Marta Peirano: «Google y Facebook imponen una manera de ver el mundo»

La periodista y escritora analiza en su ensayo «El enemigo conoce al sistema» como las plataformas digitales espían a los usuarios e influyen en la sociedad


Redacción / La Voz

Marta Peirano (Madrid, 1975) es escritora y periodista y publicó en 2019 el ensayo El enemigo conoce el sistema, en el que intenta arrojar luz sobre el poder de las grandes empresas de Internet y cómo trafican con los datos de los usuarios. En su obra, recientemente traducida al gallego por Kalandraka, repasa la adicción que las aplicaciones generan de los usuarios sobre todo al móvil o cómo influyen en la sociedad poderosas empresas como Google y Facebook

-¿Cómo influyen las redes sociales día a día en la sociedad?

-El libro El enemigo conoce el sistema en realidad es una historia de Internet, que lo quiere explicar es cómo hemos acabado en el ecosistema mediático que tenemos ahora. Como algo que nació siendo un proyecto militar de espionaje se convirtió en un proyecto público, de instituciones públicas, libre para todos, y después ha acabado en lo que es ahora. Internet ha tenido varias vidas, y esta última reencarnación está dominada por un número muy pequeño de empresas, que llamamos plataformas digitales, de las cuales las dos más importantes son Google y Facebook, pero que también incluyen Amazon, Netflix,... ¿Cómo influyen? Son empresas cuya única fuente de ingresos es la publicidad y cuyo objetivo es capitalizar el tiempo que pasan los usuarios utilizando sus servicios. Aunque esas plataformas se manifiesten como sistema para conectarse con otras personas, como Facebook, o hasta una plataforma para prácticamente anunciar tu vida como Instagram o un sistema de mensajería... Todas tienen el mismo objetivo: tratar de capturar tu atención para que tú pases la mayor cantidad de tiempo utilizándolas y generes el máximo posible de información para la empresa. Esto tiene muchas consecuencias en nuestra vida diaria. La primera es que nos pasamos todo el día mirando el teléfono.

«Nos pasamos todo el día mirando el teléfono»

Para conseguir optimizar el tiempo de interacción del usuario estas empresas han ido a buscar a las personas más inteligentes y más capaces del planeta (diseñadores, programadores, antropólogos, psicólogos, abogados,...), para ponerlos a hacer aplicaciones adictivas, porque optimiza el tiempo de exposición del usuario. La primera consecuencia que vemos es que hemos dejado de interactuar con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestra vida real, porque somos adictos a esas aplicaciones tanto en el teléfono como en el ordenador, pero sobretodo en el teléfono. 

La segunda consecuencia es que el negocio que ellos hacen es con nuestros datos  y optimizando la cantidad de datos que recogen sobre nosotros: lo que hacen es espiarnos. Ahora mismo estas empresas tienen una clase de información que hace diez años nos habría parecido completamente escandalosa en manos de cualquier institución. Son como el sueño húmedo de cualquier dictador, porque antes tendría que tener prácticamente un agente siguiendo a cada ciudadano todos los días para poder llegar a estar casi medio a la altura de la información que recogen estos dispositivos. Que encima, no es que nos metan en el bolsillo, si no que vamos nosotros a comprarlos con nuestro dinero y nos ocupamos de tenerlos encendidos día y noche y llevarlos encendidos a todas partes.

