Dos francesas recibieron dos millones por un error similar al de Logroño
12 sep 2021 . Actualizado a las 10:30 h.«Pensaba que esto solo pasaba las películas», admitía esta semana en una entrevista el padre de una de las bebés intercambiadas al nacer en La Rioja. Pero antes de la confusión que hace 19 años dislocó el destino de dos niñas en el ya derruido Hospital San Millán de Logroño, hubo otros sonados errores humanos. En Francia, un episodio similar se saldó en el 2015 con el pago de una indemnización de casi dos millones de euros.
En julio de 1994, Sophie Serrano dio a luz en Cannes a una niña que, al manifestar ictericia, fue trasladada a una incubadora. Al día siguiente, otra recién nacida fue colocada en la misma incubadora por falta de espacio —ambas desnudas, solo con el pañal y sin pulseras identificativas— y cuando la auxiliar de enfermería las trasladó de vuelta a la habitación entregó cada bebé a los padres equivocados. Fueron las madres las primeras que meses más tarde empezaron a manifestar dudas sobre sus respectivas hijas, pero los «cambios» que percibían en ellas —pelo encrespado en una, demasiado escaso en la otra; color de piel sospechosamente oscuro en la primera— se atribuyeron desde la clínica a los efectos de los rayos ultravioleta del aparato de la unidad neonatal. Diez años después, uno de los padres reclamó un test de ADN tras separarse de su esposa y descubrió que su hija no lo era. Sorprendentemente, cuando ambas familias se encontraron por primera vez con sus respectivas hijas biológicas no sintieron la necesidad de volver a intercambiarlas y Sophie Serrano incluso llegó a asegurar que ese momento reforzó su amor por la niña a la que había criado. «No es la sangre lo que hace a la familia —defendió en declaraciones recogidas por The New York Times—, sino lo que construyes con sus miembros».
Durante un par de años ambos hogares mantuvieron un contacto regular, pero la relación pronto empezó a deteriorarse: demasiadas diferencias culturales y sociales. Finalmente, en el 2015, un tribunal resolvió que la clínica, así como a su compañía aseguradora, debía pagarles a las dos familias 1,88 millones de euros. La querella penal fue archivada por ausencia de acto intencional.
Dos familias y un solo niño
El mismo año, Marcelo y Alejandra Costa denunciaban en Argentina que el bebé que había muerto en sus brazos a las pocas horas de nacer, a consecuencia de una cardiopatía, no era su hijo biológico. Tras una larga investigación y mediante el análisis de pruebas genéticas, la Justicia ratificó que, en efecto, el niño fallecido no era hijo de los Costa, sino de Ernesto y Blanca Mangini, que llevaban año y medio criando a un pequeño que no era suyo. Tras un polémico fallo judicial, Juan Manuel, reclamado por ambas familias, fue devuelto a sus padres biológicos, dejando a los Mangini desesperados tras haber «perdido a dos hijos».
Las gemelas separadas de Las Palmas que se reencontraron 28 años después
En 1973, tres recién nacidas (dos de ellas, gemelas) compartieron sala de prematuros durante 11 días en Las Palmas de Gran Canaria. En un despiste, una de las enfermeras intercambió sus cunas separando a las hermanas: la mujer del parto múltiple volvió a casa con una hija biológica (Begoña) y otra que ni siquiera había nacido el mismo día (Beatriz), mientras que la otra gemela (Delia) se crio ignorando que compartía el cien por cien de sus genes con otro ser humano. La alerta la disparó casi 30 años después un saludo no devuelto en un centro comercial.
Tiró del hilo una joven cuando una chica calcada a su amiga le giró la cara. El parecido era tan aplastante que no se quedó tranquila hasta comprobar que no lo era y, después, hasta poner a las dos mujeres cara a cara. Tras conocerse, se sometieron a una prueba de ADN que confirmó que eran gemelas. El Gobierno de Canarias tuvo que indemnizar a ambas familias con 900.000 euros.
Cuatro años más tarde, en la primavera de 1999, Remedios estuvo dándole el pecho durante un mes a una niña que no era su hija. La suya pasó esos treinta días con otra familia en Salou, después de que una de las enfermeras que estaba de guardia la noche de ambos partos en el hospital Juan XXIII de Tarragona confundiese los historiales de las recién nacidas.
Cuando Montse Xaruc —la otra madre— despertó de la anestesia, tenía a su lado a un bebé de cráneo lampiño y un mancha de nacimiento en una nalga que, tras ser sometida a unas pruebas rutinarias en una unidad hospitalaria distinta, volvió con pelo en la cabeza y sin marca en la piel. La mujer enseguida se dio cuenta de que la niña no era la misma y reclamó a la primera, que, sin embargo, era la equivocada. Se quedó, eso sí, con la mosca detrás de la oreja. Intranquila, días después, con un informe del servicio de enfermería que reconocía la posibilidad del error, solicitó las pruebas genéticas.