La Guerra de los Mundos


«Con infinita complacencia, la raza humana continuaba sus ocupaciones sobre este globo, abrigando la ilusión de su superioridad…». Con esta frase, dentro del primer párrafo de su obra La Guerra de los Mundos, ilustraba H. G. Wells a finales del siglo XIX su idea del comportamiento de la humanidad. A partir de ahí, desarrolló la que se considera la primera novela que se escribió sobre una invasión alienígena. Si cambiamos un par de detalles, y sustituimos a los alienígenas y sus malvadas máquinas de tres patas, que lanzaban rayos calóricos, un humo denso y ponzoñoso y una niebla roja y tóxica, por la raza humana (vamos, una contaminación en toda regla) tendremos otra novela aterradora. En el fondo, se trata de una invasión de la Tierra por unos entes que, como en la novela de Wells, se alimentan de los que viven allí aprovechando su superioridad tecnológica. Somos muchos, y entre esos muchos, mucha buena gente. La mayoría. Dispuestos a echar una mano incluso a costa de dejarse la piel y la vida en el empeño. Pero hay de todo: en mi orden personal de mezquindad creciente -cada quien tiene el suyo, faltaría más-, los hay cobardes, ególatras, insolidarios, egoístas y directamente psicópatas, y, por último, algunos seres rastreros y populistas metidos a políticos. Algunos de esos personajes, más o menos disfrazados, y en el entorno limitado de las proximidades de Londres, aparecen en la novela de Wells. Su famosa versión radiofónica dejó claro, años después, lo que el pánico podía hacer en la población. ¡Y eso, sin redes sociales ni un mundo hiperconectado!

Al final, para completar el paralelismo, los invasores son destruidos «por las bacterias de la corrupción y de la enfermedad, contra las cuales no tenían defensas; destruidos, como le estaba ocurriendo a la hierba roja; derrotados -después que fallaron todos los inventos del hombre- por los seres más humildes que Dios, en su sabiduría, ha puesto sobre la Tierra». Curiosamente, en el 2015, en su famosa charla TED, Bill Gates advirtió sobre la gran amenaza global que podría atacar al mundo, y para la que no estábamos -ni estamos- preparados: la epidemia debida a un virus altamente letal y de transmisión más fácil que la del ébola. En esta guerra, además, el enemigo es invisible, lo que hace mucho más complicado enfrentarse a él, y favorece los errores, tanto por exceso como por defecto.

Todo acaba, y, como dice nuestro refrán, no hay mal que cien años dure. Estoy seguro de que, como finaliza Wells, al final la sombra se disipará, los hombres recorrerán otra vez las calles y esta vasta ciudad muerta volverá una vez más a la vida. Pero espero que no todo siga igual, y que aprendamos que ante las amenazas y los peligros globales, la única respuesta posible tiene que ser global. Y honesta.

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