Virginia Feito, la española que arrasa en Estados Unidos: «Me gusta afectar al lector, hasta las críticas negativas me hacen ilusión»
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Elisabeth Moss («El cuento de la criada») llevará al cine «La señora March», el exitoso debut en la novela de esta madrileña con raíces asturianas, una pieza escrita en inglés que llega ahora a España
12 feb 2022 . Actualizado a las 09:36 h.Para escribir, Virginia Feito (Madrid, 1988) se imagina cada situación como si fuese la escena de una película. A veces incluso llega a representarla en el salón de casa, con música de fondo y todo. Es entonces cuando aparecen gestos y una acción que, posiblemente, de otra manera, no se le hubieran ocurrido. «Si este personaje se mueve así, el vaso se le caería al suelo». «Si hace esto otro, lo lógico sería que provocase esta reacción». Así ha alumbrado una perturbadora historia que —agárrense— ha impresionado a la mismísima Elisabeth Moss, quien curiosamente se le aparecía en la cabeza cada vez que pensaba en la señora March. Qué sorpresa la suya cuando se enteró de que la actriz de El cuento de la criada estaba interesada no solo en llevar a este personaje a la gran pantalla, sino también en darle, ella misma, vida.
Lo recuerda como si fuese ayer, y casi lo fue —la pandemia, y su capacidad de distorsionar el eje cronológico de los últimos dos años—: todo se precipitó, concreta, durante la primavera del 2020, al inicio del confinamiento, en una cena con amigos vía Zoom, «de esas en las que, bebiendo, todos intentábamos sacarle un sentido a lo que estaba sucediendo». Feito, que dos años antes había aparcado su trabajo en una agencia de publicidad para dedicarse única y exclusivamente a escribir, recibió aquella noche un correo electrónico de su agente literario: «Adivina quién quiere hablar contigo». «Creí que era una alucinación», confiesa ahora con su voz eléctrica. Todavía no se cree del todo lo que ha pasado desde entonces.
La historia de Virginia Feito y la de su criatura —un debut que acaba de lanzar Lumen en España, pero que lleva meses arrasando en ventas en Estados Unidos— no tiene desperdicio: a los 30 años, esta madrileña de raíces asturianas decidió despedirse de sus jefes y compañeros de faena no para ponerse a escribir, matiza, sino para terminar un libro que sentía que tenía dentro. Está convencida de que si no lo acababa iba a estar arrepintiéndose toda su vida. «Como soy así de princesa, no podía hacerlo si no me dedicaba totalmente a ello», reconoce sin ningún tipo de complejo. La voluntad estaba y, además, podía permitírselo. Y, ya de hacerlo, se lanzó a teclearlo en inglés. La jugada le salió redonda.
—¿Por qué en inglés y no en español?
—Siempre he escrito en inglés, supongo que porque todo lo que leo está en inglés. Estoy tan poco acostumbrada a leer en castellano que me cuesta mucho, me saca mucho de la historia. Y no solo la lectura; todo el cine y las series que absorbo están en inglés. Creo que he creado un vocabulario de creación en ese idioma, por así decirlo, que he ido formando el estilo de prosa con obras y autores que escriben en inglés. Me pasa desde pequeña. Estudié desde niña en un colegio americano, los tres años de carrera los cursé en Londres y luego hice un máster en Nueva York. No tengo nada en contra del español, pero el inglés es un idioma que se me da bien, me siento muy cómoda en él, creo que se juega muy bien con él.
—¿Ni siquiera se encargó de la traducción al español?
—No, no. ¡Y menos mal! [ríe] La hizo una pedazo de traductora que se llama Gema Rovira, a la que yo ya conocía porque cuando quiero regalar un libro siempre regalo El secreto, de Donna Tartt, que es mi favorito, y sé que en español lo publica Lumen con traducción de esta chica. Ha traducido además todo el universo Harry Potter, del que también soy muy fan. Creo que hay que tener una rapidez mental impresionante y un talento enorme para traducir estas cosas, estas palabras que no existen, de universos inventados. Me parece espectacular. Entonces, pensé: «Nadie mejor que ella. De hecho, el libro me suena mucho más inteligente y enérgico en español. Y pude trabajar con ella mano a mano, que es algo bastante especial, porque no está acostumbrada a tener un autor que hable el mismo idioma con quien poder consultar. Fue bastante divertido. Y yo, encantada de la vida.
