La UE que viene habla alemán, es de centroderecha y tiene aliados liberales

Los socialdemócratas son los grandes excluidos de la nueva arquitectura institucional europea


Corresponsal | Bruselas

Una presidenta versátil (Ursula von der Leyen) y un equipo mestizo de comisarios para dirigir una Unión Europea (UE) dividida y enfrentada. Es la fórmula que han encontrado las capitales para poder recomponer y cerrar heridas abiertas tras una legislatura que ha dejado en herencia graves problemas democráticos sin resolver en Polonia y Hungría, un divorcio sin consumar (el brexit), una reforma de la política migratoria y de Asilo fallidas y una reforma incompleta de la eurozona.

A pesar de que las urnas han gritado alto y claro que quieren un cambio de rumbo político, a la vista de la enorme fragmentación que ha sufrido la Eurocámara, la UE que viene se parece irremediablemente a la que dejamos atrás: Habla alemán, es de centroderecha y tiene como principal muleta de apoyo a la familia liberal. En el mercadeo de altos cargos y en el diseño arquitectónico institucional hay ganadores y excluidos, como en todas las negociaciones.

Victoria

Alemania ya no se esconde. La batuta de la UE estará en su mano. Y no solo eso. Los conservadores europeos han logrado mantener a raya las tímidas acometidas de la accidentada alianza progresista (socialdemócratas y liberales) que no ha aguantado ni un primer asalto. El PPE seguirá dominando la Comisión otros cinco años más y ya van 20. Berlín también heredará el segundo mandato (dos años y medio) del Parlamento Europeo, reservado al candidato denostado del PPE, Manfred Weber. Además, mantiene la presidencia del Banco Europeo de Inversiones (BEI), la Junta Única de Resolución (JUR), el Mecanismo Europeo de Estabilidad (Mede), un asiento en el Consejo de gobierno del BCE y direcciones generales de gran influencia para formular políticas económicas y presupuestarias cruciales para el futuro de la eurozona. Para maquillar su monopolio ha accedido a renunciar a la Secretaría General de la Comisión, en manos del alemán Martin Selmayr.

«Victoria» también está escrita con letras mayúsculas en la agenda del presidente francés, Emmanuel Macron. Su desmesurada ambición política y su habilidad para engatusar a sus rivales socialdemócratas le han permitido volver a casa con la presidencia del Banco Central Europeo (BCE) bajo el brazo. El cargo lo heredará la francesa Christine Lagarde el próximo 1 de noviembre.

También se ha anotado otro triunfo al colocar al primer ministro belga, el liberal Charles Michel, al frente del Consejo Europeo. Y no acaba ahí la lista. Francia todavía aspira a una cartera importante dentro de la Comisión, donde una de las vicepresidencias será dirigida por la liberal Margrethe Vestager. La jugada le permite tomar aire a Macron quien, desde que aterrizó en el Elíseo, ha tenido que encajar protestas en casa y fracasos en Bruselas.

También han salido ganando las mujeres que, por primera vez en la historia, estarán al frente de los timones de las dos instituciones más importantes para la UE. También Von der Leyen ha prometido un equipo de comisarios paritario, aunque las capitales han empezado con mal pie. El recuento por ahora es de 11 hombres y cinco mujeres entre las candidaturas.

Entre aguas se han quedado los países del centro y este de Europa. Aunque no han conseguido amarrar ningún alto cargo, se han sacado de en medio a la bestia de Visegrado, Frans Timmermans. Sabe a victoria en Varsovia y Budapest que, además, tendrán acceso privilegiado para elegir cartera en la Comisión. 

Derrota

Los socialdemócratas (S&D) llevan en la espalda el cartel de «derrotados». No cabe duda de que la familia progresista es la que ha salido peor parada, a pesar de quedar por delante de los liberales en las urnas. La ingenuidad negociadora de Pedro Sánchez y la astucia de Macron los han dejado a los pies de los caballos y con el grupo dividido tras el voto partido a Von der Leyen. El presidente español se aseguró el cargo de Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores (Josep Borrell), la vicepresidencia de la Comisión para Frans Timmermans y el primer mandato de la Eurocámara (David Sassoli). Son cargos con visibilidad, pero poca influencia.

Ni si quiera las promesas de Von der Leyen en torno al salario mínimo o la creación de un reaseguro de desempleo europeo son garantías en firme. La alemana no puede sacar adelante estas propuestas sin el visto bueno de los gobiernos, que han venido hundiendo iniciativas similares en los últimos años. Y ahí es donde se verá quién ha ganado y quién ha perdido con su designación. «La principal debilidad de la señora Von der Leyen es que es una figura ideada por el Consejo Europeo bajo la gracia de Orbán. Esto determinará en el futuro su capacidad para actuar de forma independiente. El Parlamento Europeo debería mostrarse fuerte», alertó el líder de los socialdemócratas alemanes, Udo Bullmann, antes de la votación.

Su delegación fue la que encabezó la rebelión contra el acuerdo pactado por Sánchez. Pero la familia sucumbió, como el Parlamento Europeo, el otro gran perdedor y por partida doble. El Consejo ignoró por completo la única exigencia puesta sobre la mesa: El futuro presidente de la Comisión tenía que ser alguno de los «spitzenkandidaten» propuestos por las familias políticas. No solo se eligió a dedo a Von der Leyen sino que la Eurocámara se humilló a sí misma al renunciar a sus principios y votar a su favor, ofreciendo la imagen de una institución impotente e irrelevante. Tiene cinco años por delante para recuperar su credibilidad.

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