Una enfermera gallega desde Barcelona: «Me replanteo seguir ejerciendo cuando esto pase»

Mila Méndez Otero
Mila Méndez A CORUÑA / LA VOZ

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Trabaja en la mayor uci de España habilitada para la pandemia y uno de sus familiares más allegados ha fallecido por Covid-19 en una residencia de Galicia

28 abr 2020 . Actualizado a las 14:31 h.

Los contratos intermitentes en el Sergas la llevaron a Barcelona, donde es enfermera en una de las mayores ucis habilitadas en un hospital en España para hacer frente al covid-19. Disponen de 200 camas. Lleva cinco años allí, un tercio de su carrera. Con una tasa de contagios del 17 % entre el personal sanitario en Cataluña, el miedo al virus es considerable. «No multaría a los que se saltan la cuarentena. Los pondría cinco minutos, tan solo cinco minutos, a trabajar aquí. No les quedarían ganas de salir de casa», sentencia.

Prefiere no dar datos personales. Mientras en Barcelona cuida a pacientes infectados, en Galicia uno de sus familiares más allegados, interno en una de las residencias intervenidas por la Xunta, acaba de fallecer con coronavirus. «Me siento impotente, tengo la cabeza en casa, pero no puedo hacer nada», confiesa.

El dolor asoma por cada rincón de su puesto de trabajo. «Pasamos de tener dos pacientes en la uci con coronavirus a, de repente, llenarlas todas. Hablo de días. Empezaron habilitando unidades pero ahora casi el 100 % del hospital es COVID-19», exclama. La consejera de Salut de la Generalitat, Alba Vergés, alega que, a pesar de la saturación, no hay colapso. «Es mentira. Que en todo un hospital se traten pacientes con la misma patología es un colapso; que se estén abriendo todos los días espacios reconvertidos en ucis es un colapso, que médicos de otras especialidades sean derivados aquí es un colapso».

Tras Madrid, Cataluña es el segundo epicentro nacional del Sars-Cov-2. «En los hospitales gallegos no hay el nivel de desbordamiento de aquí, pero tampoco cuentan con EPI (equipo de protección individual) de reserva si la situación empeora», avisa.

En España han muerto ya 12 sanitarios. «No quiero que nos llamen héroes, sino contar con EPI suficientes. Al principio, usábamos uno por paciente infectado. Ahora es el mismo para toda la jornada. Las batas se esterilizan, con lo que pierden impermeabilidad. Con las mascarillas se hace lo mismo. ¡Abrí una que tenía restos de maquillaje de otra persona! Solo los guantes son de un uso. A no ser que tengas fiebre o tos, no se nos hacen test. Somos los más expuestos, un vector de contagio elevado. Estamos desprotegidos. Nunca sé si vuelvo siendo positiva o negativa a casa», relata. La cuarentena para los sanitarios contagiados se ha reducido de 15 a 7 días. Por cautela, ella y su pareja usan baño y habitación diferentes. Ellos pueden. «No tenemos días libres, ni vacaciones ni permisos. Se ha suspendido todo», explica. Los turnos de 12 horas son duros. «Se han triplicado las camas de críticos. De 56 pasamos a 200. El agotamiento físico y emocional es extremo. Muchos están intubados y sedados, queremos creer que no se enteran, pero sí que hemos llevado pacientes despiertos que han visto cómo otros se intubaban y morían, y entraron en crisis de ansiedad», dice con angustia. «Para mí esta sí es una guerra».

«Me derrumbo en casa»

El presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría, Celso Arango, ha enviado una carta a sus afiliados en los distintos hospitales españoles en la que pide que cuiden de los sanitarios. «Yo me derrumbo cuando llego a casa. Los gerentes nos piden paciencia, pero no cogen de la mano a los enfermos, no los intuban, no les apagan las máquinas cuando han muerto». El personal médico, las y los enfermeros especialmente, son el único contacto humano de los infectados.

«¿Cuánta verdad sabe esa gente que aplaude? ¿Votarán a quienes recortan? En España tenemos una buena sanidad, pero cojea en prevención. Hay gente de 24, 39 o 50 años ingresada. A mí, con menos de 40, nadie me asegura que no me pueda pasar lo mismo», advierte, antes de despedirse al teléfono: «Cuando esto pase, me replanteo seguir ejerciendo».

