¿Qué supuso el 15M en la vida política y social española? ¿Cuál ha sido su legado? ¿Se han materializado sus demandas? ¿Hay algún partido que se pueda considerar su heredero? Cuatro expertos en diferentes campos, una politóloga, un historiador, una especialista en arte y activismo, y un profesor de periodismo dan sus respuestas a estas preguntas al cumplirse el décimo aniversario de la movilización social más importante del siglo.

¿Qué supuso?

Punto de inflexión, aldabonazo a las élites. Para Carlos Barrera, profesor de Medios de Comunicación y Política en la España Reciente en la Universidad de Navarra, supuso «un aldabonazo a la conciencia dormida de las élites políticas, económicas y sociales ante la magnitud de una recesión de la que, de algún modo, fueron copartícipes». Recuerda que «parecía que en España, a diferencia de otros países de nuestro entorno, nada o nadie se movía hasta que llegó este movimiento». «Se abrió una importante brecha de desconfianza y recelo ante el establishment, sobre todo en cuanto a la relación entre representantes y representados en la vida pública, que alcanzó a otros poderes fácticos como los empresariales e incluso los medios de comunicación», asegura. «Y todavía, aunque algo mitigada y con variantes, esa desconfianza subsiste como telón de fondo», concluye.

«Supuso un grito de indignación ante una crisis múltiple, que al principio fue financiera, transmutó a lo económico y a lo social y finalmente a lo político, en un momento en el que la ciudadanía tenía la percepción de que el sistema no estaba actuando para protegerla, sino en beneficio de los poderosos», señala Cristina Monge, socióloga y politóloga, coordinadora del libro Tras la indignación. El 15M: Miradas desde el presente (Gedisa) y autora de 15M: un movimiento político para democratizar la sociedad (Universidad de Zaragoza).

Julia Ramírez-Blanco, autora de 15M. El tiempo de las plazas (Alianza), afirma que fue «un punto de inflexión en el cual un grupo de personas explicitó su desacuerdo con la visión del mundo y la sociedad imperante y, en concreto, con el relato de la crisis económica y cómo había que abordarla». Sorpresivamente, añade, «los que participaron en las acampadas se vieron secundados por una gran parte de la sociedad y hubo un momento en el que más de un 80 % de la población apoyaba sus demandas».

Dimensión histórica

La gran protesta global del siglo XXI. El historiador Eduardo González Calleja, especialista en movimientos sociales, considera «prematuro fijar la dimensión histórica del 15M porque sus consecuencias aún se siguen viviendo», pero la definiría como «la gran protesta y movilización global del siglo XXI contra la solución neoliberal de la crisis económica del 2008, como fue en su momento mayo del 68». El 15M, explica, se engloba en un «ciclo de protesta» mundial que comenzó con las movilizaciones en Grecia, siguió con la primavera árabe contra las dictaduras y se extendió luego por Europa y Estados Unidos, con «diferentes variantes y mensajes». Y ahora continúa, por ejemplo, con los chalecos amarillos en Francia o el movimiento de las sardinas en Italia. Resalta dos aspectos de estos movimientos: «tomar las plazas, Sintagma de Atenas, Tahrir en el Cairo, Cataluña en Barcelona o la Puerta del Sol en Madrid, como símbolo en la lucha por una democracia participativa y representativa» y la «movilización digital en el espacio cibernético» a través de las redes.

«En cierto modo, el 15M fue nuestro mayo del 68, porque fue también un momento en que parecía que muchas cosas eran posibles y se podían refundar ciertas bases de la sociedad, lo que implicaría no solo un cambio en quién manda, sino en cómo se vive», asegura Ramírez-Blanco.

El legado

Desafección. Para Monge, las lecciones de 15M son que «cuando la política no es útil la gente se indigna y se manifiesta, y, por otro lado, la capacidad de la acción colectiva, por ejemplo para cambiar el sistema de partidos que había sido estable durante cuarenta años». «Formalmente hablando, han quedado las siglas; un movimiento tan heterogéneo y anárquico en sus modos de funcionar no puede permanecer tal cual en el tiempo y busca canales o desaguaderos a través de los cuales hacerse oír», sostiene Barrera. «Sí ha quedado un fondo de desconfianza, resquemor y desafección hacia los poderosos, hacia las instituciones en general, que ahora con la pandemia, por ejemplo, se ha reactivado de alguna forma», explica. «El legado que deja, para quienes se dedican a la cosa pública en general, es que la cultura de la escucha del otro, de los otros, o al menos la actitud de querer escuchar, es imprescindible para ganarse una mínima confianza», concluye.

