Ayuso, la trumpista de Chamberí que usó la pandemia para jugar a líder de la oposición

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Isabel Díaz Ayuso, en un acto en Madrid.
Isabel Díaz Ayuso, en un acto en Madrid. O. Barroso | Europa Press

Heredera de la derecha dura y sin complejos que encarnan Aznar y Aguirre, la presidenta ha desatado desde la presidencia autonómica un enfrentamiento total con el Gobierno central, al que acusa de «madrileñofobia»

11 mar 2021 . Actualizado a las 17:13 h.

Hace algo más de un siglo, el columnista gallego Julio Camba escribió que, si le daban un millón de pesetas y quince años, era capaz de inventarse una nueva nación en Getafe. No podía saber entonces el fino articulista de Arousa que aquella sutil ironía era en realidad una profecía y que, justo cien años después, germinaría en Madrid un nacionalismo castizo, desafiante e insolente, en guerra perpetua contra el Gobierno de España.

La cabecilla de esa revuelta y fundadora del nacionalismo madrileño rampante es Isabel Natividad Díaz Ayuso (Madrid, 1978), presidenta de la Comunidad y heredera del PP duro y sin complejos que encarnan José María Aznar y Esperanza Aguirre. Sus orígenes ideológicos se sitúan incluso algo más a la derecha, según confesión del periodista Eduardo García Serrano, que la trató durante su etapa de tertuliana en Radio Intercontinental y la definió como una «falangista furibunda».

Lo cierto es que en el pacto a tres bandas del PP con Vox y Ciudadanos para gobernar en Madrid, a Ayuso siempre se la ha visto más incómoda con los de Arrimadas que con los de Abascal, a pesar de que, al igual que su idolatrada Aguirre, se autoproclama liberal. Si el PP se debate a menudo entre la agresividad ideológica de Aznar y la indolencia de Rajoy, Ayuso sin duda es partidaria de jugar siempre al ataque y llevar las reglas al límite.

Todo empieza con Rodríguez

Licenciada en Periodismo por la Complutense —dedicó su trabajo de fin de carrera a la política de comunicación de Miguel Ángel Rodríguez en el primer Gobierno de Aznar—, ejerció un par de años la profesión (incluida una estancia, como madridista confesa, en Radio Marca) antes de emprender el viaje sin retorno de la redacción a la política. Becaria de FAES, se afilió en el 2005 al PP, cuando Pablo Casado, su gran valedor, hacía ya sus pinitos como presidente de Nuevas Generaciones.

Aunque ha imitado la estrategia del desparpajo derechista de Esperanza Aguirre y se la considera su discípula, no está tan claro que Ayuso sea santa de la devoción de la expresidenta. Fue Aguirre quien desveló que Ayuso estaba detrás de la cuenta de Twitter de su difunto perro Pecas, convirtiendo así en burda caricatura su labor como responsable de las redes sociales del PP madrileño. Pecas se fue al otro mundo —murió atropellado—, pero a Díaz Ayuso le quedó clavado en la espalda el sambenito de haber sido la community manager de la mascota de Aguirre.

Desde el 2011 es diputada en la Asamblea de Madrid, donde llegó a ejercer como portavoz adjunta del Partido Popular, pero sin pasar nunca de ese segundo peldaño en el que también la recluyó Cristina Cifuentes en el 2017, cuando la nombró viceconsejera de Presidencia y Justicia en el departamento dirigido por Ángel Garrido. Solo duró ocho meses en el cargo.

Con esos ocho meses como toda experiencia de gestión, Pablo Casado la catapultó en el 2019 como candidata a la Comunidad de Madrid. Su segunda plaza en las urnas, por detrás del socialista Ángel Gabilondo, bastó para auparla a la presidencia con el apoyo de Ciudadanos, a los que incorporó a su gobierno de coalición, y de Vox desde los escaños de la Asamblea.

Rescató al controvertido Miguel Ángel Rodríguez (MAR) como jefe de gabinete para formar un tándem demoledor. Adorada por los medios situados más a la derecha del espectro ideológico, no rehúye el cuerpo a cuerpo en la Asamblea, se crece en la bronca y repite consignas de consumo rápido fabricadas en la factoría MAR. «O socialismo o libertad», se despachó este miércoles para alertar del apocalipsis rojo que se avecina si pierde la presidencia. Cierre masivo de empresas, subidas de impuestos y adoctrinamiento de los niños en las escuelas, auguró sin pestañear.

Ante los titubeos de un Casado que todavía busca su lugar en escena y que trata de desmarcarse como puede de Vox, ha aprovechado la gestión de la pandemia para desatar un enfrentamiento total con el Gobierno central y jugar desde la sombra a líder de la oposición. Su afán de protagonismo la ha llevado incluso a chocar con Feijoo, que tras el carrusel de mociones de censura es ahora el único barón popular con los galones intactos.

El asedio de la Moncloa

Cultiva un trumpismo pasado por Chamberí y Malasaña, y presume sin rubor de mantener la hostelería y los comercios a pleno en rendimiento en medio de una pandemia devastadora —ella misma se contagió en la primera ola del coronavirus—, de alimentar a los alumnos con pizzas, o de mantener en la capital un «paraíso de las libertades» frente al asedio de las restricciones «socialcomunistas» que urden Sánchez e Iglesias, a quienes acusa de «madrileñofobia».

Algunos la dibujan ya como la Juana de Arco de la derecha española. Falta por ver si, como la joven de Orleans, acaba achicharrada en la hoguera, o sube directamente a los altares.