Límites y expectativas del independentismo catalán


Los sondeos muestran un declive de las preferencias favorables a la secesión, pero me parece que los resultados electorales ratifican la impresión de que el independentismo tiene una mala salud de hierro. En las municipales recogió el 44,53 %, y en las europeas un considerable 49,71 %. Si los secesionistas no estuvieran divididos, estarían preparando unas «plebiscitarias» para el momento en el que se conozca la sentencia que recaiga sobre los líderes juzgados por el Tribunal Supremo. Salvo que sea absolutoria, afectará a un sector de la opinión pública catalana que es mayor que el del separatismo: el que rechaza una reacción represiva que considera desmesurada. Contando con eso, la superación clara de la barrera del 50 % de los votos totales parecería al alcance de la mano. No necesariamente para repetir una declaración de independencia o la nefasta estrategia del otoño del 2017; le bastaría para afirmarse y exhibir un grado de consenso del que hasta ahora carece.

Sin embargo, tal como están las cosas, eso parece impensable a corto plazo. En el campo independentista la dinámica la marca una competición interpartidista de lo más convencional, con claros incentivos para los principales protagonistas. ERC puede confirmar su hegemonía en Cataluña, sobre todo si Ciudadanos confirma su declive electoral. Y el sector que representa Puigdemont lucha por no verse desplazado en el liderazgo del catalanismo. Como herederos de Jordi Pujol creen que este es su lugar natural. La mayoría de sus mensajes son de alta intensidad emotiva, pero no aparentan interés por ampliar su audiencia.

Si las elecciones generales del pasado 28 de abril nos mostraron que el independentismo no es indispensable para formar Gobierno en España, las del 26 de mayo evidencian que sigue fuertemente implantado, con la alcaldía de Barcelona a su alcance. Pero sus expectativas son distintas: sus partidos están muy lejos de coordinar una estrategia común, lo que debilita la viabilidad del proyecto independentista. En estas condiciones debería variar también la estrategia política de defensa de la Constitución frente a la secesión unilateral: habría que adoptar una actitud más proactiva porque en Cataluña el constitucionalismo también necesita ensanchar su base.

Por Xavier Arbós Catedrático de Constitucional de la UB
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