Gabriel Rufián: De «enfant terrible» a hombre clave de la gobernabilidad

El portavoz de ERC ha pasado de diputado excéntrico e incendiario a ser el más pragmático en su propio partido

El presidente en funciones, Pedro Sánchez, mira a Gabriel Rufián (ERC) en el Congreso
El presidente en funciones, Pedro Sánchez, mira a Gabriel Rufián (ERC) en el Congreso

Madrid / La Voz

El 4 de marzo del 2016 subió por primera vez a la tribuna del Congreso y dejó a todos estupefactos con una extravagante intervención cuyo estilo nada tenía que ver con lo que allí se había escuchado hasta entonces. Gabriel Rufián Romero (Santa Coloma de Gramanet, 8 de febrero de 1982), se presentó con traje negro y camisa ceñida del mismo color. Era la sesión de investidura de Pedro Sánchez. Y en cinco minutos, hiló, por decir algo, un desconcertante discurso ejecutado a cámara lenta en el que no dejó títere con cabeza. «Soy nieto e hijo de andaluces llegados desde hace 55 años a Cataluña desde Jaén y Granada. Soy lo que ustedes llaman charnego y soy independentista. He aquí su derrota y he aquí nuestra victoria», dijo, sin especificar el destinatario de sus invectivas. A Ciudadanos lo describió como «el Hacendado del PP»; a Sánchez lo acusó de «creer que Albert Rivera es Winston Churchill y no Donald Trump» y definió a España como un Estado «medieval». Con esa mezcla de humor y acritud marcó su territorio. A partir de ahí, fue un crescendo que convirtió cada una de sus intervenciones en un show que incluía gadgets como esposas y fotocopiadoras o preguntas a Rajoy por su política sobre los condones. Conseguía su propósito de escandalizar con discursos incendiarios que incomodaban hasta a su compañero Joan Tardá. Pero nadie le tomaba en serio. Y menos esperaban que tres años después aquel político atípico tuviera en su mano la gobernabilidad de España, transformado en el representante más posibilista y dialogante de ERC, proclive al acuerdo con el PSOE.

El tuit de las «155 monedas»

El hombre al que se acusa de haber provocado la declaración unilateral de independencia con un solo tuit que decía «155 monedas de plata» cuando Puigdemont sea disponía a convocar elecciones, es ahora el principal interlocutor del PSOE, en el que Pedro Sánchez y Adriana Lastra, con la que mantiene una excelente relación, confían para sacar adelante la investidura frente a los sectores más radicales de ERC.

Fue en otra sesión de investidura, la de Sánchez el pasado mes de julio, donde confirmó su transfiguración política. En un tono moderado, instó al líder del PSOE y a Pablo Iglesias a olvidar sus diferencias personales y no perder la oportunidad histórica de formar un Gobierno de izquierdas gracias a la abstención de ERC sin pedir nada a cambio. Y ya entonces advirtió de que tras unas nuevas elecciones ese acuerdo sería aún más complicado y el precio mucho más caro, porque el calendario judicial y político en Cataluña no favorecería que ERC se prestara al pacto. En esa transmutación de enfant terrible a político sensato ha influido el encarcelamiento de su mentor Oriol Junqueras y la huida a Suiza de la secretaria general de ERC, Marta Rovira, que le obligan a asumir un papel más institucional. Pero también su experiencia en el Congreso, en donde uno de los espejos en los que se ha mirado es en el pragmático portavoz del PNV, Aitor Esteban. En todo este tiempo, ha experimentado también profundos cambios en su vida personal. Tras separarse de su pareja y madre de su hijo, Mireia Varela, mantiene ahora una relación con Marta Pagola, jefa de prensa del PNV en el Congreso.

Rufián busca ahora puntos de acuerdo con el PSOE que posibiliten la abstención de ERC, pero ya en julio logró frenar en la ejecutiva de su partido las posiciones más rupturistas que apostaban por el no a la investidura. Impuso el criterio de que no podían bloquear un Gobierno de izquierdas porque dar una oportunidad a la derecha para gobernar haría mucho más difícil avanzar en el camino a la independencia y mejorar la situación de los líderes del procés acusados de rebelión.

El discurso de izquierda ha ganado espacio en el relato de Rufián, quien aspira a firmar un tripartito con En Comú Podem y el PSC en Cataluña. Unas posiciones que le llevaron incluso a ser tachado de traidor y botifler, en la manifestación convocada por la CUP y los CDR tras la sentencia del procés, por haber llamado a «rebajar la tensión». Y a estar ahora prácticamente vetado en TV3. Sigue siendo, sin embargo, el mayor valedor del acuerdo con el PSOE. Y en las negociaciones ha abandonado su imparable locuacidad para imponer la máxima discreción sobre las conversaciones. Gane o pierda la apuesta en su propio partido, más allá de su afición a los zascas en Twitter, ya no queda prácticamente nada de aquel monologuista gamberro del 2016.

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