David Beriain: «'Clandestino' es un espacio humanista que trata de entender a las personas»

El reportero y director de documentales prepara una nueva temporada de su serie para DMax

David Beriain
David Beriain

redacción / la voz

El reportero y director de documentales David Beriain prepara la cuarta temporada de Clandestino, serie que emite DMax y que se sumerge en algunos de los entornos más peligrosos del mundo relacionados con la ilegalidad, el crimen y los conflictos más extremos. Beriain habló acerca de su trabajo para los alumnos del Máster en Produción Xornalística e Audiovisual (MPXA), titulación de la Universidade da Coruña que la Fundación Santiago Rey Fernández-Latorre coorganiza con la Fundación Amancio Ortega

-Se ha adentrado en el entorno del Chapo Guzmán en México o la ruta de la cocaína entre Latinoamérica y Estados Unidos. Habrá descubierto muchas cosas acerca del ser humano...

-A mí lo que me atrae es el estudio de la naturaleza humana, su observación. Igual que el científico coge el objeto de su estudio y lo somete a condiciones extremas en el laboratorio, a veces los costados más extremos de la realidad son un territorio donde la naturaleza humana aflora en sus vertientes mejores y peores sin la mediación de todos los mecanismos de control que tiene la sociedad para mantenernos a raya, como la represión, la educación, la diplomacia, lo que llamamos la civilización. En esos extremos el ser humano se revela como lo que es, con todo lo bueno, todo lo malo y todo lo que hay en medio, que son esos grises que la ficción ha descubierto de manera brillante con todas estas series que nos fascinan en los últimos años. Por ejemplo el Walter White de Breaking Bad, frente al cual sentimos amor, odio, repulsión, estima, todo en el mismo capítulo. Con Clandestino estamos intentando habitar esos grises.

-¿Cómo son los Walter White auténticos?

-Siempre superan a la ficción. En todos los años que llevo haciendo este programa he vivido las experiencias más increíbles que si se pusiesen en una ficción no se creerían. Incluso el más grande de los asesinos quiere a alguien y alguien lo quiere a él. Y eso no justifica lo que hace. Nosotros no justificamos ni defendemos lo que hacen, pero en ese momento sagrado en que esas personas nos abren una ventana a su vida vamos a hacer el mayor esfuerzo por entenderlos, que no significa justificar ni apoyar, porque sin entender a esa gente no vamos a entender el mundo y los conflictos que lo configuran. Demasiadas veces cometemos el error de decir que están locos o enfermos, pero te encuentras a gente mucho más normal de lo que parece y eso es lo que realmente te asusta. Porque cuando tú estás enfrente de ese asesino o ese terrorista te gustaría sentir una distancia sideral, percibir que es de otra especie. Pero al ponerme delante de ellos veo algunas cosas de mí y entonces empiezan las preguntas incómodas: ¿por qué él ha llegado a esto? ¿haría yo lo mismo sometido a esas circunstancias? Clandestino es un programa humanista, que trata de entender a las personas y hemos visto que el público aprecia que haya un ejercicio honesto y no sean mostradas como clichés. Si hago tantas historias sobre el narcotráfico es porque para mí esa no es más que la forma más extrema, salvaje, implacable y violenta de una ley que nos gobierna a todos, que es la oferta y la demanda. Creo que asumiendo ese microcosmos estoy contando cómo funciona el mundo.

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-¿Han sido los capítulos del cartel de Sinaloa los más difíciles?

-Fueron un reto mayúsculo porque es un mundo implacable. Se trata de hacer un ejercicio de comunicación hacia ellos brutal, de decirles que no soy un enemigo y que he venido a contar lo que son y lo que hacen con todo respeto. Ha habido momentos muy intensos, porque todos tus movimientos se pueden malentender. Si alguien tiene mérito en este trabajo son los productores locales que trabajan con nosotros, porque ellos se quedan allí.

-¿Y cómo se ven después reflejados en la pantalla?

-En el caso de Sinaloa yo tenía una obsesión: no quería hacer una historia para gringos. Y no solo no lo fue, sino que en Culiacán, su capital, esos capítulos son un hit en el top manta. Lo sienten tan propio que dicen: «Estos somos nosotros». Es un orgullo que ellos mismos se sientan representados en esa historia, porque no es en absoluto condescendiente. Es un relato implacable, pero que de alguna manera abraza aquello que para ellos es importante. No hago periodismo de investigación, sino periodismo de inmersión, de meterme en una realidad y tratar de contarla. Me gusta que la gente se vea reflejada porque es su historia, no la mía.

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