La primera crisis de Bolsonaro: sus hijos

Los descendientes del presidente brasileño despiertan recelos en el ala militar del gobierno por su protagonismo e influencia sobre el padre


corresponsal / BRASILIA

Jair Bolsonaro llegó a la presidencia de Brasil con la promesa, entre otras, de acabar con la vieja política, sus tics y sus privilegios. Un ambicioso reto para quien llevaba casi tres décadas de discreta trayectoria parlamentaria y cuenta con tres hijos cuya carrera profesional es la política. En un país donde las telenovelas ocupan aún horarios de prime time en la cadena más vista, pocas historias resultan más atractivas que la de Bolsonaro y tres de sus hijos, Flávio, Eduardo y Carlos (todos del primero de sus tres matrimonios). El problema para el presidente es que la trama derive en una temporada de House of Cards que amenace la estabilidad de su gobierno de apenas dos meses de vida.

Hay en Brasil un reducto de defensores de la instauración de una monarquía como solución a los males del país. Lo más parecido a una familia real son los Bolsonaro, con un presidente cuyo perfil ha bajado desde la toma de posesión y con tres vástagos cuyo protagonismo parece incomodar al sector militar del gobierno. Más desde que el segundo de sus descendientes, Carlos Bolsonaro, actuase como ariete que acabaría derrumbando al exministro Gustavo Bebianno.

Carlos es concejal en Río de Janeiro, donde no ha presentado ninguna iniciativa propia en dos años. Se encargó de la gestión de las redes sociales de Bolsonaro en la campaña electoral, y eso le valió ir de paquete en el Rolls Royce presidencial el día de la coronación. «Hizo macumba psicológica en su padre», lamentó Bebianno, haciendo referencia a un rito afrobrasileño que habría hechizado a Bolsonaro para cesar al segundo ministro más importante del ala civil.

Un traidor

Carlos Bolsonaro, llamado por su padre pit bull por su fiereza, presionó la salida de Bebianno, expresidente del partido que acogió al clan y al que los hijos del presidente consideran un traidor por motivos que parecen ir de lo personal a la sospecha de que vendió secretos de una campaña que pudo haber incurrido en financiación ilegal. No es el único roce abierto por el clan Bolsonaro con el PSL.

Eduardo Bolsonaro llamó favelados (pobres y paletos) a sus compañeros de partido. El más joven de los hijo, el más fascinado por el ideólogo de Donald Trump Steve Bannon, el chico póster de la campaña a favor de las armas, mantiene un pulso abierto desde hace meses con el vicepresidente, el general Hamilton Mourão. «Le falta juego de cintura político», dijo con sus 34 años del sexagenario militar. A Eduardo no le gustaron comportamientos de Mourão cuando su padre estaba convaleciente del ataque con arma blanca ni opiniones manifestadas recientemente. Cuando Mourâo dijo que el aborto era algo que atañía solo a la mujer (poniendo de los nervios al ala evangélica del gobierno), respondió: «No tengo nada que decir sobre ese hombre».

Carlos y Eduardo son tan jóvenes como radicales. El concejal carioca se refirió a un mediático caso de agresión a una mujer diciendo: «un arma lo hubiera solucionado». Por su parte, el diputado federal es un firme defensor de la pena de muerte y quiere competir con Estados Unidos por tener la mayor población penitenciaria del planeta. «En la Amazonia hay sitio de sobra», propuso para solucionar la sobrepoblación carcelaria. Menos locuaz se está mostrando recientemente el mayor de los hermanos Bolsonaro, Flávio. Acosado por un caso de corrupción en relación a 48 ingresos sospechosos en su cuenta y a cheques aún más extraños portados por su asesor-chófer, el senador por Río de Janeiro permanece discreto a la espera de que la Justicia decida. Mientras, se estudia también su relación con una de las milicias paramilitares que operan en la favelas de Río. «Quien ataca a las milicias es porque se beneficia del crimen», opina Flávio.

Trapos sucios

Del otro lado, el ala militar del gobierno (ocho ministros y una treintena de altos cargos) observa con recelo al clan Bolsonaro y la influencia que los hijos puedan tener sobre el padre. O peor: que sus trapos sucios manchen al resto del ejecutivo. Mourão lamentó que el caso Bebianno afectase al Gobierno cuando parecía un ajuste de cuentas familiar.

En una relación donde el ultraconservadorismo del clan Bolsonaro ha convertido a los militares en contrapeso moderado, el test definitivo de estrés puede ser el rol de Brasil en la crisis de Venezuela: donde los más acérrimos bolsonaristas piden intervención armada, los militares prefieren no inmiscuirse.

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