González Calleja considera que «ha dejado el legado de cuestiones sin resolver, como el cambio de la ley electoral, el derecho a vivienda o la cuestión de las hipotecas, que siguen estando en la agenda política». «Algunas de sus propuestas no se van a poder plasmar en un futuro inmediato», añade. Monge afirma que «siguen existiendo los problemas, la desafección no se expresa en forma de indignación, sino de falta de confianza en la política y la sensación en la ciudadanía de que la política no es útil, aunque, cuando nos llaman, vamos a votar». Y da datos: el 90 % de los españoles no confían en los partidos políticos y el 74 % en el Gobierno, según el Eurobarómetro.

Los expertos ven difícil otro 15M a pesar de la crisis

Según Ramírez-Blanco, el 15M fue «muchas cosas a la vez y lo que más demandaba era una participación mayor en las decisiones que nos afectan a todos, y eso no se ha producido». Entre los éxitos del 15M, destaca «una mayor politización, una ampliación del discurso, como el derecho a la vivienda o el relato de la crisis económica, cuya responsabilidad no está en la ciudadanía, sino en las entidades financieras y bancarias».

¿Sería posible un nuevo 15M en plena crisis económica producida por la pandemia, que está afectado sobremanera a los jóvenes? «No veo posible otro 15M ahora porque cada movimiento es hijo de su tiempo y el 2021 no es el 2011, puede salir otra cosa adelante, no lo niego, pero sería distinta: la historia no se repite porque las condiciones de tiempo y espacio son distintas», afirma Barrera. González Calleja también lo ve «muy complicado» y apunta que «las manifestaciones que se están viendo estos días son de carácter individualista, insolidario y de poco contenido político, falta ese sentido de corresponsabilidad y solidaridad del 15M». Por eso, cree que «vamos a salir de la pandemia peor y más insolidarios».

Ramírez-Blanco señala que «en los procesos de protesta social hay un punto casi impredecible y de repente puede surgir un movimiento social muy fuerte». En el caso del 15M, «hubo un elemento, que a veces no se tiene tan en cuenta, de alegría y de esperanza, y eso es más movilizador que otras cosas y dio energías para seguir movilizándose en los años más duros de la crisis económica», explica. En su opinión, lemas como «No nos representan» o «Lo llaman democracia y no lo es» siguen vigentes, «pero no sé si existe esa voluntad de participación masiva que había en el 2011, aunque las mareas contra los recortes, sobre todo la blanca, parecen más válidos que nunca».

El ciclo de los nuevos partidos se ha cerrado con el declive de Podemos y Cs

¿Algún partido recogió la antorcha del 15M? Para González Calleja, ninguno puede considerarse heredero del 15M de forma directa, pero sí de «la efervescencia, la protesta y la indignación del 2011; gran parte de las reclamaciones de la acampada formaron parte del programa electoral de Podemos y siguen siendo los puntos del debate de la política española». Ramírez-Blanco sostiene que «Podemos fue una iniciativa que prosperó gracias a que existió el 15M, pero no fue tanto una consecuencia del mismo, y a su vez este proceso propició una renovación generacional de la clase política española, incluso Pablo Casado se puede decir que es producto de esa gran impugnación».

Monge destaca que Podemos «apareció en el 2014 de forma sorpresiva y recogió el momento de indignación del 15M». Incluso «la emergencia de Ciudadanos como fuerza potente tiene que ver, no tanto en sus dirigentes como en su electorado, con un enfado en al ámbito conservador ante la percepción de que su referente, el PP, no estaba siendo útil y estaba rodeado de corrupción».

Nadie los representa

La politóloga asegura que ahora «nadie representa a los indignados», aunque añade que estos «no se hubieran dejado representar por nadie y de hecho los partidos que han surgido recogiendo su herencia han sido muy cuidadosos en evitarlo, porque fue un movimiento muy transversal, muy plural, muy diverso, incluso dentro de cada plaza».

Sobre el declive de Podemos y Ciudadanos, opina que «ese ciclo de los nuevos partidos, que nacieron como un grito de renovación política, ha terminado», porque «no han sido capaces de poner en marcha cosas fundamentales que plantearon en su momento». Ramírez-Blanco coincide:

«El ciclo de los nuevos partidos políticos parece cerrado, aunque estamos en un momento en el que todo es bastante impredecible». «Se afirma que Podemos representó ese espíritu de los indignados, pero sería más correcto afirmar que lo supo aprovechar parcialmente, e incluso con éxito, hasta que sus dirigentes entraron a jugar en la vida política con los modos y vicios, que parecían denostar, de la llamada vieja política», opina Barrera. «Ahí acabó su credibilidad como supuestos herederos del 15M», concluye.

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15M: Legado de desconfianza en el poder