En el asalto al Capitolio confluyeron los seguidores más radicales de Trump con los legisladores republicanos que llevan años avivando su ira
17 ene 2021 . Actualizado a las 17:38 h.El Ellipse era un mar profundo de desilusión. Miles de seguidores del presidente Donald Trump condujeron, viajaron en autobús o volaron desde todos los rincones de los Estados Unidos para reunirse ahí, en el espacio sin árboles que está al lado de la Casa Blanca, tratando de revocar los resultados de las elecciones del 2020 con la ayuda de los republicanos del Congreso. «¡Mientras yo viva y muera, nunca nos rendiremos hasta que tengamos unas elecciones justas!», gritó por un megáfono un niño pequeño con un gorro de arcoíris.
Pero la teorización febril de esa mañana sobre el fraude electoral y los cánticos de «¡Detengan el robo!», que al principio parecían más ridículos que atemorizadores, terminaron en violencia por la tarde. La muchedumbre irrumpió en el Capitolio, persiguió a la policía por las escaleras de mármol y forzó la evacuación del vicepresidente mientras cientos de legisladores y personal del Congreso se escondían bajo sus asientos y buscaban máscaras antigás. Un momento grave para la democracia estadounidense, así como esclarecedor: ese día fue una de las contadas ocasiones en las que los seguidores más extremistas de Trump se encontraron con los legisladores republicanos que han estado avivando su ira y alentando sus engaños durante años.
Los políticos que permitieron a Trump estar donde está nunca esperaron que los seguidores del presidente rompieran las ventanas de cristal del Capitolio y ascendieran hasta el estrado del Senado. No anticiparon que un hombre con una camiseta del campo de Auschwitz u otros, con banderas confederadas o vestidos de vikingos con pieles, entrarían en el edificio; que una mujer muriese tras recibir un disparo de la Policía del Capitolio. Trump, para ellos, ha sido un mero instrumento al que utilizar para retener el poder, designar jueces conservadores y aprobar recortes en los impuestos. Ese día, con el asalto al Capitolio, los republicanos se enfrentaron finalmente al monstruo que han creado.
Bolas de pimienta
Los insurgentes comenzaron su marcha al Capitolio incluso antes de que Trump terminase su discurso del mediodía en el Ellipse. Los miembros del Congreso habían comenzado a debatir la certificación de los electores de Arizona. «¡Avanzad, dejad que escuchen nuestra voz!», gritó un hombre desde el jardín oeste, animando a otras personas a pasar por las barricadas que otros miembros de la marcha habían aplastado antes. Tan pronto el espacio alrededor del Capitolio se llenó, la muchedumbre comenzó a trepar por el andamio instalado para la inminente toma de posesión de Joe Biden. La Policía del Capitolio disparó bolas de pimienta. Algunos seguidores de Trump, al darse cuenta de que la concentración se había convertido en algo mucho más siniestro, decidieron marcharse. («Solo estaba manifestándome de forma pacífica», escuché cómo un hombre le decía a su compañera mientras ambos abandonaban rápido la escena.) Pero muchos otros comenzaron a acercarse más, y comenzaron a sacar máscaras antigás de sus mochilas, como si estuvieran preparados para este momento.
«Les mostraremos lo que somos como estadounidenses»
Steve y Wendy Meek, quienes condujeron a la capital del país desde Ohio, observaban el caos a unos metros de distancia, cubriendo sus caras para evitar ahogarse con las nubes que se habían formado del gas de pimienta. «Nunca habrá otras elecciones justas en este país si Biden toma posesión», me dijo Steve, mientras la multitud que estaba alrededor de él gritaba: «¿La casa de quién? ¡Nuestra casa!». Él y Wendy podían ver perfectamente a los que estaban asaltando el Capitolio. «Sé lo que esa gente está sintiendo», dijo Steve. «Esos congresistas, se encierran detrás de esas puertas y no les importa lo que nosotros pensemos, siempre que consigan lo que ellos creen que el país necesita. Ya no se trata de la gente. Se trata solo de la gente que está en ese edificio».
Detrás de los Meeks, había tres hombres de mediana edad que compartían una botella de agua entre ellos, vertiéndola directamente sobre sus ojos. Unos minutos antes, después de que atravesaran las puertas y subieran hasta las escaleras del Capitolio, un policía les roció dos veces con gas lacrimógeno. «Estamos tratando de ocuparnos del Capitolio para mostrarles lo que somos como estadounidenses», dijo un hombre llamado Tom. «Trataremos de ocupar el Capitolio con un millón de personas o tantos como entren aquí».
La Cámara y el Senado pausaron la sesión cuando la muchedumbre tomó el edificio. El vicepresidente Mike Pence, quien presidía la Cámara, tuvo que ser llevado a un lugar seguro. A primera hora de la tarde, el Capitolio estaba cerrado. Los insurgentes se habían tomado fotos de sí mismos posando en la oficial del presidente de la Cámara. Una mujer a la que dispararon dentro del edificio murió. La alcaldesa de Washington declaró el toque de queda a las 18 horas, y la Guardia Nacional comenzó a despejar el lugar. El presidente había alentado esta revuelta en su discurso unas horas antes, y en un vídeo publicado esa noche en su cuenta de Twitter, Trump parecía justificar el asalto. Un hombre, cerca de las escaleras, instó a la gente a volver a reunirse. «Voy a buscar mis armas y voy a volver», dijo.
© 2021 The Atlantic Monthly Group. Distribuido por Tribune Content. Traducción Sara Pérez