Los socialistas admiten que la tensión con sus socios de Podemos es ya «insoportable»

«Esto se nos está yendo de las manos», se lamentan los dirigentes del PSOE, aunque asumen que la ruptura con Pablo Iglesias sería un suicidio

Carmen Calvo y Pablo Iglesias, en el Congreso en una imagen de archivo
Carmen Calvo y Pablo Iglesias, en el Congreso en una imagen de archivo

Madrid / Colpisa

Pedro Sánchez estaba en lo cierto. Todas las razones por las que tras las elecciones de abril del 2019 rechazó sellar un acuerdo para un Gobierno de coalición con Unidas Podemos le han estallado en la cara apenas un año después de haberse rendido a la evidencia de que Pablo Iglesias era su única baza para permanecer en la Moncloa. El problema, según admiten resignados los socialistas, es que esa dependencia sigue existiendo, él lo sabe y está dispuesto a explotarla en su propio beneficio.

El líder de Podemos nunca ha ocultado su estrategia. El pasado 19 de diciembre, cuando, tras un año de cesiones, en el PSOE se oía aquello de que aprobados los Presupuestos había llegado el momento de reequilibrar fuerzas, Iglesias se reafirmó ante el Consejo Ciudadano Estatal de su partido en la utilidad de trasladar a la opinión pública las discrepancias con sus socios para evitar que sucumbiera a los «poderes de siempre». Pero tras las escenificación del conflicto hay más que eso; un intento de minimizar ante su electorado el coste de estar en el Gobierno y no poder cumplir su programa.

No se puede decir, pues, que los socialistas no supieran que Podemos se revolvería ante su decisión de poner pie en pared para impedir que les marcaran los ritmos en asuntos como la subida del salario mínimo, la ley de la vivienda o, la madre de todas las batallas, las leyes de igualdad. Pero no esperaban una reacción tan virulenta. «Esto se nos está yendo de las manos», se lamentan en la dirección del partido. El hecho de que Podemos tratara de impedir este martes la tramitación de la ley de igualdad de trato socialista y buscara el voto en contra de los aliados habituales del Ejecutivo, en represalia por el bloqueo y las críticas del PSOE al borrador de la «ley trans» de Irene Montero, marca un hito en la historia de la coalición. Pero no es el único encontronazo del 2021, ni mucho menos. Solo en la última semana hay que añadir la pelea por el deseo de los de Iglesias de intervenir el mercado del alquiler y el malestar del PSOE por la negativa de su socio a condenar los altercados violentos en las protestas por la prisión del rapero Pablo Hasel.

«Este grado de enfrentamiento era previsible dentro de un año o un año y medio, pero no tan pronto», señalan en la dirección del PSOE. Más adelante, cuando se aproxime el fin de la legislatura nadie descarta un divorcio del que ambas partes pudieran sacar réditos. Pero todas las fuentes del Gobierno y del partido consultadas insisten en que ir a elecciones ahora sería casi suicida.

Complejidad aritmética

Las encuestas que manejan los socialistas indican que su capacidad para mejorar los resultados en unos comicios convocados en la actual coyuntura son limitadas y que, en el mejor de los casos, podrían aspirar a sumar uno o dos diputados más. «No solucionaríamos nada. Nos encontraríamos con una aritmética tan complicada como la actual, con el agravante de que quizá le estaríamos regalando a Vox algún escaño y anticipando la desaparición de Ciudadanos», admiten.

Romper y tratar de seguir gobernando tampoco es una opción. No porque, como presume Podemos, su presencia en el Gobierno sea la que permite aglutinar el voto de fuerzas como ERC y Bildu. En el PSOE conceden que Iglesias tiene cierta capacidad de hacer de «pegamento», pero la cuestión es más simple: «Necesitamos sus 35 escaños, no hay más; y si dentro nos hacen la vida imposible qué sería fuera».

El clima de resignación ante un grado de tensión que a algunos ministros se les hace ya «insoportable» es absoluto. Hasta hace poco, buena parte de los socialistas habían optado por minimizar las discrepancias o incluso las indiscreciones sobre las deliberaciones del Gobierno. Asumían que, de alguna manera eran parte del juego. Incluso la ministra portavoz, María Jesús Montero, y el secretario de organización del PSOE, José Luis Abalos quitaron hierro al cuestionamiento de la democracia y la insinuación de que en España hay presos políticos que el vicepresidente hizo hace unos días. Cosas de la campaña, dijeron.

Hasta cierto punto, hay quien entiende que la estrategia de Iglesias también podría traer algún beneficio y que ayuda a los socialistas a proyectar una imagen de institucionalidad y pragmatismo. Pero no todos en el partido están de acuerdo. En todo caso, ahora ya no se ponen paños calientes. La vicepresidenta Carmen Calvo llegó a cuestionar este jueves que Podemos sepa siquiera «para qué se está en política». Pero nadie tiene claro cómo dar la vuelta a la tortilla. Algunos esperan que en los próximos días se produzca una reunión entre Sánchez e Iglesias para tratar de reconducir la situación, pero en el entorno más próximo al presidente se muestran escépticos con que pudiera servir de algo.

Adiós a los «maitines»

Las reuniones de coordinación semanales entre los dos partidos presididas por Iglesias, los maitines, no se celebran desde hace varias semanas. «¿Para qué?», dice uno de sus participantes. Antes de las catalanas, se convocó una reunión de la comisión de seguimiento del acuerdo de coalición en la que los socialistas trasladaron su enfado: «O sois gobierno o sois oposición», llegaron a decir. Salieron de la cita convencidos de haber «engrasado» la relación. Ahora, cuando se pregunta a otro colaborador de Sánchez qué hace falta para romper la dinámica perversa en la que se han instalado, responde con una mezcla de ironía e impotencia: «¿Un milagro?». En la dirección del grupo parlamentario, sin embargo, advierten de que están dispuestos a ir a la guerra. «Han abierto una puerta de deslealtades, pues nos vamos a empezar a comportar como ellos. Vamos a empezar a dejar claro que al PSOE no se le arrastra», avisan.

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