El bipartidismo y los jarrones chinos


La teoría del jarrón chino, formulada en su día por Felipe González, hizo fortuna. La valiosa pieza de porcelana, al igual que los expresidentes del Gobierno, estorba en cualquier rincón de la casa. Molesta especialmente a los suyos, la familia que comparte marca y siglas con el suntuoso objeto. Bastan dos ejemplos para confirmar el éxito de la analogía. Mariano Rajoy, antes de que la moción de censura lo convirtiese a él mismo en jarrón chino, aborrecía a Aznar y sus homilías desde el púlpito de la FAES. Pedro Sánchez, antes de que le quitase el sueño la posibilidad de compartir lecho con Pablo Iglesias, sufría pesadillas con Felipe González. ¡Maldito jarrón!, denostaban uno y otro cada vez que, afanados en reorganizar su vivienda, tropezaban con el inútil cachivache.

Pero, desde que un exitoso empresario chantadino tuvo la ocurrencia de juntar a dos jarrones chinos en A Toxa, la teoría debe ser revisada. Ni Felipe González ni Mariano Rajoy estorban ya a sus respectivos sucesores. Estos, como Saulo, se han caído del caballo y han obtenido el perdón y la bendición de sus mayores. Vuelve la sintonía, los jarrones recuperan su lugar preferente en el centro del salón y la fe en la resurrección del bipartidismo se abre camino.

Quien dude de la estampa descrita, échele un vistazo al planteamiento de la campaña electoral. Compruebe la acelerada reconversión al nuevo credo de sus principales espadas. Y tamice las observaciones con las palabras de quienes se consideran, a falta de abuela, nuestros Churchill de hoy «como mínimo». Verá cómo todo concuerda: la mano y el guante.

A Pablo Casado ya no lo reconoce ni el congreso que lo parió. Escarmentado por su naufragio del 28A, varió el rumbo e inició una travesía hacia el centro, canceló los pogromos contra sorayistas, dio esquinazo a Aznar, se dejó barba mariana y se vistió de estadista. También se comió sus propias palabras, la mejor dieta para un político según la receta de Churchill.

El líder del PP ha logrado volver al regazo de Rajoy y Ana Pastor, los vientos le son favorables y su remontada parece garantizada a costa de Ciudadanos. Ahora promete una campaña sin descalificaciones, casi de guante blanco, y tampoco le hace ascos a un acuerdo poselectoral con los socialistas. El viraje de Pedro Sánchez hacia el centro resulta igualmente evidente: con Unidas Podemos, su otrora socio preferente, no dormiría tranquilo. Con el separatismo tampoco quiere tratos, y menos aún en el convulso escenario que se avecina tras la sentencia del procés. Con esa filosofía se evita tropezones con su jarrón chino. Los dos comparten estas palabras de Felipe González en A Toxa: «Los partidos que no puedan formar Gobierno no pueden impedir que gobierne el que más votos tiene».

González y Rajoy lo tienen claro: PP y PSOE están llamados a encontrarse. Y parece que sus sucesores esta vez no hacen oídos sordos. Aunque no todo el monte es orégano, porque hay otros dos jarrones, Zapatero y Aznar, que siguen descolocados. Y los electores, que dirán lo que piensan el 10 de noviembre.

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