El golpe de Mali, otra amenaza para el Sahel

Bisa Williams, John Goodman FOREIGN AFFAIRS

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Maria Pedreda

Los aliados deben apoyar una transición que no desestabilice más la región

13 sep 2020 . Actualizado a las 10:50 h.

Semanas de protestas antigubernamentales en Mali llegaron a un punto crítico el pasado 18 de agosto, cuando un grupo de militares arrestó al presidente Ibrahim Boubacar Keïta y lo obligó a renunciar. Muchos malienses consideraban que Keïta no tenía interés en frenar el declive de los servicios sociales, erradicar la corrupción o detener la propagación de la violencia intercomunitaria y terrorista, al tiempo que favorecía el ascenso de su hijo. Su torpe respuesta ante el Tribunal Constitucional sobre la revocación de los resultados de las elecciones parlamentarias fue la gota que colmó el vaso. Pese a que la oposición celebró la expulsión de Keïta, no sucedió lo mismo con los aliados internacionales de Mali.

La Unión Europea, Francia y EE.UU. rápidamente condenaron el golpe de Estado, y el Consejo de Seguridad de la ONU siguió sus pasos. La Unión Africana declaró asimismo los golpes militares como «algo del pasado que ya no podemos aceptar», y suspendió a Mali. Sin embargo, preocupa que el vacío de poder pueda desestabilizar aún más la región. Los países aliados se enfrentan a la cuestión de cómo apoyar una solución pacífica y constructiva a la actual crisis.

El tratado de paz del 2015 con los rebeldes del norte, conocido como el Acuerdo de Argel, debe permanecer en el primer plano de los esfuerzos internacionales y, sin embargo, corre el peligro de fracasar. En el período previo al golpe, la falta de progreso en la implementación del acuerdo alimentó una sensación de estancamiento, debido a que sus disposiciones de desarme y desmovilización siguen en gran medida sin cumplirse, lo que ha contribuido a la crisis de seguridad del país. Y aunque los oficiales del Ejército que depusieron a Keïta se han comprometido a respetar el acuerdo y a facilitar nuevas elecciones, la transición en curso enfrenta numerosos desafíos, entre los que se encuentra el frágil apoyo al acuerdo de paz por parte de la ciudadanía y de importantes círculos militares y políticos.