Iglesias ensaya un giro hacia la moderación en busca del voto perdido

El dirigente de Podemos se distanció del discurso bronco generalizado

Pablo Iglesias prepara sus papeles durante el debate
Pablo Iglesias prepara sus papeles durante el debate

santiago / la voz

Tardó 45 minutos en sacar a colación la Constitución, pero lo hizo de nuevo. Y otra vez para denunciar que no se cumple; en esta ocasión, en relación con el artículo 47 y al derecho a la vivienda. Y de nuevo abroncó. Pablo Iglesias se puso el jersey de alumno más aplicado por encima de la camisa de estadista y riñó mucho a sus contrincantes, sobre todo al más travieso de clase, Albert Rivera; solo con él elevó el tono para llamarle «maleducado» e «impertinente» por interrumpir a los demás, hasta tal punto que el líder de Ciudadanos le preguntó que si iba de árbitro. Y entremedias fue desgranando su programa, que, como recordó de forma reiterada, «es lo que les importa a los ciudadanos y no que vengamos aquí a insultarnos».

Repitió, a preguntas de los periodistas, que quería gobernar con el PSOE, y prácticamente reconoció que también quería ministerios, pero volvió a fracasar en su empeño de que Pedro Sánchez dijese si estaba dispuesto a cambiarlo por Rivera como pareja de baile. Y para convencerle de que lo eligiese a él y a Podemos, blandió como trofeo la consecución del salario mínimo de 900 euros, y avisó de que había que subirlo «mucho más». Habló de la necesidad de blindar las pensiones, de subir los impuestos a quien más tiene y de bajarlos a las rentas modestas, de obligar a los bancos a devolver los 60.000 millones de euros «que deben a los ciudadanos», a garantizar la vivienda digna, tal y como recoge la Constitución, así como de impedir «cualquier desahucio sin una alternativa habitacional» y preservar el cumplimiento de la legislación internacional en emigración.

Llegó el momento de hablar de aborto y de violencia machista y Pablo Iglesias puntualizó que sobre esas cuestiones «deben hablar las mujeres y los movimientos feministas». Es más, dijo sentir «mucha vergüenza» por cómo se desarrollaba el debate. Mientras los demás candidatos se enzarzaban en atropelladas discusiones, Pablo Iglesias, bolígrafo en mano para pedir vez muy formal, enumeró las medidas de Unidas Podemos para proteger a las víctimas de violencia machista, para defender la educación pública y reprochar al PSOE que hubiese dejado esa función en manos de la Iglesia, para reclamar más dinero en becas e investigación y para pedir recursos para la sanidad pública en detrimento de la privada.

Y llegó Cataluña. Evitó el cruce de acusaciones a cuenta del independentismo y defendió que la consulta puede tener encaje en la Constitución, además de incidir en que tampoco el Estatut lo votaron todos los españoles, sino solo los catalanes. Recordó que había en España más problemas territoriales que el catalán y pidió «cierta mesura» y «altura de Estado» para resolver la cuestión «con diálogo y empatía». Ya no habló de reformar la Constitución ni del régimen del 78.

En su minuto de oro volvió a arremeter contra los medios de comunicación, contra los bancos, las energéticas y las cloacas del Estado, y se dirigió a los pensionistas y a las mujeres para decirles: «La historia la escribes tú». El Iglesias rebelde no acudió al debate. ¿Quizás en busca del voto perdido?

LO MEJOR Respetó los tiempos, no interrumpió a su compañeros y se ciñó a los bloques temáticos del debate

LO PEOR Pecó de sermoneador y de demagogo; se centró en su discurso y olvidó rebatir los argumentos de los demás

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