La animadversión personal que frustra la estabilidad


Albert Rivera esgrime motivos políticos para justificar su cordón sanitario a Pedro Sánchez, al que considera un «peligro para España» por sus pactos con los separatistas. Pero, en el fondo, lo que subyace es una animadversión personal mutua que está haciendo inviable lo que en Europa sería lo más lógico, un acuerdo entre la socialdemocracia y el centro liberal, aunque es cierto que Ciudadanos ha girado claramente a la derecha. El líder de la formación naranja no da marcha atrás a pesar de las presiones que está recibiendo de amplios sectores sociales que consideran que un Gobierno o un pacto de legislatura PSOE-Cs sería lo mejor para España, porque daría estabilidad política durante cuatro años, generaría confianza económica y convertiría en irrelevantes a los independentistas y a los nacionalistas vascos en la gobernabilidad. Pero Rivera se niega incluso a acudir a la Moncloa para reunirse con Sánchez.

Crisis interna

Su «no es no» ha provocado una crisis en su partido, con varias dimisiones, entre ellas la de uno de sus cerebros económicos, Toni Roldán, la ruptura con Manuel Valls y los avisos de Macron por su acercamiento a Vox, y se ha formado un sector crítico liderado por Luis Garicano y Francisco Igea, partidarios de permitir la investidura de Sánchez. Rivera ha resistido su envite enseñándoles la puerta de salida.

Su decisión, que a estas alturas parece inamovible, se inscribe en una estrategia a medio plazo, liderar el bloque de la derecha como vía para cumplir su objetivo personal, que es ser presidente del Gobierno en la próxima legislatura. No logró el sorpasso al PP en las generales por muy poco y cree que empujando a Sánchez a pactar con Podemos y depender de ERC lo irá socavando.

¿Cuándo se deterioró la relación entre ambos? La victoria de Inés Arrimadas en las elecciones catalanas de diciembre del 2017 disparó a Ciudadanos en las encuestas. Rivera se veía en la Moncloa, con Rajoy en caída libre por la corrupción. Pero la moción de censura que presentó Sánchez desbarató sus planes. Desde entonces, los puentes se rompieron y se han convertido en acérrimos enemigos políticos. Sánchez llegó a situar a Rivera en la extrema derecha y se ha limitado a pedirle la abstención, sin entrar a negociar nada con él. Por su parte, Rivera ha desarrollado una especie de obsesión por el líder socialista, hasta el punto de que repite Sánchez y «sanchismo» sin parar en todas sus intervenciones públicas.

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