Washington, año 1 después de Trump

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El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump
El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump RACHEL MUMMEY

A los doce meses de su derrota, el expresidente amaga con competir de nuevo en el 2024, mientras Biden se desvive para sacar adelante su agenda

31 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El martes 3 de noviembre del 2020, el histriónico Donald Trump caía noqueado tras estrellarse contra las urnas. Un año después, aún no se ha levantado de la lona y sigue rumiando su venganza contra todo y contra todos. De nada le sirvió sumar once millones más de papeletas que cuando se había alzado con la presidencia en el 2016. Joe Biden le dobló el brazo en un pulso sin precedentes que convirtió a los dos candidatos del 2020 en los más votados de la historia de Estados Unidos (el demócrata cosechó 81 millones de sufragios y el republicano logró más de 74 millones). No digirió bien la derrota Trump y arrastró a su partido —y, de paso, al país— a una estéril disputa por un imaginario fraude electoral que tuvo su episodio más bochornoso en el asalto al Capitolio del 6 de enero, protagonizado por una turba de sus más fieles conspiranoicos, que trataban de evitar por las bravas que las Cámaras ratificasen la decisión de las urnas.

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En vísperas del primer aniversario de la victoria de Biden, el expresidente sigue jugando entre bambalinas sus bazas de cara al 2024 y el actual inquilino del despacho oval ve cómo arrecian las críticas de quienes confiaban en que su agenda supondría un giro radical respecto a la de Trump. Un giro que, como suele suceder en esa carrera de relevos llamada Washington, ha sido más sutil (y cosmético) de lo que algunos soñaban.

El papel de Trump

El expresidente amaga con presentarse en el 2024. Donald Trump todavía no se ha postulado para ser el candidato republicano en las presidenciales del 2024. En privado, según informaba recientemente The Hill, los 50 senadores de su partido confían en que no lo haga. Pero ni uno solo de ellos se atreve a expresar en público este deseo. Trump todavía despierta miedos inconfesables entre los dirigentes conservadores.

Con las elecciones del 2022 a la vista —en las que se renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y se elegirán 34 de los 100 senadores—, ningún congresista republicano con aspiraciones a repetir se atreve a alzar la voz contra el expresidente por el temor a que, como represalia, Trump sabotee las primarias de esa circunscripción enviándole un candidato de su cuerda. Un temor nada infundado, ya que en el Partido Republicano que moldeó Trump durante su estancia en la Casa Blanca los líderes tibios llevan siempre las de perder ante unas bases enardecidas por el discurso duro y simple de su expresidente favorito.

Los trumpistas confían en que los demócratas pierdan sus cortas mayorías en los comicios legislativos del 2022 y que esto debilite aún más a un Joe Biden que sumará 82 años en el 2024. A pesar de los bretes legales y empresariales en los que está metido Trump —la revista Forbes lo acaba de excluir de la lista de las 400 personas más ricas de EE.UU., al caer su fortuna a solo 2.500 millones de dólares—, sus partidarios no dudan de que se presentará a las primarias republicanas, en las que hipotéticos rivales como los gobernadores Ted Cruz, Marco Rubio o Ron DeSantis tendrían poco que hacer. La versión original siempre se impone a las copias.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden
El presidente de Estados Unidos, Joe Biden JONATHAN ERNST

El balance de Biden

Los índices de popularidad se desploman. El prestigio que se obtiene al ser el presidente más votado de la historia se esfuma pronto. Cuando todavía no ha cumplido un año en la Casa Blanca —la investidura tuvo lugar, como manda la tradición, el 20 de enero en la escalinata del Capitolio—, los índices de popularidad de Joe Biden son más bien rácanos. Según el promedio de encuestas que publicó esta semana Real Clear Politics, un 42,3 % de estadounidenses aprueban la gestión del demócrata, mientras que un 52,1 % la deploran.

Durante las primeras semanas en el cargo, el papel de Biden se limitó a no ser Trump. En realidad, ese había sido el principal mensaje de su campaña electoral: él no era Trump e iba a hacer todo lo contrario que el magnate. Tras su desembarco en el despacho oval, se dedicó de forma compulsiva a firmar órdenes ejecutivas que desbaratasen algunas de las decisiones más controvertidas de su antecesor. La munición dio juego (y muchos titulares), pero se consumió enseguida. Agotada la receta anti-Trump, llegó el momento de sacar adelante una agenda legislativa propia (no solo a la contra) y empezaron los problemas.

En primer lugar, por la debilidad parlamentaria de los demócratas, que, a pesar del empate a 50 escaños en el Senado —que deshace Kamala Harris como presidenta de la Cámara—, y de la escueta mayoría (220 a 212) en la Cámara de Representantes, no son capaces de poner en marcha los proyectos clave de su presidente. Es el caso, por ejemplo, del billonario plan de infraestructuras, cuya tramitación está a punto de culminarse, pero con un recorte sustancial de las expectativas iniciales impuesto por el ala más conservadora del Partido Demócrata.

Nubes en el horizonte

De la pandemia a la economía. La gestión de la pandemia, con la que Biden quiso marcar distancias frente al negacionismo de Trump, no ha sido todo lo exitosa que presumía el demócrata. Solo el 57,9 % de la población estadounidense ha sido por ahora vacunada con la pauta completa (muy por debajo de las cifras de la UE) y la economía no acaba de recuperarse del impacto del covid. La creación de empleo se ha ralentizado y la crisis de suministro de componentes y el alto precio del gas también amenazan la reactivación de un país que tiene en el consumo interno una de las piedras angulares de su riqueza.

La vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, en una imagen de archivo.
La vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, en una imagen de archivo. MIKE SEGAR

La estrella de Kamala Harris se desvanece con la rutina de la vicepresidencia

A Kamala Harris (Oakland, California, 1964) se le atribuyó durante la campaña electoral y nada más confirmarse la victoria en las urnas del ticket que formaba con Joe Biden un papel estelar en la futura Administración demócrata. Sin embargo, el paso de los meses ha ido diluyendo su presunto protagonismo hasta convertirla en una especie de reina madre encargada de inaugurar escuelas, visitar hospitales y cumplir con las giras internacionales de menor rango. En realidad, nada nuevo en la vicepresidencia de Estados Unidos, que tiene mucho más de poder potencial que de poder efectivo y tangible.

La idea de que Harris se encargaría del día a día del Gobierno federal, para dejar al muy veterano Biden una labor más de representación institucional, en el fondo no era más que una ensoñación de algunos devotos de la senadora californiana, ya que el papel que la ley reserva al segundo de a bordo en la Casa Blanca es más bien limitado.

Presidenta del Senado

Entre los cometidos de la vicepresidenta de EE.UU. está el de presidir el Senado, función que se reduce a deshacer con su voto de calidad los posibles empates entre los 50 parlamentarios demócratas y los 50 republicanos. Sin embargo, ese marcador 50-50 no es ni mucho menos la tónica habitual, ya que en el Capitolio la disciplina de partido es una quimera y los senadores de una y otra bancada suelen votar según los intereses del estado al que representan, lo que en la práctica desdibuja la labor arbitral de Harris en la Cámara Alta.

La vicepresidenta también tiene la misión de sustituir al presidente en caso de enfermedad o muerte. Y en sus manos está la decisión crucial de firmar el documento previsto por la vigésimo quinta enmienda de la Constitución para que la mayoría del Gabinete declare que el presidente no está capacitado para ejercer el cargo y sea relevado por su número dos. Poderes muy especiales, sí, pero que solo se ejercen en circunstancias extraordinarias que por ahora no se atisban en Washington.