Jerusalén vive en una tensión imposible

Israel lo controla absolutamente todo ante la resignación palestina


Jerusalén

Jerusalén es única por su historia y creencias. Aunque todo son controles. Desde que pisas el aeropuerto Ben Gurion hasta las visitas a los puntos de interés. Controles que agobian, que hacen sudar más que los 40 grados que marca el mercurio en mayo. Uno se siente perseguido, bajo sospecha, intimidado.

Viernes, día festivo musulmán y calles llenas. Solo he visto un burka. Desde mujeres de estilo occidental hasta velos coloridos. Ese mismo día, en la puerta de Damasco un judío en bicicleta esquiva transeúntes a una velocidad endiablada. El conductor recoge malas caras y algún insulto por parte de los árabes que se sientan ante sus tiendas esperando un turista con el que regatear. Los judíos del casco viejo llevan años poniendo picas en Flandes. Cerca de uno de los accesos a la Explanada de las Mezquitas un judío abre su chiringuito de comida. Observo durante horas. No hay clientes, pero lo importante es que está ahí, con su bandera blanca y azul y su estrella de David. A pocos pasos, los militares vigilan.

El sábado, la tensión crece. Es el sabbat, día de los judíos. La calle David, una de las vías que unen el barrio judío con el Muro de las Lamentaciones, es un desfile de ultraortodoxos. Sus mujeres van detrás, con niños en el colo o en carritos, y lucen variopintas pelucas. No pueden mostrar el cabello a alguien que no sea su marido. Las solteras sí. Miles de creyentes se separan por sexos en el muro para rezar. Tomo una limonada en la calle. Un mirador desde el que se palpa el odio contenido y se percibe lo que es realmente Jerusalén. Judíos imberbes suben y bajan con ametralladoras llenos de orgullo. Alguno con pistola. Son paisanos, no militares ni policías, que también los hay a cientos. Da miedo. Un estado de sitio con agrio sabor a limón. Las 05.00 horas del domingo. El muecín llama a la oración y las campanas del Santo Sepulcro repican. Toca fiesta cristiana. Ayer, unos brasileños me informaron de que allí donde la tradición dice que enterraron a Jesucristo volvieron los custodios del lugar a liarla. A golpes entre los guardianes del sacro lugar.

Provocaciones diarias

A las 07.30 visito la Cúpula de la Roca y la mezquita Al Aqsa. Por fuera. Si no eres musulmán, no accedes. Ya en la explanada, cuya belleza eclipsa el clima prebélico de Jerusalén, un grupo de judíos escoltados por una cohorte de policías israelíes entonan cánticos religiosos. Una ofensa para los musulmanes. Vuelan varias sillas desde el interior de la mezquita. La policía apunta contra ellos, que se refugian en el templo. Todos menos una mujer, muy joven, se diría que acabada de entrar en la mayoría de edad. Lleva un vestido verde con velo. No se amilana. Se enfrenta a los judíos y a las armas con su voz: «Ala wa akbar» (Alá es grande). Persigue a los visitantes con la misma letanía. Demasiada tensión para un sitio tan bello.

Los tejados de Jerusalén se funden. Montan aleros mahometanos sobre dinteles con caracteres hebreos, cabalgan arcos orientales sobre capiteles de sabor romano. Es una ciudad enfadada, resignada, en la que los propios palestinos como Mohamed -un árabe cristiano de Belén- ya se atreven a decir abiertamente: «Jerusalén está perdida y jamás podremos recuperarla». La ciudad de los tres principales credos monoteístas es la más disputada del mundo. Su casco viejo es un entramado de callejas delimitadas por cuatro barrios: cristiano, musulmán, judío y armenio. Y solo en una cosa se parece a Galicia. Porque es un minifundio, el más compartimentado de la Tierra, que palmo a palmo se disputan sus habitantes. Por ello recuerda a Galicia, porque allí hay los que siempre quieren mover los marcos del vecino.

La ONU dejó claro que la actitud de Israel con el pueblo palestino está fuera de la ley. Pero todo sigue igual. Un muro los separa. Se ignoran en silencio, apenas se miran y, cuando lo hacen, solo transmiten odio. Es un Estado militarizado, una juventud adoctrinada. Israel lo controla todo. Agua, luz, transporte... La parte que le pertenece desde 1948 y la que no. En Jerusalén no sentí paz, solo tristeza. El espíritu se me encogió ante tanta belleza y sinrazón.

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