La retirada de la globalización

La necesidad de garantizarse los productos esenciales ha acelerado el proceso


La economía mundial ha experimentado dos grandes olas de globalización desde el inicio de la primera Revolución Industrial. La retirada de la segunda de esas olas está hoy en curso. ¿Será una retirada ordenada a posiciones defensivas o una huida, como la retirada de Napoleón de Moscú?

La primera gran ola de globalización tuvo un pico en 1914 con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Estuvo motivada por tecnologías transformadoras: vías férreas y buques a vapor, telegrafía y telefonía, que redujeron marcadamente la fricción con la que la gente, el capital y la información atravesaban las fronteras nacionales, aunque el proteccionismo de parte de Estados Unidos, Alemania y otros países restringió el movimiento de bienes.

La segunda ola de globalización, que empezó en los años ochenta y aceleró la apertura de China y el colapso del bloque soviético, estuvo impulsada por la tecnología de la información y de las comunicaciones, que nuevamente facilitó el movimiento transnacional de capital, bienes y hasta servicios como nunca antes. Si bien la revolución de la TIC no tuvo una incidencia directa en el movimiento de personas, inauguró una nueva era de externalización y de trabajo a distancia.

Ahora, esta segunda era de globalización parece estar en franca retirada en múltiples frentes. La globalización financiera fue la primera dimensión en ceder, empezando con el colapso de Lehman Brothers en septiembre del 2008. La segunda ruptura, más reciente, es la de las cadenas de suministro integradas transnacionales, que han sido destruidas por la pandemia del covid-19. Las crecientes tensiones entre Estados Unidos y China, y una nueva presión por parte de muchos países para garantizar el acceso a productos y materiales estratégicamente sensibles, ha intensificado este proceso de desintegración.

Otra dimensión de la actual desglobalización involucra a las corporaciones multinacionales. Muchas han hecho valer de manera arrogante su propia autonomía política utilizando tratados comerciales para influir en la política nacional, hasta llegar a invalidarla incluso, con respecto a los mercados laborales, las regulaciones ambientales y los regímenes de propiedad intelectual. También han sacado buena tajada de la movilidad institucional que permiten las tecnologías actuales para desviar ganancias a la jurisdicción con la menor carga tributaria.

Estas tendencias supranacionales han venido encontrando resistencia desde hace más de una década. Incluso antes de la crisis financiera del 2008, Dani Rodrik de la Universidad de Harvard, había advertido que la última fase de «globalización extrema» crea un trilema político. «La democracia, la soberanía nacional y la integración económica global son mutuamente incompatibles», sostuvo. «Podemos combinar dos de las tres, pero nunca tener las tres simultáneamente y en su totalidad». Pero incluso en China, Rusia u otras no-democracias donde parecería que no existe ningún trilema, los Gobiernos que quieren parecer sensibles -al menos superficialmente- ante los ciudadanos persiguen una mayor autonomía nacional para limitar la influencia de los mercados globalmente integrados.

Elija su veneno

De las distintas dimensiones de la globalización, la integración financiera fue la primera en ser cuestionada. La crisis del 2008 dejó al descubierto la fragilidad de los mercados financieros globalizados en los que los actores institucionales —entidades bancarias y bancos paralelos— dependían de algoritmos sofisticados y poder informático puro para generar un apalancamiento aparentemente infinito. Durante un tiempo, esta «ingeniería financiera» hizo crecer de manera sostenible las ganancias y los bonus. Pero con el apalancamiento a niveles tan extremos, hasta una caída modesta en los valores de los activos terminaba siendo desastrosa: un balance apalancado en una proporción de 30 a 1 podía volverse insolvente por una caída del precio de los activos inferior al 4 %.

En ese momento, la búsqueda implacable de «eficiencia» por parte de las instituciones financieras —obtener la mayor ganancia posible de sus bases de capital— generó una falta peligrosa de resiliencia, sembrando el camino para intervenciones sin precedentes de los bancos centrales del mundo (liderados por la Reserva Federal de Estados Unidos) cuando la burbuja finalmente estalló.

Las regulaciones poscrisis para restablecer y fortalecer la resiliencia del sector financiero han exigido que los bancos mantengan mayores reservas de capital, lo que aritméticamente se traduce en menores retornos sobre el capital y (quizá problemáticamente) una compensación más baja para quienes generan los retornos.

Con el covid-19, apareció otro elemento. La pandemia ha dejado al descubierto una falta de resiliencia dentro del sector real no financiero de la economía global: el mundo de la producción y la distribución de bienes y servicios. Como señaló recientemente Mohamed A. El-Erian de Allianz, «muchas empresas intentarán lograr un equilibrio más adverso al riesgo entre eficiencia y resiliencia cuando emerjan del shock nefasto de la pandemia. El romance de muchas décadas del mundo corporativo con las cadenas de suministro globales costo-efectivas y la gestión de inventarios justo a tiempo dará lugar a una estrategia más localizada que implique la repatriación de ciertas actividades».

