El PP y los fantasmas del pasado


Pedro Sánchez y Pablo Casado padecen de insomnio. Sus socios les quitan el sueño, como ya preveía en su día el líder socialista. Los desplantes de Podemos tensan la cuerda de la coalición al límite de lo razonable. La pujanza de Vox consolida la división de la derecha y bloquea su acceso al poder. El diagnóstico de ambos casos es, sin embargo, distinto. El BOE une mucho a quien lo tiene en sus manos. Y el poder desgasta mucho a quien no lo tiene. Existe también entre ambos insomnios una correlación desfavorable a Casado: los enfrentamientos en el Gobierno están abonados, al menos en parte, por la falta de una alternativa. Si esta fraguase, hasta constituir una seria amenaza para la coalición, cabe pensar que PSOE y Unidas Podemos cerrarían filas. Se medirían algo más a la hora de airear sus diferencias y de pelearse en público.

Existe además un factor añadido que le impide a Casado conciliar el sueño: los fantasmas del pasado. El poltergeist de la corrupción que tumbó a Rajoy, aunque las cacofonías más sonoras proceden de los tiempos de Aznar. Reconozcamos que no es tarea fácil ahuyentar los espíritus familiares y al mismo tiempo explotar su legado. Puedes alardear del «milagro económico» de Aznar, pero te expones a que una ministra cualquiera te recuerde que el milagro se llama Rodrigo Rato y está en la cárcel. Pasa como con el rey emérito: la gente, quizá injustamente, no discierne entre el monarca del 23-F y el golfo que anda a regularizar su situación fiscal. La vía inmobiliaria tampoco conduce a nada, porque abandonas la casa embrujada de Génova 13 y los fantasmas reaparecen en los juzgados para recordarte que son tus fantasmas. O, dicho en fino por Aznar, «se construye sobre lo que hay»: en la parcela heredada.

Superar esa pesadilla es tarea hercúlea para el líder más pintado. Pero misión imposible para Pablo Casado, político más volátil que piuma al vento, que alterna sucesivamente manotazos y carantoñas para espantar a los fantasmas. Un día anuncia que rompe con el pasado y al siguiente se lamenta en el regazo de Aznar, quien se limita a recomendarle que dé la batalla de las ideas. Ni una palabra de consuelo o de ánimo, ni una nana que le ayude a conciliar el sueño, ni un mínimo agradecimiento por la espuerta de halagos que le ofrendó al espectro. Ni siquiera un gesto de asentimiento cuando el servil heredero dijo que «pinchan en hueso aquellos que intentan dividir a la nueva generación del PP de sus predecesores».

Lo más patético fueron los lamentos, que no análisis, de Casado. El paraíso perdido del bipartidismo a lo Cánovas. La constatación de que el Partido Popular «ya no es popular», pérdida achacable a la crispación social que ha hecho que «un partido serio y responsable no esté de moda». Curiosa exculpación de los fantasmas del pasado.

El reencuentro del nuevo y el viejo PP dejó claras, a mi juicio, dos cosas. Pablo Casado no solo se halla a años luz de erigirse en alternativa: todavía no es un líder, sino un chisgarabís. Y duerme aún peor que Pedro Sánchez.

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