Los «dreamers» defienden su sueño americano

El Supremo decide desde el martes el futuro de los hijos de inmigrantes simpapeles criados en Estados Unidos

Marcha de los «dreamers» a su llegada a Baltimore
Marcha de los «dreamers» a su llegada a Baltimore

Baltimore / E. La Voz

Maricruz Abarca cumple mañana 32 años. Sus amigos quieren celebrarlo, pero ella tiene la cabeza en otra parte. Su futuro en Estados Unidos empieza a decidirse el martes en el Tribunal Supremo. Está esperanzada, pero es consciente de que es importante «prepararse psicológicamente para un fallo negativo». Los nueve jueces de la máxima instancia judicial del país decidirán su suerte y la de alrededor de 700.000 dreamers (soñadores) aquellas personas que llegaron de forma irregular al país junto a sus familias cuando eran unos críos.

Han vivido el miedo cotidiano y la clandestinidad de los simpapeles, pero los últimos siete años han encontrado refugio en un programa creado por Barack Obama bautizado como DACA (las siglas en inglés de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia) que, aunque no legaliza su estatus ni ofrece un camino hacia la obtención de la ciudadanía, los protege de la deportación y les garantiza acceso al mercado de trabajo o a la educación. Maricruz aprovechó para apuntarse a la universidad, «en la que persigo mi sueño de convertirme en abogada criminalista». Llegó desde México con 15 años, tiene un niño de 13 años y dos gemelas de 5.

Donald Trump quiere enterrar DACA y el Tribunal Supremo escuchará a partir de este martes los argumentos para concluir si puede ponerle fin. La Casa Blanca anunció en septiembre del 2017 su suspensión pero los tribunales inferiores han ido prorrogando su vida. El presidente defiende que el programa es inconstitucional, pero varios jueces han desestimado sus argumentos. Por ejemplo, el de que quita trabajo a los estadounidenses. Cuestionan «la crueldad y el despilfarro de deportar a jóvenes productivos a países con los que no tienen lazos».

No los tienen porque han crecido y se han formado aquí. Muchos no recuerdan ni el idioma de sus países de origen. La mayoría son latinos (cerca del 80 %, mexicanos), pero también hay asiáticos o africanos. Maricruz se sumó el viernes en Baltimore a una marcha de decenas de dreamers bajo el lema de Home is here (nuestro hogar está aquí) que partió el 26 de octubre desde la Estatua de la Libertad, en Nueva York, y llegó el domingo a Washington.

«No me imagino una vida sin mis hijos»

Eliana Fernández, ecuatoriana de 31 años, lleva marchando desde el día uno. «Ha sido un poquito duro», reconoce, «pero la energía» de la gente «ha aliviado mucho el malestar» de un largo camino a la intemperie. Nada comparado «con la montaña rusa de emociones» en la que vive desde hace dos años. Emigró con 14 años, ha estudiado Sociología y tiene dos hijos de 7 y 12 años. El martes entrará en el Supremo, en Washington. Es una de las demandantes contra la Administración. «No me imagino una vida sin mis hijos».

Allyson Duarte, de 27 años, lleva también más de la mitad de su vida en EE.UU. «Aquí es donde tengo mis raíces, mis conexiones, mis amistades y a mis familiares». Vive muy cerca de la frontera con México, en la ciudad texana de McAllen, pero no se imagina tener que volver al estado de Veracruz, del que salió con 13 años.

Las tres encarnan el llamado sueño americano, el relato estadounidense que promete que, si te esfuerzas, conseguirás aquello que quieras ser. Los llaman dreamers por el nombre de la Dream Act, un proyecto bipartidista de ley que desde el 2001 ha dado vueltas sin suerte por el Congreso con una solución legal a su situación. Durante la marcha, algunos conductores les han gritado el nombre de Trump. «Es triste que ni siquiera son capaces de articular sus objeciones a lo que estamos pidiendo», reflexiona Allyson. Un nombre les sirve para explicar «su odio a las minorías étnicas».

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