Los votantes de Iowa abren esta noche las primarias del partido conjurados para poner fin a su presidencia
03 feb 2020 . Actualizado a las 08:30 h.Ir, escuchar y formarse una opinión. La del ciudadano que participa en un caucus puede estar definida de antemano. Sin embargo, uno de los atractivos del proceso de elección del candidato o candidata que se enfrentará a Donald Trump en noviembre es que los ciudadanos tienen a mano durante unos días a la mayoría de aspirantes a la nominación del partido. En algunos casos, literalmente. En los caucus de Iowa, que se resuelven en la madrugada del martes, hay eventos en los que no se llega a la decena de asistentes. No hay mucha población, las distancias son enormes, es un estado eminentemente agrícola, hace frío y la ciudad más poblada, Des Moines, apenas supera los 200.000 habitantes. No todos los parroquianos llegan con la decisión tomada. Entre los convencidos se cuelan los indecisos, los que decidirán en función de lo que les transmitan en las distancias cortas.
No es el caso de Jeff, que vive en Iowa City, una población a casi dos horas al este de Des Moines, donde la senadora Elizabeth Warren reunió el sábado a unas 900 personas. Él estaba entre ellos, pero su actitud denotaba distancia e incluso hostilidad, ajeno al ambiente familiar y diverso que se había reunido para escuchar a una mujer que compite, junto al también senador Bernie Sanders, con los argumentos de la izquierda del Partido Demócrata. No esperó a que saliera al escenario para emitir su sentencia. Warren es «una mentirosa, no tiene ninguna credibilidad», diagnosticó. No tiene en mejor estima al resto de los once supervivientes demócratas en la carrera hacia la Casa Blanca. «Compiten por ser los más radicales», zanjó.
Quizá Jeff quería conocer al enemigo de cerca, a quienes amenazan a su presidente favorito, cuyo nombre lleva inscrito en una gorra: Donald Trump. El nombre del líder que dejará «un legado duradero» en el sistema judicial del país después de «colocar a casi 170 jueces, dos de ellos en el Tribunal Supremo». Jeff dice que en el pasado fue demócrata, «pero ya no puedo serlo porque no creen en mi nación», Estados Unidos. Un país que, asegura, quieren convertir en «una especie de vasallo del gobierno mundial». Blanco, como la inmensa mayoría de la población de Iowa, se siente sin embargo amenazado. Se queja de que «a cualquier hombre blanco que se levanta en defensa se le califica de supremacista».
Su ídolo parece inspirar la reacción de los votantes demócratas por encima del propio Partido Demócrata y sus propuestas. Las recetas para batir a Trump van de la propia Warren y Bernie Sanders al extremo más moderado del exvicepresidente Joe Biden, la senadora Amy Klobuchar y el exalcalde Pete Buttigieg. Pero en tiempos de emergencia, se impone el «cualquiera menos Donald Trump». La emergencia no es la de Jeff, claro, que confirma que votará por él en noviembre. Sí la de Sarah, que se ha acercado con sus dos hijos desde un estado tan lejano como Oregon en busca de inspiración «para un futuro mejor». Mientras espera a que llegue Elizabeth Warren, comparte con La Voz que viene de escuchar a Joe Biden. Warren y Biden son el aceite y el agua del Partido Demócrata, pero a Sarah todos los candidatos le parecen «muy buenos» y el discurso de Biden «ha sido genial, maravilloso».
Con el proceso de impeachment a punto de terminar, y con la más que probable absolución del presidente, el votante demócrata intenta sanar la división interna que contribuyó a la victoria de Trump y a la derrota de Hillary Clinton. Pero las heridas tardan en cicatrizar, especialmente entre los muy fieles seguidores del senador Bernie Sanders, que sigue recogiendo el entusiasmo de los más jóvenes a pesar de ser el candidato de más edad, 78 años. Tras sentir que el aparato del partido le puso la zancadilla en el 2016 para beneficiar a Clinton, muchos de ellos se quedaron en casa en la noche electoral. Esta vez parecen conjurarse para que, pase lo que pase, no vuelva a repetirse la historia y Donald Trump abandone la Casa Blanca.
Lexy, que vive en el vecino estado de Nebraska y aspira a que Bernie se siente en el Despacho Oval, acepta a regañadientes que «votará por cualquier demócrata», aunque tiene claro que el establishment del partido «va a ir a por él». Es lo mismo que hará Tim, que viajó con ella hasta Clive, en las afueras de Des Moines, para asistir la madrugada del sábado a una fiesta en la que Sanders solo pudo participar por teléfono, atrapado como estaba en Washington por las sesiones del juicio político contra el presidente. A Tim le ha parecido una pantomima. «Soy abogado», explica. «La sola idea de un juicio sin testigos ni evidencias es ridícula». Es lo que la mayoría republicana le garantizó a Trump en la votación del pasado viernes.
A falta de Bernie Sanders, música, su mujer, tres congresistas y el cineasta Michael Moore. El director de Bowling for Columbine, un showman indignado, cree que «el 1 % del partido», la élite demócrata, va a por Bernie. En ella sitúa a Hillary Clinton, que se ganó un abucheo promovido por la congresista Rashida Tlaib. A él contribuyó que quien fuera secretaria de Estado con Obama declaró recientemente que «a nadie le gusta» Bernie Sanders.