Daniel Aquilino Fernández, Danny, no iba casi nunca al médico y mucho menos al hospital, pero el día de Reyes se presentó en Urgencias preocupado. «Tenía un dolor de espalda y las piernas adormecidas, me hicieron una placa de tórax y me mandaron para casa», cuenta este ferrolano de 37 años. Doce días más tarde Danny regresó al mismo servicio, pero ya apoyado en unas muletas: «Me dieron un calmante y me dejaron dormido en un pasillo, solo unos días más tarde ya regresé en silla de ruedas y dentro de una ambulancia, pero nadie me hizo una resonancia, al contrario le expliqué a una médica que no sentía las extremidades y me replicó que qué tendrían que ver las piernas con la espalda», recuerda sobre uno de los momentos más duros antes de descubrir que sufría un linfoma de tipo B que le oprimía una vértebra.
«Me pagué de mi bolsillo la resonancia»
La situación de Daniel siguió empeorando y no quiso esperar, así que el 27 de enero acudió a un centro privado: «Es que de Urgencias me derivaban a una consulta preferente, no urgente, podría estar esperando meses, y también me pagué de mi bolsillo la resonancia», cuenta sobre una prueba que, por fin, desencadenó su tratamiento. «Me llamaron de enfermería en cuanto la tuvieron y el médico me mandó a Urgencias del CHUF rápidamente, me dijo que me iban a operar al día siguiente, pero no sabía si en A Coruña o en Ferrol —explica entre lágrimas—. A partir de ahí, cambió todo: pasé de que me dijesen que no fuese al hospital a que me llamasen para decirme que vaya con urgencia». Desde ese momento Daniel ha soportado momentos duros y muchas fases de un tratamiento oncológico que se complicó con un infarto medular y un aislamiento por el positivo en covid de su compañero de habitación en A Coruña. Su situación es difícil, porque ha perdido su trabajo de camarero, y aunque el Concello de Ferrol le ha concedido una cuidadora, no sabe si podrá seguir pagando los 51 euros que le cuesta.
«No todo es covid»
Tras estos cinco meses de pesadilla tiene un reproche claro: «No todo es covid, a mí me riñeron por ir al hospital; hasta en tres ocasiones se apoyaron en el virus para no realizarme una resonancia magnética y me mandaban para casa cuando yo describía mis síntomas», cuenta sobre un proceso en el que opina que tampoco hubo una comunicación adecuada. «El cáncer me había aplastado la médula y casi empiezo el tratamiento sin que nadie me contase que tenía un sarcoma, una metástasis y de qué tipo», lamenta, y recuerda que se enteró de que lo iban a aislar tras operarlo cuando entró un sanitario en su habitación enfundado en un traje de protección: «Me dijo: ‘Traigo malas noticias, tu compañero ha dado positivo' y allí me quedé diez días, aunque las dos PCR dieron negativo».
Su lucha ahora pasa por afrontar un día a día con dolor, mareos, medicamentos y la impotencia de verse solo en casa. Una ambulancia lo lleva cada 21 días a quimioterapia al hospital, pero no sabe cuánto tiempo podrá seguir, porque sus recursos van mermando: «Me siento abandonado por las instituciones: para poder acceder a ayudas he tenido que solicitar una minusvalía, pero tarda de 8 a 17 meses y tengo que financiarme yo una rampa para mi casa y no llego a todo... He escrito una carta a la Xunta para decirle que tengo que decidir entre comer o medicarme...
Me quedé sin trabajo y ahora cobro 490 euros para el alquiler, comida, medicamentos...». Daniel se ve tan apurado que ha iniciado una campaña para recaudar fondos en las redes sociales.