Pablo Vidal, médico en el Chuo: «Al estar en la uci covid es como si en el hospital hubiese dos universos paralelos»

Pablo Vidal, médico de 38 años, lleva nueve en el Complexo Hospitalario Universitario de Ourense. Ahora le ha tocado medirse a un adversario nuevo en la uci

Pablo Varela

Pablo Vidal, medico de 38 años, lleva nueve en el Complexo Hospitalario Universitario de Ourense. Y ahora, le ha tocado medirse a un adversario nuevo en la uci covid, donde se atiende a los pacientes más graves. «Parece que en España y, en concreto, Galicia, se está alcanzando el pico. Pero en la uci es algo distinto, porque los afectados suelen empeorar a partir de la primera semana», indica.

Hay mecanismos de funcionamiento en la unidad que no han cambiado. Pablo inicia su turno a las 8.00 horas, el personal de guardia le pone al día y él acude a echar un vistazo a los pacientes para ver su evolución. «Y al final esto lleva tiempo, porque a cada uno le tienes que dedicar un espacio para escucharle con atención. Estos días suelo salir a las 16.30, aproximadamente», calcula.

Su función va más allá del seguimiento y tratamiento de los enfermos. La mayoría de los que llegan tienden a hacerlo asustados. «Ahora están sedados y algunos también conectados al respirador. Se trata de que hay que animarlos y no solo a ellos, sino también a sus familias, que agradecen que mantengas el contacto telefónico. De hecho, intentan darnos un apoyo a nosotros aunque a veces son ellos los que están mal», cuenta.

Pablo vive a caballo entre dos realidades diferentes. En su casa le esperan dos hijos, de seis y ocho años. «Ellos realmente están un poco a su bola, haciendo los deberes», dice riendo. Y en el hospital, el panorama es parecido. Mientras se mantiene la actividad asistencial, la uci covid parece ir a otra velocidad. «Es como si estuviésemos en dos universos iguales y, a la vez, paralelos. En otros servicios también tienen más carga de la habitual, pero aquí estamos aislados», explica. Y desconectar no parece una opción posible, porque la cabeza sigue funcionando incluso después del turno: «Siempre hay información continua y sigues revisando casos».

Felisa Álvarez, jefa de Reanimación del Chuac: «Hubo un momento en el que creímos que íbamos a colapsar»

«Esto nos pilló a todos, y todos arrimamos el hombro», dice aliviada al contenerse la cifra de enfermos graves

R. Domínguez

«No vamos a echar las campanas al vuelo porque no sabemos qué va a pasar mañana, pero sí, estamos más tranquilos: hubo un momento en el que creímos que iba a colapsar el hospital». Acompaña la prudencia a Felisa Álvarez Refojo, jefa de Anestesia y Reanimación del Chuac, un equipo que «lo que hicimos fue arrimar el hombro y ponernos a disposición de lo que se necesitase».

Ahora, cuando parece que comienza a amainar y ya han podido salir de la uci una docena de pacientes, valora que «se hizo un gran esfuerzo en planificar con previsión». Lo dice recordando los días no tan lejanos en los que no dejaban de aumentar casi exponencialmente los casos y el pulso de la pandemia se aceleraba en A Coruña. Al punto del infarto. Y lo explica: «En condiciones normales, en reanimación aquí siempre están por encima del 80 % de ocupación», de modo que la decisión nada sencilla de paralizar las operaciones que no corrían prisa liberó camas en su unidad para los más críticos, que se sumaron a las plazas que ya había de intensivos y a las que se crearon levantando, en apenas diez días, dos nuevas ucis. «Tuvimos la suerte de tener espacio en las plantas de los antiguos quirófanos», dice para reflejar las necesidades que veían cada vez más cerca de la puerta. Sobre todo si el virus, cuando lleva a situación límite, prolonga estancias «dos, tres, incluso cuatro semanas; vas sumando pacientes día a día: no habíamos podido dar el alta a los primeros y seguían viniendo cada vez más detrás».

En este contenedor aprovechado casi al centímetro, entró aún a mayor ritmo el espíritu de entrega para afrontar lo que venía sin descuidar lo que es inaplazable: «Que la población esté tranquila -insiste- porque hay cosas que hay que operar, las urgencias, la patología oncológica... todo eso seguimos haciéndolo», aclara, refiriéndose a un área de reanimación ubicada en otra planta, ajena al coronavirus, para esos pacientes que no pueden esperar a que lleguen mejores tiempos para pasar por el quirófano.

