos hijos pequeños (el mayor vivía con los abuelos). No tenía ingresos, me puse a pedir comida en la calle y al enterarse los servicios sociales empezaron los trámites de acogimiento temporal», comienza explicando esta mujer de 38 años.

Desde entonces intenta recuperarlos, pero las cosas no se han presentado fáciles. Todas las Navidades pasa una noche en la calle para reclamar ayuda.

Vive con 380 euros de una pensión no contributiva debido a una minusvalía que arrastra desde pequeña. «Me quitaron un pulmón por una supuesta negligencia médica», explica. Al problema de los escasos recursos económicos se suma el de las dimensiones del piso, de apenas treinta metros cuadrados. Está claro que aunque subyazcan otras circunstancias, la situación no es precisamente favorable.

Hace dos años la Xunta la sacó de un apuro al concederle ese apartamento, justo cuando le habían dado un plazo para irse de la vivienda que compartía al no poder pagar los 150 euros de la habitación. La parte positiva es que se libró de la calle y al ser de alquiler social solo paga 40 euros al mes. La negativa es que solo tiene 32 metros cuadrados y un dormitorio, un espacio insuficiente para acoger a sus hijos, camino de los 10 y 13 años. Aún así, ha conseguido que en la actualidad se queden un día al mes en casa, algo que le sabe a poco. «Pongo camas plegables para que se arreglen», apunta.

Su discapacidad le impide trabajar en cualquier cosa. «He intentado buscar empleo, estoy sacando la ESO, hago los cursos que me dicen, de vez en cuando hago algún trabajo o vendo en la calle para sacar algo y estoy en tratamiento psiquiátrico. Hago todo lo que me recomiendan para recuperar a mis hijos. Lo que estoy pidiendo es que me los dejen ver más, que vengan más a casa, que no pasemos las Navidades separados. Solo pudimos estar juntos del 22 al 23 de diciembre», indica.

La gustaría disponer de un piso más grande para tener a sus hijos con ella y, por supuesto, más medios económicos, pero admite que las cosas no son fáciles. «Pregunté si la risga era compatible con la pensión y me dijeron que no y empleo no encuentro. No me dejan trabajar en cualquier cosa por mi problema. No puedo hacerlo en lugares donde haya cambios de temperatura, en hostelería, limpieza...»

Verónica trabajó en su día durante un año en un programa de violencia de género del Concello desarrollado en el centro cívico del Casco Vello. Al terminar el contrato se quedó en paro y llegó un momento en el que también sin ingresos, antes de que le activaran la pensión.

«Pedí a la trabajadora social del Concello que me ayudara, pero me dijo que había más gente esperando y que le llevara más papeles. Se los llevé, esperé y tras estar tres meses sin cobrar nada, fue ahí cuando me quedé sin dinero. Por eso tuve que pedir en la calle alimentos para que comieran mis hijos mientras no me llegaba la ayuda», comenta.

Alguna vez consiguió un cheque social del Concello, pero al tratarse de un pago único, no le resolvió la situación.

En la actualidad recibe asesoramiento de la Fundación Meniños, especializada en protección de menores. También el foro socioeducativo Os Ninguéns ha expresado su apoyo y defiende la necesidad de buscar una solución para este tipo de casos. Con todo el respeto hacia las medidas de protección del menor y a las circunstancias particulares que las administraciones resguarden, advierte que la situación de las madres con hijos que viven en la pobreza retrasa la integración en el entorno familiar. Propone que los gastos de acogida en instituciones o familias se den a estas madres, a no ser que haya otros motivos, en cuyo caso ve bien la tutela de la administración.

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