—¿De dónde sale la historia de la señora March? ¿Llevaba tiempo con ella en mente o apareció al sentarse a escribir?
—Pues, curiosamente, fue una idea muy fresca, que se me acababa de ocurrir, y eso que tenía ideas muy desarrolladas desde hacía tiempo; hubiese sido más fácil coger una de esas. Pero como me gusta complicarme la maldita vida escogí una que se me había ocurrido solo dos meses antes de dejar el trabajo. Yo estaba escuchando la música del Cascanueces en mi agencia, nunca me olvidaré, y me vino a la cabeza la imagen de una mujer con unas pieles y un bolsito, como muy ansiosa, como es esa pieza musical, que es muy mágica pero también algo turbia. Y me la imaginé andando por una calle, Nueva York, Londres… Y eso fue lo primero. Y luego, viendo Las horas, al ver una escena del personaje que interpreta Meryl Streep, cuando entra en la floristería y le dicen algo como: «Tu amigo ha escrito un libro y ha basado este personaje en ti, ¿no?». Ahí dije: «Eso es lo que le va a pasar a esta mujer». Sabía el punto de partida y sabía cómo podría acabar. Ya lo tenía.
—De ahí a la impresionante acogida que la novela ha tenido en Estados Unidos, ¿qué camino hubo?
—Para publicar en EE. UU. necesitas un agente literario. Las editoriales no te contestan si no tienes un agente. Así que lo que hice fue leer los agradecimientos finales de todos los libros en inglés que estaba leyendo y, a partir de ahí, formular una lista larga de opciones. Empecé a mandarles el texto y a recibir rechazos, y al final contestó un agente que vivía en Nueva York; le encantó y se lanzó. Se lo mandó a las editoriales y suscitó interés entre varias, tanto como para hacer una situación competitiva y poder hacer una subasta, que allí es más o menos común; es una suerte, pero es algo que suele hacerse. Y nada, hubo subasta y al final lo publicó Liveright, que es una imprenta independiente de Norton. Se lo mandaron a libreros, gustó mucho y tuvo muy buenas críticas. Casi me explota la cabeza cuando salió en The New York Times.
—Y ahora hay una película en marcha.
—Yo no sabía que los agentes literarios también mandan los manuscritos a agencias de representación de Hollywood, y esto es así: productores, actores y directores se van pasando textos mucho antes de que salgan publicados. En este caso, un año antes de que llegase a las librerías ya se lo estaba leyendo la agencia William Morris, que es la que representa a Elisabeth Moss.
—¿Ha hablado con ella? Imagino que impresiona.
—Sí, tuvimos una conversación inicial en la que de repente me di cuenta de que lo que estaba sucediendo era que ella estaba intentando convencerme, a mí, de adaptar la historia [ríe]. ¡Y yo pensaba que estaba ahí para impresionarla, por supuesto! Porque es una diosa. Y me estaba contando cómo veía ella la película. Ha captado el libro muy bien: entendía que podía tirarse hacia varios caminos, que tiene ese toque de terror, pero que no es exactamente una historia de miedo, pero tampoco un thriller puro y duro, y luego en el corazón tiene una relación, un matrimonio, por lo que también es muy psicológica… Lo entendió muy bien. La película que ella veía era la película que yo hubiese querido. Y cuando me lo explicó, le dije que dónde había que firmar y ya fuimos a por productoras. Ella es productora ejecutiva, pero hace falta una productora grande detrás para que llegue a los estudios. Al final, cerramos con Bloomhouse Productions, la productora de Déjame salir, de El hombre invisible, de La Purga… Una barbaridad. Todo muy surrealista.
—¿Y se imagina a Elisabeth Moss en la piel de la señora March?
