¡Aquí no entra el virus!

Carlos Punzón
Carlos Punzón VIGO / LA VOZ

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El centro de discapacitados intelectuales San Rafael de Vigo se blinda contra la pandemia con actividad y una adaptación «sorprendente» de sus residentes

08 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

A las ocho de la tarde aplauden a rabiar. Atrás han dejado un día más de confinamiento, pero también una jornada llena de actividades, de participación en grupo y de implicación en un frente común contra el coronavirus que plasman en carteles invitando a los vecinos a que se queden en casa o dando ánimos a la sociedad augurando un final sin heridas graves para la mayoría. Son 83 personas con discapacidad intelectual que viven el confinamiento en la residencia San Rafael de Vigo, donde junto a otros 21 compañeros que sus familias han preferido que estén en sus casas, aprenden, se forman y estabilizan sus vidas.

«Acostumbran a sorprendernos y casi siempre para bien», asegura Daniel Viéitez, director gerente del centro de la orden hospitalaria de San Juan de Dios. Llevan el confinamiento como todo el mundo, con ganas de salir, con el deseo de que todo vuelva a la normalidad. «Les fastidia no poder dar un paseo, no ir a una cafetería, pero se han adaptado bien a las circunstancias y las comprenden». La clave radica en haberles hecho partícipes de la situación generada por el coronavirus y permitirles sentir que también ellos empujan para que todo se solucione, explica el director, que ve en el aplauso al personal sanitario la máxima expresión de ese deseo de los residentes, con el que incluso han conectado de manera estrecha con sus vecinos interactuando en ese agradecimiento colectivo. «Es muy emotivo». San Rafael se blinda así contra el temor al virus, pero desde febrero viene tratando también de levantar una barrera contra el contagio. Los protocolos empezaron a disponerse cuando se intuyó hasta dónde podría llegar la pandemia: se compró material de protección, se habló con las familias para saber quiénes lo podrían pasar en la residencia y quiénes en sus casas. «No todas las familias tienen condiciones para atenderlos», explica el director de la institución creada en Vigo en 1943, y que sin ánimo de lucro abarca desde el área educativa a la ocupacional, incluso para alcanzar algún trabajo aunque no es su objetivo, sin dejar de llevar a cabo tareas de rehabilitación y la atención de la propia residencia

Se suspendieron las visitas, se ampliaron las medidas de desinfección, se crearon espacios de transición y se redujeron los grupos para poder mantener la distancia social acordada en la pandemia.

Máxima precaución

«Nos consta además que todos los trabajadores (53 ahora en activo) siguen los máximos cuidados en sus idas y vuelta de casa para evitar riesgos a un colectivo sensible», añade Viéitez, que incide en que el 20 % de los usuarios de la residencia superan los 60 años y que muchos en general están sometidos a medicaciones crónicas que merman sus defensas.

El blindaje absoluto es imposible, pero el responsable del centro describe protocolos concienzudos y lo mismo en el refuerzo del aguante de los discapacitados. En ello la rutina es clave, que sepan qué cosas suelen suceder en cada momento del día. La confección de carteles y pancartas han sustituido en gran parte al trabajo en soldadura, carpintería, pintura, cuero, madera o vidrio tallado. La música, el baile, los ejercicios de psicomotricidad, la misma decoración del centro han adquirido más protagonismo para llevar el encierro. «Los monitores le hacen comprender el por qué del aislamiento y canalizan todo hacia una espera activa y para nada resignada», añade el director. El aplauso de las 20 horas se ha convertido en el momento de mayor inclusión social.