La ignominia de culpar a la policía


Uno de los hechos más innobles de la nueva «semana trágica» de Cataluña ha sido el de culpar a la policía, especialmente a la Policía Nacional, de la violencia que todos hemos visto en Barcelona. Por eso hicieron bien el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en visitar a los heridos en hospitales de la Ciudad Condal. Y por eso hizo todavía mejor el señor Sánchez en marcharse sin ver al presidente de la Generalitat, Quim Torra, que todavía no tuvo el detalle de condenar los sucesos vandálicos ni de ejercer como jefe de los Mossos d’Esquadra a los que, por lo menos, debiera respaldar en vez de permitir que su partido y parte de su gobierno pidieran la dimisión del conseller de Interior, Miquel Buch.

La técnica de culpar más a los policías que a los salvajes es un clásico del independentismo. Por una parte, permite que se coree el grito de «fuera las fuerzas de ocupación» para que cunda la idea de tratamiento colonial a Cataluña y, por otra, se hace responsable al Estado, a su Gobierno y a sus instituciones de todo lo negativo. Por eso no resultó sorprendente escuchar al vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonès, acusar a las fuerzas del orden de una actuación desproporcionada.

Quizá sea la mayor injusticia que hemos escuchado estos días. Que se lo digan a esa madre de Vigo cuyo hijo lucha por la vida después de que le hayan roto el cráneo una noche de fuego y odio. Que nos lo digan a todos los que hemos visto la furia contra los agentes del orden. Esos bestias encapuchados no tenían pistolas ni rifles, pero tiraban a matar. Acudieron a la fiesta subversiva con motosierras y tirachinas para lanzar rodamientos de acero a los agentes. Arrojaron contra los guardias adoquines y objetos de hierro. Buscaron la tragedia lanzando cohetes al helicóptero policial. Estaban organizados para la guerrilla con mentalidad homicida. Su éxito hubiera sido provocar una muerte entre los servidores públicos. Esa sería su victoria y a efectos de repudio, me da igual que los autores sean infiltrados, que los hubo, o independentistas.

¿Y responder a eso fue una actuación desproporcionada? Lo desproporcionado ha sido incendiar mobiliario, hacer que Barcelona se viese como una ciudad en llamas, provocar el pánico en la vecindad e inundar el mundo de imágenes que parecían de un lugar en guerra. Y todo eso no sirvió para que el señor Torra y compañía hicieran una condena tajante, porque hacerlo sería confesar su incompetencia para hacer frente al vandalismo. Quizá ese espectáculo de destrucción les venía bien para manipular otra vez las imágenes y decirle al mundo que el pueblo catalán se subleva contra el Estado que les oprime. ¡Qué despropósito! ¡Qué falta de honestidad y de responsabilidad!

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