Aroa Moreno: «Las mujeres deberíamos sentarnos más a hablar con otras mujeres de nuestra familia»
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La autora de «La hija del comunista», Premio Ojo Crítico 2017, se aproxima en su nueva novela, «La bajamar», a la pena congénita. ¿Qué hacían ellas cuando la Historia nos cercó?
04 mar 2022 . Actualizado a las 09:05 h.Aveces pasa que un libro tiene varias vidas. Incluso pasa que, además, se convierte en afluente del que viene después, aunque nada tenga que ver con su caudal. Uno lleva —nutre— a otro. Dice Aroa Moreno (Madrid, 1981) que su primera novela, La hija del comunista (Caballo de Troya, 2017), le cambió la vida. Empezaba a desaparecer de las mesas de novedades y de la conversación cuando ganó el Premio Ojo Crítico y renovó su oxígeno. Volvieron las presentaciones y los clubes de lectura. Fue a la salida de uno de estos encuentros cuando un hombre se le acercó y le preguntó si podían tomar un café; quería contarle una historia. «Me habló de su madre y de los miles de niños a los que sus padres montaron en un vapor en las costas vascas rumbo a Europa, sin saber si volverían a verlos, para ponerlos a salvo de los bombardeos de la guerra», revela, aún impresionada de la confesión de aquel desconocido que acabó convirtiéndose en soporte de La bajamar (Random House). «Me conmovió esa decisión de alejar de ti a tus propios hijos para salvarlos. Y pensé que quería contar eso. Pero no solo eso».
—¿Cómo se escribe una historia con unas raíces tan vascas siendo madrileña, completamente ajena a esa tierra?
—Había momentos en los que pensaba por qué me estaba complicando tanto la vida, pero quería saber qué había detrás de lo que me paralizaba a la hora de escribir. Siempre que me acerco a un lugar donde ha habido dolor, lo hago desde el respeto por los que han vivido eso.
—De nuevo, la memoria histórica.
—Siempre he creído que es difícil comprender el presente sin entender el pasado. Y para mí, la memoria histórica y la familiar están trenzadas, no soy capaz de separarlas. Al final, el contexto histórico y político se mete en tu vida más íntima, y acabamos de verlo con la pandemia. Estaba pasando fuera, pero todos desde nuestras casas veíamos que en cualquier momento podía tirarnos la puerta abajo.
—En toda familia están estas tres mujeres vertebrales: abuela, madre e hija.
—Casi instintivamente yo tengo la edad del personaje más joven, mi madre la de la madre y mi abuela, la de Ruth, la mayor. Está todo impregnado de detalles, de formas de mirar, de imágenes, de recuerdos que forman parte de mí, aunque ellas sean otras. Forman parte de mi maternidad, de cómo de pronto cambio el punto de vista para mirar a mi madre, de cómo nos hemos ido contando unas a otras el relato íntimo.
—¿Es muy distinto criar ahora que hace 25 años y que hace 50?
—Subestimamos cómo nos cuidaron nuestras madres y nuestras abuelas. Tienes un hijo y no aceptas los consejos de tu madre, y te dice eso de: «Tan mal no lo hice, mírate tú». Esta frase tan típica está cargada de amor, de cuidados, pero también de frustración. Creo que las mujeres deberíamos sentarnos a más a hablar con las otras mujeres de nuestra familia, tenemos muchas cosas que contarnos.
—¿Son más complicadas las relaciones familiares entre mujeres?
—Los hombres también tienen un nudo muy grande que deshacer en estas relaciones, lo que pasa es que su relato ha sido siempre mucho más visible.
—Hay mucho en esta novela del dolor que causa hacer daño al otro, consciente o inconscientemente.
—Yo pensaba todo el rato en las preguntas que no formulamos, sobre todo en el seno familiar. Hay preguntas que no hacemos porque sabemos que la respuesta puede hacernos daño, pero hay otras respuestas que al que hieren es al que responde, y somos conscientes. Y por eso nos las callamos. Nos cuesta mucho asumir la vulnerabilidad de nuestros padres, su fragilidad. Pasamos por alto cómo se sienten. Queremos que sean firmes, inamovibles, que no se tambaleen en ningún momento. Y son personas.
—¿El dolor se hereda?
—Hay ecos de cosas que suceden en el pasado que caen por todos los eslabones generacionales de la cadena y cambian nuestra forma de ser; en este caso, por ejemplo, un episodio que sucede en el pasado, hace casi cien años, acaba resonando en el presente. Pero ha cambiado la forma de contar las cosas, la forma de protegerse. Y eso es fundamental.