El autor analiza la genealogía de la organización territorial del Estado
19 feb 2022 . Actualizado a las 09:55 h.Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidade de Santiago, Ramón Villares (Xermade, Lugo, 1951) publica Exilio republicano y pluralismo nacional. España, 1936-1982 (Marcial Pons), un libro al que dedicó diez años de trabajo y en el que profundiza en el origen de la organización territorial de España a partir de la experiencia del exilio republicano. Acaba de presentarlo en el Ateneo de Madrid.
—¿Cuál es el objetivo del libro?
—Recuperar la historia del exilio, incluirla en el conjunto de la historia de España, realizar un análisis histórico de por qué sucedió, qué hicieron, cómo fueron cambiando sus ideas y cómo influyeron en la transición democrática. El exilio es un fenómeno que marca profundamente toda la segunda mitad del siglo XX de España.
—Explica su papel en la construcción del Estado autonómico.
—Los exiliados tuvieron una obsesión sistemática, que era no perder los valores que procedían de la República, como la democracia, la secularización de la sociedad, una forma de Estado democrática, aunque luego se impuso la monarquía a la república, y también la distribución territorial del Estado. Desde los 40, sobre todo vascos, catalanes y gallegos, nunca olvidaron la idea de reclamar un tratamiento especial para las tres naciones, fuera a través de un pacto Galeuzka, o de una especie de república confederal o ibérica. Eso estuvo siempre presente, en los acuerdos de París del 57, en Múnich en el 62. A partir de aquí la oposición interior fue acogiendo las propuestas del exilio, se recuperó incluso la palabra autodeterminación, que los exiliados no empleaban mucho, y con eso llegamos a la Transición, en la que los exiliados fueron pocos pero estuvieron en los momentos claves, en una posición de cierta cautela y prudencia, por ejemplo en el caso de las autonomías. Aportaron mucho sentido común.
—¿Qué importancia tuvo Galeuzka y cuál fue su evolución?
—En la República se constituyó como un acuerdo de tres partidos y nacionalidades, Cataluña, País Vasco y Galicia, para hacer política común, y se reconstruyó en el exilio en 1944 en México. Galeuzka queda herida de muerte cuando Castelao sale del Gobierno de Giral en 1947. A partir de ahí su estrategia ya no tiene posibilidades de desarrollarse y la oposición a Franco se realiza por otras vías, al vincularse al movimiento europeo y conectar más con el interior.
—¿La democracia española ha reconocido suficientemente el papel de los exiliados?
—Creo que no. Salieron tan bien las cosas en la Transición que se generó una autosatisfacción excesiva e incluso llevó a que los exiliados fueran más o menos olvidados o desplazados. En los 70 habían pasado muchas cosas en el mundo y en España la oposición interior era cada vez más fuerte. Volver para hacerse cargo de la política española no era posible. Pero los exiliados que volvieron no eran vencidos, sino testigos de una historia que había sido muy cruel. Salieron de España convertidos en no españoles por el franquismo, que no merecían ser miembros de la comunidad nacional.
—¿Cuenta usted el origen de la fórmula «nación de naciones»?
—Es una idea presente en la vida y el léxico políticos españoles, aparece y reaparece, porque es ventajosa, no se sabe bien lo que es, pero también peligrosa, no se sabe cómo se concreta. Anselmo Carretero la difundió de forma imprecisa, trató de convencer a su partido, el PSOE, para ir en esa dirección y no lo logró. Cito a un profesor de derecho público europeo, Joseph Weiler, que pregunta: ¿quién teme a la nación de naciones? Su réplica da para pensar: los nacionalismos periféricos temen a la nación; el nacionalismo de Estado, a las naciones.
—En su opinión, ¿España es una nación de naciones?
—Podría ser, pues la idea del pluralismo nacional, al menos en el sentido cultural, responde a eso. Pero el hecho nacional debe dejar de ser un problema y reconocer que es compatible con la democracia y, desde luego, con la organización de las autonomías. Creo que la diversidad cultural y el pluralismo nacional son una riqueza que refuerza a España.
—¿El Estado de las autonomías fue una buena solución?
—Fue una solución posible. El modelo se fue cambiando a través de sentencias del Tribunal Constitucional, reformas de estatutos, referendos. El llamado café para todos rebajó el nivel y singularidad de las nacionalidades por antonomasia, Cataluña, País Vasco y quizá Galicia. ¿A qué se refiere entonces el artículo 2.º de la Constitución, cuando distingue entre «nacionalidades» y «regiones»?
—¿Cómo valora la Transición?
—Positivamente, fue el fundamento moral del sistema político en que vivimos. Crear unos supuestos políticos democráticos tras cuarenta años de dictadura no era nada fácil. La veo positiva pero perfectible. No conviene decir que está todo hecho, al revés, queda mucho por hacer.
—¿Cómo ve la situación política?
—Con preocupación. La política está en un aprieto porque hoy es más que nada un diálogo de sentencias de Twitter y no un espacio de deliberación o confrontación de ideas. Unido a esto está la banalización de todo, porque al final vale igual una sinfonía de Beethoven que una canción de Chiquilicuatre. Ya sé que esto no sucede solo en España, pero es pequeño consuelo.