Para lo de siempre y para lo nuevo «todo el mundo está dando lo mejor de sí mismos; sí, yo estoy muy orgullosa de mi hospital», recalca la jefa de un equipo cuyo lema es Nunca caminarás sol@.

El enlace con la familia

No deja Álvarez de mencionar a «su» gente, un servicio de los más numerosos del Chuac (80 especialistas y 16 residentes) formado por profesionales que a menudo pasan desapercibidos tras su manejo para anestesiar el dolor. Se refiere a los médicos, pero también, y de forma muy especial, a la enfermería. Un enlace, casi el único, con las familias que en tiempos de pandemia no pueden ni siquiera dar la mano a sus seres queridos cuando su vida pende de un hilo.

El aislamiento de los críticos «es durísimo, de una impotencia... una cosa es decirlo y otra verlo»

«Es durísimo, de una impotencia.. no poder abrazarlos; una cosa es decirlo, pero otra verlo», susurra la doctora aludiendo al trabajo que hace la plantilla de enfermería y auxiliares para, al margen de la información médica, agarrar esa mano que apura alientos y hablar con quien espera, fuera o al otro lado del móvil, deseando escuchar que al menos esas inciertas horas por seguir respirando pasan sin angustia.

Habla también Felisa de la «generosidad» de unos trabajadores capaces de tender puentes y dar una lección de colaboración para hacer frente a una crisis sanitaria que «nos pilló a todos». «Nosotros arrimamos el hombro desde el primer momento», repite Álvarez Refojo, apelando a un conocimiento que ya tenían con pacientes postoperados muy complejos, muchos con ventilación artificial, pero al que se apresuraron a sumar toda cuanta información había ante el nuevo virus. «Todo el personal se formó específicamente en covid-19, hicieron grupos de trabajo con la uci y están dedicados a ello en cuerpo y alma», señala

«Todos han respondido muy bien, con muchas iniciativas, haciendo circuitos de trabajo, dando ideas... estoy superorgullosa», concluye, sin olvidar la valentía de exponerse. Y este es también para ella otro motivo de alegría: «Por ahora, por ahora, no hemos tenido ningún positivo entre nuestro personal».

Manuel Fariñas, enfermero del Chuo: «Intentamos tranquilizar y cortar los bulos que llegan a casa»

Los trabajadores de la uci covid de Ourense buscan una vía de desconexión en su hogar, pero no es fácil

Pablo Varela

Manuel Fariñas, enfermero de la uci en el Hospital de Ourense desde el año 2010, habla de la adaptación al medio como una de las vías que encontraron para enfrentarse al coronavirus. «No es cuestión de buscar culpables, porque esto nos vino grande a todos, así que también hubo un cierto grado de autoorganización entre el personal que está en áreas de críticos», explica.

Cada día, Fariñas se enfunda el traje de protección, que le ha dejado el rostro marcado y, a su vez, provoca una extenuación física. «No se debería trabajar más de cuatro horas seguidas con estos equipos. El trato con un paciente que está en una situación grave ya genera un estrés de por sí, pero además debes tomar decisiones rápidas y con estos equipos estamos hablando de un proceso que provoca el doble de cansancio», ilustra.

En las salas de pacientes críticos se ha encontrado de todo. Angustia, pero también afectados que aún guardan fuerzas para mandarles un mensaje de ánimo a los propios sanitarios. «Hay quien nos dice: ‘Estate tranquilo, que eu estou ben. Ti traballa’», cuenta Manuel. Valoran ese gesto porque también les ayuda a dar un balón de oxígeno a las familias, que contactan con ellos a diario para conocer la evolución de sus allegados. Pero a veces, sanitarios como Fariñas no tienen la suerte de poder accionar el botón de apagado en su cabeza. «Normalmente ya no te apetece hablar del trabajo cuando llegas a casa. Y si tienes la suerte, entre comillas, de que tu pareja no trabaja en esto, lo que intentas es tranquilizar y cortar los bulos que están llegando a casa», cuenta.

Ahora, estima que tendrán que realizar más guardias de las habituales, «porque empieza a haber alguna baja de compañeros que dieron positivo». En este sentido, se han encontrado con el empujón del personal que todavía no tiene «Todos estamos muy orgullosos de lo que hacemos, pero con quien hay que quitarse el sombrero es con los empleados contratados, porque son los que más están dando la talla», indica.