Carceller: «Aunque la acción de Pescanova se fuera a la mierda, yo no podía firmar las cuentas»

El consejero de Damm culpó a Fernández de Sousa y a BDO


madrid / la voz

El expresidente de Pescanova, Manuel Fernández de Sousa, habría urdido la estafa piramidal con la que ocultó la gigantesca deuda del grupo, y la auditora, BDO, no la detectó o -en el peor de los supuestos- lo sabía y lo permitió. Esos fueron los argumentos sobre los que pivotaron las declaraciones de la práctica totalidad de los testigos que pasaron ayer por la Audiencia Nacional, donde se juzga a la excúpula de la pesquera por la mayor quiebra empresarial no inmobiliaria de la historia de España.

«Mi obligación, aunque la acción se vaya a la mierda, era no firmar las cuentas». Así explicó al fiscal el representante de la corporación Damm en el consejo de la pesquera, José Carceller, cuál fue su postura en la reunión del 27 de febrero del 2013. En ella deberían haberse formulado las cuentas anuales del 2012 -BDO no había puesto salvedades a su borrador-, sin embargo acabó destapándose que el gigante tenía los pies de barro.

Carceller recordó que dos días antes de esa cita, el presidente le había convocado en Madrid a una reunión de urgencia, junto con el resto de accionistas de referencia, para informarles de que había un problema de tesorería. Les pidió, sin éxito, que aportaran 50 millones.

La revelación provocó sorpresa primero y desconfianza después, ya que los balances de la empresa nunca habían dado motivos para la alarma, más allá de que la ratio de endeudamiento (por las características de un negocio que requería mucha inversión) fuera «alta, pero manejable». En eso coincidieron ayer, además de Carceller, Antonio Basagoiti y Yago Méndez, otros dos consejeros citados en calidad de testigos.

Carceller, que junto con el representante del fondo Luxempart, François Tesch, lideró el grupo crítico en el que se fracturó el consejo tras descubrirse la situación real, relató que pidieron explicaciones a Fernández de Sousa y a su equipo gestor, pero no las recibieron. De «insuficientes», «vagas» o «confusas» las calificaron todos los consejeros que declararon. Méndez, por su parte, aseguró que a partir del consejo del 14 de marzo ya no recibió «nada de información». Llegó a enviar burofaxes reclamándola. Fue inútil.

Coindieron también al describir el «deterioro» de la relación entre la cúpula y el auditor a medida que se sucedían los consejos de administración y no se despejaban las dudas sobre la situación financiera real de la compañía. De hecho, Sousa y BDO se responsabilizan mutuamente del desastre y la Fiscalía a ambos.

En la cúspide del fraude

Tesch, Carceller, Méndez y Basagoiti (también declaró Ana Belén Barreras, pero dijo no recordar nada) insistieron en que la gestión personalista del presidente hacía imposible no situarlo en la cúspide del fraude. «En esa compañía no se hacía nada sin que él lo autorizara», subrayó Carceller, quien criticó a los consejeros «fieles» (en el banquillo también), dispuestos a votar a su favor «incluso cuando se les plantearon cifras disparatadas».

La defensa de Fernández de Sousa trató de apuntalar su estrategia de que el concurso, que solicitó su patrocinado, salvó a Pescanova. Carceller no se ablandó y, pese a admitir que esa maniobra permitió sobrevivir a la empresa, insistió en que «la única manera» de evitar la liquidación fue echarlo de la presidencia: «Al final lo conseguimos». «Me cuesta ver algo positivo en alguien que ha engañado de esa manera», respondió al letrado.

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«La contabilidad es un chicle». La frase, con la que el expresidente del BBVA, Francisco González -hoy en horas bajas, imputado por el caso Villarejo-, explicó el fabuloso agujero oculto en las cuentas de Bankia, resume también la quiebra de Pescanova y cómo fue posible que un gigante pesquero (entonces el cuarto del mundo) y, en apariencia, todo un ejemplo de gestión, colapsara de la noche a la mañana en el 2013. En un insólito golpe de timón, las cuentas de esta cotizada (sometida, por tanto, al control de la CNMV) pasaron de recoger 36 millones de beneficios y registrar poco más de 1.000 millones de pasivo en el 2012, a aflorar unas pérdidas de casi 800 y 3.600 millones de deuda, que provocaron el mayor concurso empresarial (no inmobiliario) de la historia de España.

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