¿Sabes cuál es tu huella de carbono?

La alimentación, transporte y consumo de cada persona contribuyen a degradar el planeta


la voz / redacción

Cada vez que arrancas el coche, te secas el pelo o compras comida en el supermercado estás contribuyendo de forma indirecta a aumentar las emisiones de CO2. Es lo que se conoce como huella de carbono. Muchas empresas encargan estudios para medirla, pero pocos particulares calculan cuál puede ser el impacto de su estilo de vida sobre el planeta.

Existe una fórmula creada por el ingeniero francés experto en cambio climático Jean-Marc Jancovici, que analiza básicamente tres factores importantes: el tipo de vivienda, los vuelos que realizas y el transporte que utilizas (coche, moto, tren). A eso se suman datos de consumo que incluyen lo que gastas en ropa, medicamentos, material de oficina, tecnología, actividades deportivas, hoteles, restaurantes... y, un factor muy importante: la alimentación.

Según concluye el informe Cálculo y etiquetado de huella de carbono en productos alimentarios, presentado recientemente en la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, los consumidores «no entienden» que los alimentos que compran contribuyen al calentamiento global y desconocen que la alimentación genera la cuarta parte de las emisiones mundiales de dióxido de carbono (CO2), Según concluye el informe, no es posible encontrar un alimento que no tenga asociadas emisiones de CO2, y señala que la herramienta de una etiqueta de huella ecológica en forma de semáforo sería la más apropiada, frente al símbolo de planta de pie que el consumidor asocia a información relacionada con la salud pero no con la relación del alimento con el medio ambiente.

El director de la Cátedra de Ética Ambiental de la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, Emilio Chuvieco, señaló que otro de los aspectos que más influye en la huella de CO2 de los alimentos es el envasado.

En el informe han participado también expertos en Márketing de la Universidad Pontificia de Comillas-ICADE, empresas productoras de los alimentos analizados, una consultora especializada, además de Carrefour y Mercadona como representantes del sector de gran distribución de nuestro país.

El estudio apunta a la necesidad de hacer campañas de concienciación para que el consumidor esté informado sobre emisiones de CO2 de los distintos alimentos que consume y para que pueda escoger libremente aquellos que tengan una emisión más baja.

La investigadora del departamento de Márketing de la Universidad Pontificia de Comillas, Estela Díaz Carmona, ha añadido que el consumidor no entiende muy bien la información de las etiquetas que además están escritas en letra muy pequeña en la mayoría de los casos.

«A día de hoy, lo único totalmente claro para el consumidor es lo que cuestan los productos que compra. Y tiene más o menos claros los ingredientes de los productos alimentarios que consume y su repercusión en la salud», indicó Díaz Carmona, que asegura que los consumidores no entienden el concepto de huella de carbono en la alimentación.

Asimismo, Carmen Valor Martínez, del departamento de Márketing de la Universidad Pontificia de Comillas, ha asegurado que la mejor opción de etiquetado sería una «combinación» de información textual y pictórica porque «solo el símbolo de un pie o huella no funciona». «Junto con esto el uso de colores, de acuerdo con el modelo semáforo, es lo que mejor entienden los consumidores», ha recomendado.

Chuvieco subraya que los consumidores necesitan información para tomar decisiones responsables y ha puesto de ejemplo al aceite de oliva, un producto asociado a una alimentación saludable, que también deja huella de CO2 en el envasado.

 El vidrio no es más ecológico

«Aunque intuitivamente la mayoría de la gente piensa que lo más ecológico es utilizar un envase de vidrio, realmente aumenta considerablemente dos de las fases del ciclo de vida del producto: el envasado y la distribución. El envasado, porque hacer un ánfora de vidrio supone más emisiones (66% más) que una lata. Además, la botella de vidrio se empaqueta mucho peor, y el mismo volumen de aceite ocupa más espacio respecto al envasado en latas metálicas. Y esto es importante a la hora del transporte y distribución», explicó el profesor Chuvieco, que insiste en el impacto «considerable» de los envases.

Además, el informe sobre consumo en los hogares del centro de estadísticas Eurostat asegura que la energía que se utiliza día a día en las viviendas es la responsable de cerca del 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero en Europa.

Mil y una ideas para compensar lo que contaminas 

 

Los expertos aseguran que hay pequeñas actuaciones en la vida diaria que pueden contrarrestar la huella de carbono que genera cada persona.

 Plantar árboles. Plantar un bosque sin salir de casa es lo que plantea la iniciativa Reforestum, mediante la cual las personas pueden calcular las emisiones que generan con sus traslados en coche y proponen su compensación con la plantación de árboles autóctonos, que permiten reducir la desertificación de ciertas zonas. 

Gestiona tu movilidad. Sabemos que las mayores emisiones que producimos como individuales son las de transporte, tanto en coches como en aviones. Existen aplicaciones como CleanSpace que permiten que los usuarios elijan la ruta con menor contaminación, y proponen también rutas alternativas a pie o en bicicleta, menos contaminantes. 

La tarjeta «mágica». Hay alternativas más drásticas, como la tarjeta de crédito Doconomy, que se bloquea en el momento que tus compras hayan superado el límite de carbono que es razonable para un año. Hay dos versiones, una que simplemente rastrea tu huella y te mantiene informado y otra que establece un límite estricto e impide que lo superes. El límite se basa en un cálculo específico, basándose en el país en que vivas, de la cantidad de CO2 que puede emitir cada ciudadano para cumplir los objetivos del 2030. 

Productos sostenibles. Entre los productos que consumimos a diario, hay algunos más contaminantes que otros. La plataforma Escaparate #Por ElClima ofrece un listado de productos considerados sostenibles, desde alimentación a cosmética, ropa, juguetes, materiales de construcción, bricolaje e incluso productos de inversión.

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