La ira de los «rednecks» llega al Capitolio

Trump se nutre de fieles entre la clase baja blanca, víctima de la globalización

Simpatizantes de Trump en la escalinata del Capitolio, el pasado 6 de enero
Simpatizantes de Trump en la escalinata del Capitolio, el pasado 6 de enero

Elvis Presley, los ovnis y Trump. Estos son los héroes de los hillbillies, los rednecks y la white trash (basura blanca). Estos clanes, base del electorado de Donald Trump, han vuelto a convertirse en los chivos expiatorios de Estados Unidos. Les delata el hombre con cuernos de bisonte que lideró el asalto al Capitolio de Washington para boicotear la ratificación presidencial de Biden. Pero ¿cuál es el perfil sociológico de estos fieles seguidores y qué les motiva a desafiar a la cúpula política?

Muchos votantes provienen de la clase baja blanca, desempleados que viven en el sur rural o en los parques de autocaravanas. Son descritos como pendencieros, desdentados, paletos embrutecidos, amantes de las armas, maltratadores y perdedores. Manzanas podridas, diana de chistes malos y burlas de Hollywood, el estereotipo de todo lo que rechazan los progresistas. Toda América les culpó de votar a Trump en el 2016 al creerse sus fake news.

Desde hace 250 años, es el grupo social más vilipendiado de Estados Unidos. Son comparados con los chavs, los británicos pobres y horteras con escasa cultura que viven de los subsidios, el equivalente en España a las chonis. Están fascinados con Elvis Presley, un hillbilly que se redimió, y por los ovnis. Son los olvidados del sueño americano.

Sus protestas contra los políticos vienen de lejos. El fundador de Estados Unidos, el presidente George Washington, aplastó una rebelión de rednecks tras la Guerra de la Independencia, cuando fueron a la capital a protestar contra la subida de impuestos del whisky. Eran la escoria blanca y pobre, expresidiarios que Inglaterra enviaba a las colonias para deshacerse de ellos y hacer trabajos forzados en las plantaciones de las islas Barbados, de ahí su apodo de nucas rojas. Marginados, sin tierra, cayeron en el alcohol y se recluyeron en la frontera, en las colinas de los Apalaches. Al final, muchos aceptaron duros trabajos en las fábricas.

«Hombres blancos cabreados»

Muchos fieles de Trump son los perdedores de la globalización, despedidos al deslocalizarse sus industrias. Michael Kimmel los bautizó como «hombres blancos cabreados», anclados en una idea obsoleta de masculinidad, llenos de confusión, traición e ira. Están agraviados por la privación de unos beneficios que ellos creen poseer por el mero hecho de existir. Se sienten desahuciados por los otros, mujeres, inmigrantes u otras etnias.

Michael E. Sandel, en La tiranía del mérito, alerta del resentimiento contra los políticos, que estudiaron en universidades de postín, porque miran a los perdedores por encima del hombro. Sin títulos, no hay ascenso social. Ven a Hilary Clinton como una esbirra del «Estado profundo» y del «pantano de Washington» (que Trump se ofreció a dragar).

Jim Goad escribió Manifiesto Redneck para denunciar el tufo clasista que margina a los clanes hillbillies. Su padre, un honrado trabajador, fue despedido y degeneró por la bebida en un maltratador. A Goad le faltan siete dientes porque su familia no podía pagar un dentista. «Aquellos que se burlan de los desdentados, se están burlando de su extrema pobreza», reprocha.

La historiadora Nancy Isenberg cuenta en White Trash la historia oculta de la llamada basura blanca del rural. Destaca el motín de las mujeres rednecks contra los gobernantes sureños durante la Guerra Civil americana. Hartas de pasar hambre, asaltaron las tiendas de comida. Son gente independiente, de ahí su fervor por las armas, pero, a veces, caen en los engaños de los políticos.

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