«Instinto»: De aquellos polvos, estos lodos

La nueva serie de Mario Casas intenta ser algo que no es. Y ni siquiera lo necesitaba


Hemos sido estafados. Y vaya por delante que Instinto no cuenta una mala historia -y que tampoco la cuenta mal-, pero no es lo que Movistar+ se cansó de prometer en una promoción milimétricamente trazada para vender su serie como un estimulante thriller erótico: anticipó brevísimos clips de estética harto artificiosa evocando descaradamente referentes como Cincuenta sombras de Grey y Eyes wide shutse atrevió incluso a comparar la producción de Bambú con Shame, ese largometraje de Steve McQueen sobre la adicción sexual frente al que este drama se queda, siendo generosos, en entrañable parodia, y paseó a su carnoso anzuelo por revistas y platós de televisión presumiendo de salvajes escenas sexuales y tamaño de genitales. Tanto se forzó la maquinaria que Mario Casas llegó a decir que este había sido su trabajo más arriesgado. 

Pero uno arranca Instinto y lo que se encuentra es una retahíla de clichés malavenidos -máscaras venecianas con gemas engarzadas, terciopelo, cuerdas de esparto y cuero, neones rojos, jadeos, tacones altos y lencería de encaje, coches de alta gama, diván de psicoanálisis, arquitectura de diseño-, un protagonista anestesiado, emocionalmente ortopédico, y un argumento correcto que atrapa, interesa e inquieta, lo suficiente como para no necesitar de tal esperpéntico truco: le sobra esa promiscuidad lujosa, tanta piel y tanta embestida, su sobredosis de intensidad.

La serie se va viniendo arriba a medida que avanza el metraje: el actor gallego mejora y, por momentos, descuida tanto su gesto aburrido que el espectador es capaz de desviar la atención de sus oblicuos; y la trama gana enteros cuando prescinde de saltos de cama, de lámparas lágrima, de cruces, patíbulos y contrabajos, cuando se desnuda, dejando de lado esa carcasa hortera e innecesaria para centrarse en el trauma que perturba al protagonista. A ello hay que sumarle una cuidada fotografía, unos secundarios que están fabulosos -especialmente Óscar Casas, que le da mil vueltas a su hermano en el papel de adolescente discapacitado, pero también Lola Dueñas en el de mujer vulgar y madre reconcomida por los remordimientos- y un final sorprendentemente satisfactorio.

Instinto no necesitaba parecer lo que no es, queda pobre y cutre fingiendo, carece de morbo y de temperatura, y uno siente que lo han timado. Si le dan una oportunidad, enfréntense a sus ocho episodios sin pretensión de escandalizarse, mucho menos de excitarse; no esperen que con esto expandirán los límites de su imaginación ni que desoxidarán su relación de pareja en un arranque de líbido. Sean cautos, poco exigentes. Y quédense con esa tragedia familiar y con su conclusión, tan potente como impredecible

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