Y la última gran consecuencia es que el efecto de las dos primeras, de la adicción a las aplicaciones, que nosotros leemos como al contenido, eres adicto no a Twitter sino a la política y la actualidad, no a Instagram sino a las fotos de tu familia, no a Facebook sino a las relaciones sociales, todos nos buscamos una excusa que tiene que ver con el contenido, pero somos adictos a la máquina realmente. «Somos hiperactivos en la interacción pero hipoactivos en la producción, es decir que cada vez producimos menos porque cada vez pasamos más tiempo enredados en estos servicios»Entonces desde el estado de insatisfacción general que producen estas aplicaciones, que verdaderamente tienen el mismo efecto en nuestro cerebro que las drogas que consideramos peligrosas. De hecho uno de los laboratorios que las diseñó desde el principio se llama Dopamine Labs. Y la otra consecuencia es que somos hiperactivos en la interacción pero hipoactivos en la producción, es decir que cada vez producimos menos porque cada vez pasamos más tiempo enredados en estos servicios. Y hemos introducido esas infraestructuras que nos espían y que son plataformas publicitarias en procesos donde antes no tenían cabida, como por ejemplo las elecciones, la campaña electoral o desde que estalló la pandemia las escuelas. Ahora mismo todos los niños de España y de gran parte del mundo están utilizando Google Escuelas para poder estar escolarizados. Teniendo en cuenta que son plataformas que están diseñadas para generar adicción, para espiarte y para manipularte, pues parece que estamos desarrollando una dependencia completamente tóxica. 

-¿El usuario de a pie es consciente de lo que saben todas estas empresas de su vida?

-Cuando decimos que estas empresas se alimentan de nuestros datos, la gente sabe que todos los datos que deja voluntariamente, las fotos que sube, los mensajes, toda esa información que pone deliberada y voluntariamente se la queda la empresa. Lo que no sabe tan bien es que la empresa tiene muchas más fuentes de información acerca de ellos. Cuanto tú tienes una aplicación en tu móvil, te ha pedido permiso para saber dónde estás, quiénes son tus contactos, para usar tu cámara y tu micrófono, para recibir información de los catorce sensores que tienes en el teléfono,... Y la combinación de toda esa información resulta supergolosa. Sabe que estás mandándole un mensaje a tus padres desde una clínica de abortos, o a tu marido desde la casa un compañero de piso a las tres de la mañana, o que le estás mandando un mensaje a tu madre desde una fiesta de madrugada y tienes trece años. Toda esa información que tú no le estás dando al sistema en realidad es mucho más valiosa de la que le das voluntariamente, saben dónde estás, con quién estás, a qué hora estás, en qué contexto, con quién te comunicas, cuántas veces... Todos esos patrones de comportamiento que va recogiendo la máquina a ti se te van olvidando también.

«Saben dónde estás, con quién estás, a qué hora estás, en qué contexto, con quién te comunicas, cuántas veces»

Llega un momento en el que ese sistema está creando una simulación de tu persona para poder predecir lo que vas a hacer, no solo tú individualmente para venderte cosas, sino también gente como tú, de tu perfil. La gente no se da cuenta de eso, y sobretodo no se da cuenta de las consecuencias que tiene. Porque dicen, bueno pues a mí me da igual que sepa Facebook que estoy embarazada o que engaño a mi novio, pero toda esa información, no solamente de lo que haces, también de tus enfermedades, de tus antecedentes familiares, de la clase persona que eres y las cosas que haces, ¿quién la compra?. La compran las marcas, pero también las grandes empresas de recursos humanos, las empresas que te contratan. En un mundo en el que hay mucha más gente que ofertas de trabajo, y sabemos que va a ser así cada vez más, hay muchos más enfermos que hospitales, que hay mucha más gente compitiendo cada vez menos recursos, esa información a ti te va limitando el futuro. 

-¿Y hacia dónde se dirige una sociedad así?

-Hay que pensar siempre en a quién beneficia esta clase de información. En principio beneficia a estas plataformas tecnológicas porque en diez años se han convertido en las empresas más valiosas, poderosas y ricas del mundo. ¡En diez años! No se me ocurre ninguna otra industria que haya crecido tanto tan deprisa. También beneficia a las marcas con las que trabaja porque les ofrece un acceso personalizado a cientos de millones de personas que antes no tenían, es el sueño húmedo no solo de los gobiernos autoritarios, también de los democráticos. Cuando tú gobiernas vigilando, deja de ser democrático, pero es un dato que a veces olvidamos, que cuando el Gobierno encuentra la forma fácil de gobernar, encargar una aplicación para vigilar a todos los ciudadanos para ver si cumplen las directrices de la pandemia en lugar de comprar test para todos o contratar más rastreadores del covid... Y luego gobernar con datos suena muy bien, pero es un problema porque son datos que recogen plataformas publicitarias, es decir que en la herramienta misma de recoger datos, se define qué datos son valiosos para vendernos cosas y para manipularnos, no son valiosos para hacer que nuestra vida sea mejor, no son valiosos para que estemos más seguros. No son valiosos para los criterios que debería seguir una administración, están utilizando datos que están intoxicados por el objetivo de las empresas que es buscar nuestras vulnerabilidades y convencernos de cosas.

