Los demócratas recuperan la política en el primer debate de presidenciables

La senadora Elizabeth Warren se consolida como alternativa a Bernie Sanders

Los candidatos Julián Castro, Cory Booker y Elizabeth Warren, durante el debate
Los candidatos Julián Castro, Cory Booker y Elizabeth Warren, durante el debate

Washington / E. La Voz

Mientras Donald Trump tuiteaba de camino a Japón que se aburría, diez de los aspirantes demócratas a la presidencia de EE.UU. abrían dos noches de debate en Miami demostrando que, además de espectáculo, la política puede y debe de ser un intercambio de propuestas. La exposición de pareceres del debate y las corteses discrepancias recuperaron una sensación de civismo casi olvidada desde la irrupción de Trump en el 2015. Que el presidente quedara casi soslayado no debió de ayudar a su entusiasmo.

El primer asalto sirvió, sobre todo, para visibilizar las dos caras del partido, que se debate entre el progresismo radical de la senadora Elizabeth Warren y la centralidad conservadora de la también senadora Amy Klobuchar. Warren, cuyo ideario entronca con el socialismo de Bernie Sanders -que a punto estuvo de ser el rival de Trump en el 2016-, certificó la solidez de su candidatura. Era la más conocida y la mejor posicionada en las encuestas de este primer grupo de aspirantes (en el segundo figuran Joe Biden y Sanders) y logró hacer llegar con claridad su mensaje de reforma a la totalidad del sistema estadounidense.

«Cuando tienes una economía que funciona genial para los que tienen dinero pero no para los demás, eso se llama corrupción, simple y llanamente», disparó Warren, quien defendió la necesidad de «hacer cambios estructurales». La senadora, de 70 años, tiene entre ceja y ceja a las grandes corporaciones y se propone dinamitar los monopolios. «Yo tengo la valentía para ir a por ellas», advirtió.

Uno de los temas centrales de la campaña demócrata es la reforma sanitaria. En el que quizá fue el momento más significativo del debate, Warren y el denostado alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, fueron los únicos que levantaron la mano cuando los moderadores preguntaron quién aboliría la sanidad privada. La senadora definió a las aseguradoras como empresas avariciosas que buscan ganar lo máximo «pagando lo menos posible» por la salud de sus clientes, lo que deja a los ciudadanos sin la sanidad que precisan. El drama es real y la descripción de Warren, precisa pero, como recordó uno de los candidatos más desconocidos, John Delaney, «a cien millones de americanos les gusta su seguro privado».

El texano Beto O’Rourke defendió la postura más frecuente entre los demócratas: garantizar la sanidad para aquellos que no pueden pagar un seguro a través del programa Medicare, pero dar libertad de elección.

Julián Castro, exalcalde de San Antonio y exministro de Vivienda con Obama, fue quien más partido sacó al debate. Aprovechó la noche gris de O’Rourke para brillar por contraste y le atacó en uno de los temas en que este más había destacado: la denuncia del drama de la inmigración. De forma sutil, Castro llegó a dar a entender que la política migratoria de Beto se queda corta y criminaliza a los inmigrantes.

Aunque O’Rourke fue el primero de tres candidatos en dirigir unas palabras en castellano en el debate (incluido Corey Booker, que pareció concentrado en seducir a los afroamericanos), Castro acabó triunfante la noche con un lema que ya tiene camiseta: «Adiós to Donald Trump».

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