La sonrisa de Casado para hablar pestes solo de Sánchez

El candidato rebajó su tono agresivo de campaña

El candidato del PP, Pablo Casado
El candidato del PP, Pablo Casado

Si algún español decidió ver el debate pero no escucharlo, con el volumen de su televisor bajado, tendría claro que Pablo Casado es el candidato más risueño y calmado. El presidente popular modificó el tono respecto a las últimas semanas, y sin salirse de sus argumentos ya conocidos rebajó el tono de la exposición. Fue, sin duda, el más conservador de todos. Utilizó buena parte de sus intervenciones para desgranar el programa del partido, a veces siendo incluso excesivamente concreto y poniendo ejemplos que parecen más propios de otras intervenciones electorales, y esos esfuerzos por tratar de deslizar demasiadas ideas con calzador le llevó en varios momentos a adquirir un aire de opositor que aprieta los labios al terminar de dar la lección apurado por el tiempo. Buscó en exceso al moderador con la mirada, y hasta trató de captar su complicidad cuando se producía algún roce formal, mientras Fortes pretendía exactamente lo contrario, que hubiese algo de sangre en las intervenciones. Probablemente nadie esperaba el disfraz institucional, mucho menos agitador de lo que se muestra incluso en el Congreso.

Casado demostró dotes oratorias y gestuales cuando tenía la atención de las cámaras, pero descuidó la expresión de su cara ?otra vez la sonrisa? en los momentos en los que eran sus adversarios los que hablaban pero el regidor optaba por planos generales. Y tampoco se le escuchó fuera de plano. A diferencia de Rivera o Sánchez, se mostró tímido a la hora de rebatir argumentos y no fue capaz de interrumpir nunca los ataques a su partido. Se quedó impasible cuando el presidente socialista se dirigió a él a escaso metro y medio para reprocharle una polémica frase de otra candidata popular.

Su intensidad fue claramente descendente. El candidato popular fue perdiendo fuelle a medida que avanzaba un debate hacia temas en los que debería sentirse cómodo, pero en los que se vio superado por el líder de Ciudadanos. Aunque consiguió dejar claras algunas ideas que no han asomado por la campaña, como la preocupación por el empleo o su decidida política de rebajas fiscales, que consiguió colocar con solvencia. En todo caso, se habló poco de economía, algo impensable hace solo unos años, y en el aire quedó la duda sobre si sus datos de creación de empleo eran correctos o no. Si obtuvo alguna victoria parcial, fue la del dinero.

También tuvo claro quién era su rival. Los reproches fueron siempre para Sánchez, pero por momentos trató de hacer una enmienda a la totalidad de los gobiernos socialistas con gráficas comparativas pintadas de azul y rojo en las que siempre salían bien los suyos, como es lógico. Fue su manera de expresar que, pese a que había cuatro intervinientes en liza, se trataba de escoger modelo para los cuatro próximos años entre las dos fuerzas hegemónicas. Y por si había algún socialista de la vieja guardia desencantado, aprovechó la oportunidad para recordar el descrédito de Sánchez entre los más veteranos del puño y la rosa.

A Iglesias lo despachó rápido al meterlo en el mismo cesto que el resto de «cómplices» del PSOE, y con Rivera no quiso hacerse daño. Prefirió dar una imagen más moderada que él. Y lo consiguió.

LO MEJOR Aprovechó su tiempo y demostró capacidad para desgranar propuestas concretas del programa popular.

LO PEOR No estuvo fresco en las alusiones y tampoco le ayudó la gestualidad mientras hablaban los adversarios

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