Los capos gallegos son pintorescos

La baldosa de Charlín y la «vija» de Oubiña o cómo desdramatizar el narcotráfico


redacción / la voz

Cuesta llamar capo a un señor al que acusan de lanzar una baldosa a una mujer a la cabeza y de atacarla con un destornillador. No es serio. Da un poco de risa si no fuera por la tensión que se esconde detrás de esas reacciones y lo mal que lo debe de estar pasando la señora que, parece ser, fue diana de la baldosa. Si, además, el «capo» aparca mal su coche y se enfrenta a la policía cuando le dicen que lo cambie de sitio, habrá que concluir que esa persona es antes un tipo pintoresco que un mafioso.

Tras este episodio de baldosas, destornilladores y coches mal aparcados, el Alcalde de Vilanova de Arousa sentenció que ya no estamos en los 80. Y no sé si eso es bueno o malo porque la realidad es que la droga sigue llegando, el narcotráfico sigue existiendo y las diferencias fundamentales con los 80 es que los narcos-capos-padriños son perseguidos sin cuartel por el Estado, pero ahora, todo es más complicado porque el dinero no se esconde en una «vija», los narcotraficantes no hacen ostentación, sino que disimulan, y sus hijos no estudian Administrativo en Vilagarcía para llevar las cuentas de aquella manera, sino que se forman en Harvard para entender de ingeniería financiera y así manejar las ganancias de la coca con más habilidad.

Lo que queda de los 80 y los 90 es el pintoresquismo, es decir, viejos narcos condenados, pero ya fuera de la cárcel, octogenarios y a su bola que actúan como si estuviéramos en el tiempo en que campaban a sus anchas y nadie les tosía, tampoco los alcaldes.

No sé si el pintoresquismo del narcotráfico made in Arousa ha sido bueno o malo. Por un lado, quitaba hierro a la situación y con un poco de retranca y algo de humor, todo parecía menos trágico. Es decir, los jóvenes morían, la economía se dislocaba y todos perdíamos, el primero el Estado, pero había más humor que sangre y la balacera del pub Museo o la vendetta de Benavente eran enseguida olvidadas porque se prefería comentar lo del cerdo colocado con hachís de Carril antes que las venganzas sangrientas entre clanes. Además, las anécdotas chuscas, la retranca gallega y el humor de esta tierra, que en cuestión de chascarrillos y de hacer mofa y befa de todo no tiene rival ni en los andaluces ni en nadie, pues eso, que se desdramatizaba el dolor y eso permitió sobrevivir a los 80 y a los 90 y llegar a nuestros días convertidos en el paraíso de las narcoseries y de la narcoliteratura española, al fin y al cabo, un buen guion funciona mucho mejor si viene aderezado con unas gotas de humor.

Tanto la Mafia siciliana, como la ‘Ndrangheta calabresa, la Camorra napolitana, los Carteles colombianos o el Crimen Organizado americano, tienen una mitología muy particular que se entrevé en El Padrino, en Narcos o en Uno de los nuestros. Hasta el contrabando de la Raya entre España y Portugal tiene sus mitos repetidos. Sicilia, Arousa o la Raya son espacios mitopoiéticos en los que las leyendas recreadas se repiten e identifican el territorio y su idiosincrasia.

El libro Fariña (2015) comienza narrando un episodio que se sitúa en la Raya gallego-portuguesa. Cuenta la historia de un contrabandista que pasaba cada día con una bicicleta y un saco por la frontera. Cuando le preguntaban los guardias, respondía que solo llevaba carbón en el saco. En realidad, hacía contrabando de bicicletas. Con esta historia empecé un libro, La frontera que nunca existió, publicado en 2006. En mi caso, el contrabandista pasaba una bicicleta por la frontera de Valencia de Alcántara con tierra para su huerto.

El espacio mitopoiético de la Raya está lleno de leyendas repetidas como la de la bicicleta: burros apaleados por contrabandistas vestidos de guardias civiles, para que luego los asnos huyeran en cuanto vieran a la benemérita, en Valverde del Fresno y en Calvos de Randín; casas con dos puertas, una a cada país, en Soutelinho da Raia y La Fontañera; divinidades que acuden a la batalla en ayuda de los españoles (Virgen de Carrión en Alburquerque) o de los portugueses (Menino Jesús da Cartolinha en Miranda do Douro); el último contrabandista, guapo y joven, muerto a tiros por un carabinero celoso (Valencia de Alcántara, Fermoselle, Ceclavín y Calvos de Randín).

Con la mitopoiesis de la Raya, Calabria o Chicago, ningún humorista haría carrera. Con la mitopoiesis de los narcos arousanos se pueden escribir varias ediciones del Somos Criminais de Carlos Blanco. La «vija» de Oubiña, el yonkicerdo de Carril, el wáter atascado con billetes de 5.000 de la plaza de Ravella, los bocatas de hachís de Fontecarmoa, la baldosa de Charlín.

Si no fuera porque detrás de estas anécdotas y sucedidos acecha la violencia, el crimen y la destrucción, el pintoresquismo del narco arousano compondría un espacio mitopoiético más cómico que trágico. De todas maneras, estos narcos tan extraños, capaces de escribir su biografía y venderla en las fiestas, han facilitado que lejos de O Salnés se mire a la ría con más curiosidad que temor: no es comparable que te tiren una bomba en Palermo a que te tiren una baldosa en Vilanova.

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