Asimismo, la decisión agresiva de reducir costes a expensas de la resiliencia no se ha limitado a las cadenas de suministro transnacionales. Como observó recientemente el físico y escritor Siddhartha Mukherjee, un fenómeno análogo con consecuencias aún más sombrías ha aquejado a la atención médica, donde los administradores hospitalarios han abrazado, cada vez más, la misma «cultura obsesionada con la eficiencia e impulsada por el mercado» de muchas multinacionales. Como resultado de ello, escribe, «cuestiones como mejores prácticas en la gestión se han convertido en cuestiones sobre mejores prácticas en la salud pública. Los números en los registros contables ahora son recuentos de cuerpos en una morgue».

Por lo menos desde los tiempos de Adam Smith, la disciplina ha identificado la virtud insigne del libre mercado como su capacidad para asignar recursos físicos y financieros de manera eficiente. Pero al determinar a qué nos referimos verdaderamente cuando hablamos de eficiencia, debemos tener en mente dos cuestiones críticas que dependen una de otra: si la evaluación es realizada retrospectiva o prospectivamente, y con respecto a qué marco temporal.

Después de todo, la búsqueda de una eficiencia prospectiva necesariamente tenderá a acortar el horizonte de planificación, porque cuanto más lejos miremos en el futuro, mayor será la incertidumbre. El cortoplacismo corporativo no es simplemente el resultado de incentivos para directivos que basan la compensación en el precio inmediato de la acción (aunque eso de hecho sucede). También es un problema que afecta a las decisiones de inversión de manera más general. Al igual que las inversiones en investigación y desarrollo de alto riesgo y alta recompensa, las inversiones en resiliencia para protegerse de las sacudidas estarán entre las primeras cosas a sacrificar en pos de aumentar las ganancias para el futuro inmediatamente previsible. Como observa Rana Foroohar del Financial Times, una reducción de las ganancias de corto plazo representa el coste de pasar de «justo a tiempo» a «por si acaso».

Rompiendo las cadenas

En cuanto a la fragilidad de las cadenas de suministro específicamente, el tema ha sido estudiado minuciosamente por Vasco Carvalho de la Universidad de Cambridge, quien recientemente ha ampliado su programa de investigación para considerar el impacto de la pandemia. Como también destaca El-Erian, los temores por las vulnerabilidades de las cadenas de suministro se han transformado en temores, incluso reforzados, por la seguridad nacional, como ejemplifica la retórica antichina que emana de Washington.

Estos no son temores infundados. Una característica fundamental de la segunda ola de globalización fue la externalización generalizada y deliberada de la base industrial de alta tecnología de Estados Unidos principalmente (pero no exclusivamente) a China. Desde semiconductores hasta células solares pasando por dispositivos de pantalla plana, el hardware de la revolución digital ya no se fabrica en Estados Unidos. Es verdad, Intel, el icono temprano de Silicon Valley, sigue fabricando sus miniprocesadores en Estados Unidos, pero es la excepción que confirma la regla; hasta Intel está rezagada respecto al fabricante líder de chips a nivel mundial, Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC).

En este contexto, desarrollar una estrategia coherente para restablecer una capacidad de producción competitiva dentro de las fronteras de Estados Unidos no será tarea fácil. Si bien TSMC recientemente anunció sus planes de abrir una fábrica en Arizona, el hecho de que su producción sea de sub-escala y solo esté asociada a especificaciones que serán obsoletas en el 2024, según la propia hoja de ruta de la compañía, le da a la medida un aire de maniobra política.

Asimismo, el hardware de TI es solo uno de los muchos dominios industriales que las empresas estadounidenses han externalizado bajo el imperativo de la eficiencia. Como ha demostrado la pandemia, lo mismo también ha sucedido con suministros médicos esenciales como las mascarillas faciales y los reactivos utilizados en los test, que son fabricados principalmente en China.

Un titular provocador de un artículo reciente de ProPublica de Lydia DePillis ayuda a explicar claramente el punto más general: «Para entender la escasez de suministros médicos, ayuda saber cómo Estados Unidos perdió las baterías de iones de litio a manos de China». DePillis cuenta la triste historia de A123 Systems, un pionero en tecnología avanzada de baterías que recibió 249 millones de dólares del gobierno federal de Estados Unidos bajo la Ley de Recuperación y Reinvención de Estados Unidos del 2009, más otros 135 millones de dólares en subsidios y créditos fiscales del estado de Míchigan. Tres años después, A123 se declaró en quiebra y un conglomerado chino adquirió sus activos.

¿Una renovación verde?

Como ha destacado recientemente el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, la crisis del covid-19 le brinda a Estados Unidos la posibilidad de «reconstruirse mejor», una vez superada la pandemia. Para muchos observadores, esas palabras suponen una invitación para a empezar a invertir en una economía de bajas emisiones contaminantes. Existe un creciente coro que exige una respuesta al cambio climático que se compara con la ambición y la escala de la movilización por la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, el cómo de una movilización para combatir el cambio climático será tan importante como el qué. El fiasco de A123 nos recuerda otro notable fracaso del paquete de estímulos del 2009: Solyndra, un fabricante de paneles solares que recibió 535 millones de dólares en garantías de préstamos federales de Estados Unidos antes de declararse en quiebra en el 2011.

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William H. Janeway, autor de Doing Capitalism in the Innovation Economy, es socio limitado especial en la firma de capital privado Warburg Pincus y profesor adscrito de Economía en la Universidad de Cambridge.

Copyright: Project Syndicate, 2020. www.project-syndicate.org

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