El cónclave de los adivinos


La concentración del domingo tuvo el eco informativo que se podía esperar: un «pinchazo» de los convocantes para algún diario, un «pinchazo» de Pedro Sánchez para otro; un éxito apabullante si se recuerda que los organizadores pensaban reunir a 20.000 personas; un éxito menos sonoro para la emergencia invocada de salvar la unidad nacional. O sea, que todo el mundo pudo encontrar un motivo de satisfacción: ya se sabe que en política, trátese de elecciones o de manifestaciones, todos los agentes ganan y ninguno pierde. Pero no hay por qué fijarse solo en la política. Lo mismo ocurre con las audiencias de los medios audiovisuales. Somos un país de contorsionistas.

 Este cronista lo que dice es que la manifestación no salió mal, que estuvo concurrida, que el manifiesto incurrió en las mismas exageraciones y mentiras de los discursos de los días anteriores y que, si tuvo algún efecto, ha sido previo: asustó a Sánchez y le hizo renunciar a seguir negociando con los independentistas. Respecto a la famosa foto de los líderes, la noticia ha sido ver a Santiago Abascal allí arriba. Si hubiera sido la entrega de trofeos de una prueba deportiva, Abascal habría conseguido estar en el podio con la medalla de bronce. Antes de las elecciones andaluzas, nadie se hubiera fijado en él.

Y ahora viene el capítulo siguiente, que es la incógnita desde que Pedro Sánchez ganó la moción de censura: cuándo serán las elecciones. Parece que los comentaristas estamos obligados a ser profetas para señalar una fecha en el calendario, mientras que los ministros se refugian en el comodín de «esa es una competencia del presidente». De esta forma, las tertulias se han convertido en una especie de cónclaves de adivinos que deberíamos ir a los platós con bola de cristal y el batín de seda de Rappel. Y el Gobierno acude a los métodos más ancestrales: utiliza la agencia Efe para que no sigamos hablando de la manifestación y quitar presión a los jueces del Supremo. ¿Cómo? Desviando la atención hacia el 14 de abril como fecha acariciada por La Moncloa para las urnas. Ignoro si será verdad y, en el fondo, me da igual. Lo único que dice mi bola de cristal es que Sánchez no disolverá las Cortes sin un argumento que él no pueda explotar en su beneficio. Hacerlo hoy sería necio porque sería dar la razón a los manifestantes que el domingo le pedían que se vaya al grito pancartero de «elecciones ya». Si Sánchez quiere convocar, necesita una disculpa de peso: por ejemplo, el rechazo independentista a los Presupuestos. Eso le da un discurso completo: le permite acusar a otros de no poder hacer la política que quiere. Y sobre todo, le permite presumir de que no depende de los secesionistas y no es su rehén.

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