Nuestras vidas -¿qué vidas?- suspendidas en un oscuro limbo, nuestros proyectos de futuro anulados ante la urgencia de sobrevivir, nuestros mayores muriendo abandonados en ratoneras, nuestros sanitarios dejándose su salud por todos. Ni besos ni abrazos, el miedo en el cuerpo, el alma en vilo, la angustia en el estómago, cifras de muertos que nos golpean como si ya formaran parte indeleble de nuestra existencia. Hasta 500 en un solo día nos parecen un pequeño rayo de esperanza y nos aferramos al aplanamiento de la curva para fingir que vislumbramos una salida. La luz del túnel aún queda muy lejos. El nihilismo impone poco a poco su espesa negrura. Colgar a este o a aquel político el sambenito de la culpabilidad es un triste consuelo. Los bulos, el tertulianismo huero, la demagogia y la política cainita campan a sus anchas. Solo aportan más desasosiego. La única receta es quedarse en casa -los que puedan-, lavarse las manos, usar guantes y esas mascarillas que hasta ahora nos decían que no eran necesarias, contra toda lógica. A partir de hoy los trabajadores de servicios no esenciales se la volverán a jugar, al igual que ya lo hacen otros muchos. La economía ha primado. El panorama es desolador. En todo el mundo. Pero tenemos el ejemplo de nuestros héroes cotidianos, los imprescindibles, que no son los grandes prohombres o los políticos, sino hombres y mujeres corrientes, personal sanitario, cajeros de supermercados, reponedores, limpiadores, mensajeros, camioneros, militares, policías. Y los científicos que, en una lucha titánica y desesperada contrarreloj, buscan medicamentos eficaces y la vacuna. Todos ellos hacen que sigamos creyendo. Parafraseando el título de la novela del gran Ernesto Sabato, esto va de héroes y tumbas.

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Héroes y tumbas