Y por último no nos damos cuenta de que por último estas plataformas imponen sobre nosotros una manera de ver el mundo y que está contaminada por las empresas que les pagan para que sus algoritmos favorezcan unos algoritmos sobre otros. «Estas plataformas que seleccionan la información que tú ves favorecen los contenidos más enervantes, más polémicos, porque son los que generan más interacción»Ahora mismo vivimos un momento extremamente polarizado en el que es prácticamente imposible ir a la cena de Navidad sin dejar de hablarse con la mitad de la familia porque todos los temas son polémicos y todo el mundo se enfada mucho. Y esto tiene que ver con dos cosas. Una obvia que es que los algoritmos de estas plataformas que seleccionan la información que tú ves favorecen los contenidos más enervantes, más polémicos, porque son los que generan más interacción, más datos. Los contenidos que generan grandes respuestas emocionales especialmente negativas. Y por el otro lado estamos teniendo una visión del mundo que está diseñada específicamente para cada uno de nosotros, no es como cuando tú veías las noticias y eran las mismas noticias que veían tu madre en su casa y tu primo en la suya. Ahora tú estás viendo un canal y ellos otros dos distintos y todos pensáis que estáis viendo el mismo programa. Y esto hace que sea muy difícil debatir, porque tú piensas que todos manejan los mismos datos que tú y el debate queda muy disminuido cuando no compartes las premisas. Y lo último es la censura, todo esto constituye una especie de censura que ya no se manifiesta como cuando te llegaba una carta a casa con un sello del Gobierno que te decía tenías que quemar todos tus libros, sino que es una censura que se manifiesta como una idea en tu cabeza. 

-¿Prosperarán las demandas de varios países contra Google, Amazon y Facebook?

-Tengo la sensación de que esta explosión de demandas tiene mucho que ver con el enfado de Donald Trump en su intento de darle la vuelta a las elecciones, ahora las plataformas no le ayudaron, cuando en el 2016 claramente fueron cruciales para su llegada a la Casa Blanca. Pienso que el nuevo Gobierno de Joe Biden estará menos predispuesto a atacar a las grandes plataformas por dos motivos. Uno porque Biden es del equipo de Obama y nunca nadie en la historia de Estados Unidos ha favorecido más a las plataformas digitales que esa administración. Y además su vicepresidenta, que es Kamala Harris, era senadora por California y en todas sus campañas ha recibido grandes apoyos. Es poco probable sean tan duros como el de Trump. Y estos son demandas que evidentemente hasta dentro de unos meses no empezarán a correr pulso y no vayan a tener resolución en bastante tiempo. No pienso que vaya a ser tan grave. Pero también están afrontando demandas en Europa. Partir esas plataformas verdaderamente da lo mismo, lo que hay que exigir en Europa es que exista la suficiente transparencia para que sus actividades sean monitorizadas porque ahora lo que sabemos, aunque la UE no acabe de encontrar las fórmulas, es que actúan de forma ilegal con frecuencia, extraen y comparten datos ilegalmente, que las campañas políticas que funcionan a través de Facebook hacen cosas ilegales... Ahora mismo están funcionando un poco como paraísos fiscales, diseñadas para proteger operaciones ilegítimas en su oscuridad interior. Establecer unos parámetros de transparencia es lo primero que hay que hacer, tanto si las partan como si no, antes estaban partidas y hacían lo mismo. Que las dividan es algo que obsesiona mucho a EE. UU. porque estamos hablando de problemas mucho más graves que no solamente son ya monopolios, sino que cometen ilegalidades en sus operaciones. 

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