¿Qué se debatía ayer en el Congreso?


Aprobada la quinta prórroga del estado de alarma. Las primeras recibieron el apoyo casi unánime del Congreso. Las últimas salieron adelante por la mínima. Todos admiten que la herramienta funcionó. Sin embargo, a medida que remite la pandemia crece el número de grupos que piden suprimir el instrumento. Si el argumento utilizado fuese que ya no resulta necesario, no más restricciones, ni dirección centralizada, ni derechos suspendidos, el debate sería razonable. Pero no. El propio PP, cuando propone sustituir el estado de alarma por la legislación ordinaria, está reconociendo implícitamente la necesidad de una desescalada ordenada y paulatina. Resulta difícil entender por qué, para realizar el mismo viaje, hay que cambiar el coche que va bien -inspeccionado cada quince días en la ITV parlamentaria- por otro transporte de dudosa legalidad.

Mi hipótesis es que sus señorías no acudieron al Congreso a discutir sobre el estado de alarma. Fueron a reanudar la gresca política que aplazaron, a regañadientes, dos meses atrás. Aliviados por la remisión de la pandemia, les faltaba tiempo para iniciar el ajuste de cuentas pendiente. Para unos, el virus solo era el pretexto para volver a empezar la bronca, el insulto y la descalificación de un Gobierno social-comunista que, además de ilegítimo, se empeña en confinar y martirizar a los españoles. Para otros, el pretexto para pasar factura por los servicios prestados en la investidura de Sánchez. Se habló de todo, menos de la permanencia o no del estado de alarma: de ETA y de la mesa de diálogo, de Fidel Castro y de la España de los balcones y cacerolas, de los dineros autonómicos y de socios ante y postpandemia. Cada uno a lo suyo, como en los viejos tiempos.

Ya que la pandemia, a tenor de lo escuchado, está superada, permítame el lector un mínimo apunte sobre vencedores y perdedores en la escaramuza. Tengo claro que, con su voto negativo, el PP ha cometido un error de dimensiones históricas. Le va a resultar tremendamente difícil evadirse de la acusación que le lanzó Sánchez: un partido de Gobierno que dimite de la responsabilidad de salvar vidas. Quizá a corto plazo se consuele con un repunte en las encuestas a costa de Vox, al que cada día se parece más. Pero el fantasma de ayer lo perseguirá durante años. Al tiempo.

En el extremo opuesto sitúo a Ciudadanos. Demostró por segunda vez, al menos a la mayoría de españoles favorables a prorrogar el estado de alarma, que diez diputados pueden ser más útiles que 89. Lástima que Albert Rivera, con el cuádruple de escaños, no aprendiera en su día esa lección tan elemental.

Para los demás sigue el juego. El Gobierno se ha dejado plumas que, sin duda, va a necesitar en el futuro próximo. Los nacionalistas gallegos y vascos, incluyendo Bildu, más sensatos que los independentistas catalanes. Y Esquerra Republicana, desairada por no haber sido imprescindible, rumiando quizá su vendetta. ¿Y de la pandemia, qué? Eso, al menos de momento, no importa: ya hemos vuelto a la vieja normalidad política.

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