El giro del PP puede dejarlo sin argumentos

Casado pretende reivindicarse ante otro posible fiasco diciendo que ni el aznarismo ni el marianismo sirven para ganar elecciones


Rectificar es de sabios. Qué duda cabe. Pero en política, antes de emprender un giro brusco conviene hacer una frenada prudente, no sea que el vehículo derrape y se despeñe por el terraplén. Y entonces, ya no hay camino ni por la derecha, ni por el centro, ni por ningún sitio. Bien está que el PP corrija su caótica campaña de las generales que, de haberse mantenido en las municipales, autonómicas y europeas, le habría llevado al abismo de la pasokización. Es decir, a la destrucción de definitiva de una formación histórica. Pero una cosa es eso y otra tratar al votante como un pelele al que se le puede ordenar hoy que dé dos pasos hacia adelante y mañana tres hacia atrás, como aquel monstruo de Sancheszstein que tanto nos divertía. Después de haberse sumado a la abierta descalificación de los 14 años de marianismo diciendo cosas como que vuelve el PP «verdadero», o de santificar a un Aznar que tiene la desfachatez de decir que «para este PP» sí puede pedir el voto, que Pablo Casado saque ahora en procesión a Rajoy como si fuera un talismán capaz de conjurar todos los males es algo que puede acabar irritando a un votante que se siente utilizado.

En política no se pueden dar volantazos tan bruscos en quince días, por mucho que haya unas elecciones a la vista. Y más difícil aún resulta que semejante viraje lo ejecute el mismo capitán que gobernaba la nave. Lo sabe bien Pablo Iglesias, al que casi la mitad de sus votantes no le ha comprado esa transfiguración desde el radicalismo bolivariano y enragé a la socialdemocracia posibilista y con misalito constitucional.

El problema de esa especie de giro total que acomete Casado es que no se da cuenta -o sí- de que una nueva derrota en estas elecciones con un discurso totalmente contrario al defendido hace quince días puede dejar al partido sin argumentos. Claro que, a lo mejor, resulta que la intención es justo esa. La de, después de haber fracasado de la mano de Aznar en las generales, cargar ahora la derrota en las autonómicas y municipales al marianismo centrista y salir al día siguiente diciendo: «¿Lo veis? El problema no soy yo. Es el partido, y tengo que reconstruirlo».

Uno de los grandes errores del PP es, como decimos, que parece haberle perdido el respeto a sus bases. Aunque en Madrid el votante popular ha demostrado aguantarlo casi todo, y lo mismo apoyaba en masa a Álvarez del Manzano que a Esperanza Aguirre que a su Némesis, Ruiz Gallardón, situar como candidatos en un bastión crucial como Madrid a un imberbe Martínez-Almeida y en la Comunidad a un personaje como Isabel Díaz Ayuso, cuyo discurso chirriaría por disparatado hasta en Vox, es algo que no arregla ya ni el regreso de Rajoy ni la Virgen de Lourdes. Y tampoco ayuda precisamente elevar el espíritu de la tropa el que Casado dedique más tiempo en sus entrevistas a defender su derecho a ser el candidato en las próximas generales que a explicar su proyecto autonómico y municipal. Por más que insista en que no es así, y por más que ahora reniegue de Aznar, Casado se juega su futuro en estas elecciones. Y de lo que ocurra, para bien o para mal, el único responsable será quien elaboró las listas.

El éxito de Ciudadanos en el rural preocupa a PSOE y PP

Una de las grandes sorpresas de estas elecciones es el hecho de que Ciudadanos, al que se presenta siempre como una élite de yuppies que no saben lo que es una azada y solo ven las vacas en los envases de leche, hayan basado gran parte de su excelente resultado en las últimas generales en eso que ahora los cursis llaman la España vaciada. De tener cuatro escaños en las provincias menos pobladas, Cs ha pasado a tener 19. Especialmente en el PP, pero también en el PSOE, preocupa que el discurso naranja cale de tal forma en el rural. Y por eso, en esta campaña veremos muchas escenas que los nuevo gurús electorales del PSOE y el PP parecían despreciar. El candidato montado en el tractor.

Rubalcaba, o cómo un gran político puede ser mal líder

Discutir que Rubalcaba es un personaje capital de nuestra reciente historia política sería ridículo. Pero no menos patético es leer algunos de los panegíricos que le hacen algunos con lo que no congenió jamás, y que ahora se hacen pasar por amigos íntimos. El mejor homenaje a un gran político no es ensalzar sus virtudes y ocultar sus errores. Y tampoco es lo mismo, por cierto, ser un hombre de Estado que defender la razón de Estado. La obra de Rubalcaba demuestra que una cosa es dirigir de manera brillante en la sombra los hilos de un partido, y hasta de un país, en lo que no tuvo rival, y otra ser un gran líder y un buen candidato. Y en esto último, el propio Rubalcaba sabía que no fue precisamente el mejor.

El triunfo de Sánchez crea un exceso de confianza peligroso

Después de haber llevado a Sánchez desde la nada a ganar con autoridad las generales, nadie puede discutir la brillantez de su gurú Iván Redondo. Pero también es posible acabar muriendo de éxito. Empiezan a detectarse síntomas de exceso de confianza que pueden resultar fatales. Habrá quien considere que anunciar que se elige a Iceta para presidir el Senado después de hacer pasar a Casado y Rivera por Moncloa para defender el 155, y sin consultarlo siquiera con ERC, es una genialidad táctica. Pero algunos parecen haber olvidado dos hechos matemáticos. Aunque en el Senado tenga mayoría absoluta, el PSOE tiene 123 escaños en un Congreso de 350 y 17 diputados en un Parlamento catalán de 135.

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