—Totalmente. Me encanta, no podía encajarme más. Es que, de hecho, hablando en su día con editores, antes de la subasta, me preguntaban qué actriz me pegaba en este personaje, y yo siempre decía: «Alguien como Elisabeth Moss» Ellos apuntaban hacia Cate Blanchett, y yo: «No, no, Elisabeth Moss». Es tan especial ella... Le encanta interpretar personajes complejos, difíciles, feos por dentro. Le encanta sacar esa ira, expresar lo grotesco, y en mi opinión lo hace mejor que nadie. Por Dios, que alguien le dé un Óscar a esta mujer ya.
—¿Ya ha asimilado todo esto?
—No, yo creo que no. Sigo creyendo que pasará el tiempo y todo será una broma. Mi pareja me dice que debería empezar a pensar el guión, pero yo le digo que no, que ya veremos si esto finalmente pasa, estoy segura de que al final se caerá el proyecto o cualquier cosa, que ella estará ocupada… Es un mecanismo de defensa.
—¿En qué punto está ahora el proyecto?
—Pues lo que falta ahora es firmar con una distribuidora, y ahí ya la productora, el estudio, Elisabeth y yo crearemos un guion con un poco de input de todos. También tenemos que encontrar un director, es importante su visión, que lleve la historia hacia un camino o hacia otro: si quiere hacer algo más tipo thriller, más terror… o lo que sea. Pero de fechas, no sé nada. En Hollywood todo funciona según los calendarios de los talentos y esta mujer en concreto está muy ocupada, no para de trabajar. Así que va muy lento.
—Ya le han colgado la etiqueta de la Patricia Highsmith española. ¿De dónde viene esa inclinación suya por el misterio y el suspense?
—Me encanta la oscuridad, en todos sus formatos. Y todo lo que leo y veo tiene que tener algo oscuro. Aunque también me gustan mucho las comedias y veo realities todas las semanas, es verdad que me encanta analizar la oscuridad, en la psique, en los personajes; creo que es lo que más me apasiona. Y Patricia Highsmith, la creadora de Tom Ripley, el psicópata más glamuroso de nuestros tiempos, me parece una genio. Todas sus historias cortas… tan macabras... También me apasiona Shirley Jackson, a la que además descubrí hace relativamente poco, justo antes de empezar a escribir La señora March, y me impactó muchísimo. En esta historia hay muchos guiños a ella: cómo sacarle el terror a una visita al dentista, a mirarte en un espejo y que de repente no seas tú, a mirar a tu marido y que de repente creas que no es él… Cosas que me dan muchísima ansiedad y angustia, eso me encanta.
—Este personaje no tiene nombre de pila.
—No, no tiene nombre porque a la protagonista de la novela le importan tanto las opiniones y las apariencias que lo único que hace es reflejar a la persona que tiene delante, en vez de crear ella una identidad propia.
—Qué vigente está eso de las apariencias hoy en día.
—Sí, sí, totalmente. Esta es otra cosa curiosa de la novela, que no se sabe en qué época transcurre a propósito. Es interesante que el lector inmediatamente asume que es una mujer de otra época, porque piensa que hoy en día a nadie le va a importar lo que piensen los vecinos. Ojo, que vivimos en la época de los influencers y de Instagram. En los años cincuenta no existía un trabajo que fuese puramente aparentar, de manera literal, y ganar un montón de dinero con ello.
—¿Cree que habrá muchas lectoras que se sientan identificadas con esta protagonista?
—Creo que totalmente no, porque este personaje es un poco grotesco, una exageración; esta mujer tiene todos los rasgos negativos que se me ocurrían sin ninguna cualidad para justificarlos, y al final todos tenemos una mezcla. Pero sí creo que hace cosas que hacemos todas. A lo mejor soy solo yo, que estoy fatal, pero aunque solo sea la manera de hablarse a una misma... Varias lectoras ya me han dicho que leyéndolo se dieron cuenta de cómo se hablan a sí mismas, de que a veces están frente a un espejo probándose un vestido y se hablan con asco.
—¿Con qué le gustaría que se quedase el lector?
—Me gustaría que se quedase afectado de alguna manera, que con el tiempo se diese cuenta de que le sigue removiendo, como un ardor, que la historia se le meta dentro. Hasta las críticas negativas me hacen un poco de ilusión: «Qué horror, lo he pasado fatal, qué desagradable». Y no puedo evitar que me guste, porque es afectar a un ser humano desde aquí, desde mi piso en Madrid.