El relojero de la Puerta del Sol: «Mis campanadas serán muy distintas con la plaza vacía»

ACTUALIDAD

Emilio Naranjo | EFE

Esta Nochevieja nada será igual. Jesús López es el relojero que engrasa el mecanismo más famoso de España desde hace 24 años. «Esta vez tampoco me toca tomar las uvas en casa, ¡ni con una pandemia!», bromea tras superar el covid. Él y otros profesionales gallegos cuentan cómo será el Fin de Año más diferente

28 dic 2020 . Actualizado a las 09:11 h.

BENITO ORDOÑEZ

Solo dos cosas unirán a todo el país la próxima Nochevieja. Una, el deseo de que el 2020 pase a mejor vida. La otra, la que viviremos de nuevo al unísono. Esta vez las campanadas retumbarán en su propio eco ante una Puerta del Sol vacía. Las televisiones que han elegido retransmitirlas un año más desde allí nos asomarán al balcón de un desierto sin precedentes. La plaza por antonomasia de Madrid se convertirá en el kilómetro cero del silencio. Y nadie, absolutamente nadie, podrá presenciarlas allí. Nadie, excepto su relojero. Jesús López (Toledo, 1945), junto a sus compañeros Pedro y Santi de la relojería Losada, volverá a activar la maquinaria del reloj más famoso de España. No hay pandemia que le permita tomar las uvas en casa. Ni siquiera el covid le alejó de esas agujas que mima con tanta precisión para que lleguen puntuales a su cita. Jesús superó el coronavirus a tiempo, quizás por deformación profesional. «Estuve en mi casa encerrado todo el mes de noviembre», cuenta ya recuperado: «Me encuentro divinamente. No tuve muchos síntomas, pero tos sí. Empecé a toser, a toser y a toser, entonces no dormía ni descansaba bien».

Tras 16 días de cuarentena, volvió a la carga para subir a la torre de un reloj que podría engrasar con los ojos cerrados. Afortunadamente, su caso fue de los leves y en su casa no se contagió nadie más que él. «Me tocó a mí la china, no me quiero ni acordar», dice a pocos días de su Fin de Año número 24 al frente de los primeros doce segundos del año.

Se enfrenta, sin duda, a las campanadas más diferentes de toda su vida. «La explosión de alegría de la plaza con la última campanada compensó siempre con creces el no poder brindar con mi familia», explica el relojero, que sin embargo tampoco se viene abajo ante el desierto de este año: «Es verdad que no va a haber gente en la Puerta del Sol, pero en Galicia van a estar muchas personas viendo las televisiones, con lo cual nuestro trabajo es el mismo, exactamente igual. Una cosa es que la gente no esté en la plaza escuchando las campanadas, y otra cosa es que no se vayan a retransmitir. Se van a hacer las campanadas, y en Galicia se van a escuchar, en Toledo, en Cataluña... en todos los lados», recuerda con las impresionantes vistas del Palacio Real y Ópera a sus pies.

La explosión de alegría de la plaza era el mejor momento para mí, pero con la pandemia es normal que no nos juntemos

A ese brindis en familia ya renunció hace mucho tiempo. «Este año tampoco me toca tomar las uvas en casa, ¡ni con una pandemia!», bromea. Suele decir que no piensa en retirarse de la última noche del año. «Lo hago con todo el gusto. ¿Por cuánto tiempo? Pues no lo sé. Un año, dos diez… lo que aguante el cuerpo», asegura.

ÉL HACE BAJAR LA BOLA

De momento, sigue en activo también los 364 días restantes para que todo funcione a su hora, incluida la bajada de la bola. «Lo hará a menos 28 segundos, como el año pasado. Va a ser exactamente igual, salvo que hubiera otra indicación, que no creo», matiza. Es él quien la desliza manualmente para dar paso a los cuartos, y quien mejor explica el procedimiento para no empezar con las uvas antes de tiempo. «Cuando faltan 28 segundos para las doce, se deja caer la bola por su propio peso. Cuando han pasado 7 segundos se para, y cuando faltan 20, empiezan a sonar los cuartos. Son cuatro cuartos y cada cuarto son dos campanadas, por eso cuando dan los cuartos son ocho campanadas. A las 12 en punto, cuando estamos pendientes por las señales horarias, la sexta señal horaria, que es la hora exacta, da la primera campanada a las doce. Y después, las restantes cada tres segundos. Son once campanadas más, es decir, 33 segundos», detalla Jesús, que se ríe con las clásicas confusiones en la mesa: «¿Qué ocurre? Que como los cuartos son cuatro campanadas, hay muchas personas que cuando llevan cuatro o cinco se confunden y empiezan a comer las uvas, pero no tiene importancia, ¡ja, ja!».

¿Miedo escénico por si algo falla? Eso no entra en la cabeza del relojero, que durante todo el año revisa el reloj minuciosamente con sus compañeros. Los tres se encargan de subir las pesas, comprobar el funcionamiento, limpiar las pletinas y engrasar las transmisiones. Unos ajustes que realizan semanalmente, los mismos días a la misma hora, y que se intensifican el 30 y el 31 de diciembre. «Además, hay una cosa que está clara: si no se hicieran, el reloj se pararía», señala el experto, que define el reloj del siglo XIX como «una buena máquina» que conoce como la palma de su mano: «Lo desarmé en el taller, lo volví a montar, y llevo con él desde el 96. Es como mi casa». Con afinar el oído cuando pasa por Sol le basta para saber si todo funciona: «Lo conocemos perfectamente, desde arriba y desde abajo».

A pesar de su experiencia, es consciente de que este Fin de Año no será como ningún otro: «Estas campanadas van a ser completamente distintas al no haber personas en la plaza». Extrañará, y mucho, el júbilo tras la campanada número doce. «Sí, pero esta vez ocurre una cosa, hay unas circunstancias. Con la pandemia lo normal es que no nos juntemos y no nos contagiemos, que seamos prudentes, y a ver si así nos quitamos del medio el rollo este», dice Jesús, que le pide el mismo deseo que todos al 2021, «que la enfermedad esta pase».