De Leningrado a Leópolis: El ajedrecista que alimenta al Ejército de Ucrania

Pablo Medina E. LA VOZ

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Soldados del Ejército ucraniano, al que Oleksandr hace donativos, juegan a las damas con cócteles molotov al este de Kiev.
Soldados del Ejército ucraniano, al que Oleksandr hace donativos, juegan a las damas con cócteles molotov al este de Kiev. roman pilipey EFE

Olexandr invierte lo que gana enseñando ajedrez en suministros para la tropa

08 mar 2022 . Actualizado a las 17:44 h.

En la avenida que desemboca en la Ópera de Leópolis hay una hilera de bancos de madera que casi siempre están vacíos. El frío de esta época del año no favorece que los peatones quieran sentarse ni tan siquiera a descansar cuando pueden hacerlo en una acogedora cafetería. Pero uno de los asientos de madera y hierro es una excepción. Siempre hay un tablero de ajedrez en el centro que deja espacio suficiente para dos jugadores. Con una condición, y es que Oleksandr juega siempre. Y es muy bueno.

El hombre de 57 años es natural de Letonia. Es huérfano y fue acogido por un hombre que no tenía brazos. Se hizo cargo del rusoparlante hasta que murió hace un tiempo. Ahora, enseña ajedrez a quien se sienta a jugar con él. Siempre cobra a los adultos. Cuando se trata de niños, pide dinero a los padres para dejarse ganar y sacarles una sonrisa acompañada de mocos congelados. Uno de los críos se come su reina y tampoco tiene nada que hacer para el resto de la partida. Se rinde y el niño se va contento a casa. «Cuando tenía doce años, jugaba con un maestro de mi escuela. Para mí, es un regalo de Dios estar devolviendo ese favor», recuerda con ojos vidriosos.

Oleksandr, a la derecha, en una clase de ajedrez.
Oleksandr, a la derecha, en una clase de ajedrez. Marc Brugat E. La VOZ

Empieza otra partida. «Hago esto para ayudar al Ejército. Hace dos años tuve un accidente con el coche y me lesioné la pierna, así que no pude entrar a servir con las fuerzas armadas. Ahora juego al ajedrez por hobby para donarles el dinero. Y si no es dinero, comida o cigarrillos», aclara Oleksandr. Su trabajo le da para vivir y nada más, no tiene grandes ahorros. Pero por el Ejército, su Ejército, emplea el tiempo que le queda libre para ayudar.

«Hago esto para ayudar al Ejército. Hace dos años tuve un accidente con el coche y me lesioné la pierna, así que no pude entrar a servir con las fuerzas armadas»

La dedicación del maestro ajedrecista es mayúscula. Aprendió a jugar desde muy joven, cuando se instaló en las afueras de Leópolis. En esta nueva capital administrativa de Ucrania empezó desde joven a trabajar como electricista. Pero nunca dejó de mover las piezas en las casillas blancas y negras. Jugaba con sus amigos locales hasta que tuvo que tomar la decisión de abandonar Ucrania en pos de adquirir más formación en la antigua Unión Soviética. Su destino, Leningrado, la actual San Petersburgo.

«Quise aprender metalurgia en San Petersburgo. Quería ver mundo y por aquel entonces era fácil ir de un sitio a otro en la URSS», explica Oleksandr. Fue buena elección. San Petersburgo acuna un importante sector industrial: automóviles, petroquímica, aluminio, construcción de barcos… según el Portal de Inversores de la Región de Leningrado, esta actividad supone el 36,9 % de la economía de esa localidad al noroeste de Rusia.

Oleksandr recuerda con cariño la época de Leningrado. Allí hizo muchos amigos con los que compartió casa, trabajo y vodkas. En la ciudad del hombre de la revolución bolchevique, tenía todo lo que necesitaba. Tenía muy buen recuerdo de ellos: «Eran personas increíblemente amables. Si no sabía dónde estaba el metro, me ayudaban. Si no sabía dónde estaba una tienda, me la localizaban. ¡Incluso me ayudaron a llevar a mi hermana lejos de la URSS para que se fuera a Canadá!».

El día del accidente de coche, la imagen de sus amigos rusos se desvaneció. Un vehículo le embistió cruzando una calle. Pasó meses en el hospital. Como rusoparlante, amigo de rusos, cercano a los rusos, esperaba que alguno de sus amigos le escribiera, le mandara una carta, una llamada rápida. Esperó como quien espera un autobús, solo y en silencio, y no tuvo noticias. Se sintió abandonado. No les guarda rencor ni les odia por ello. Simplemente, les dejó ir. Cada uno por su camino.

«Son civiles que no han hecho nada, están muriendo por algo que han ordenado desde arriba»

La Organización de Naciones Unidas estima que 406 civiles han muerto en el conflicto hasta el día de ayer, aclarando que las cifras reales pueden ser mayores. Oleksandr no puede contener las lágrimas al dar una vuelta por su pasado y evaluar el presente. Le duelen las víctimas: «Son civiles que no han hecho nada, están muriendo por algo que han ordenado desde arriba. Ayer fui a la estación de tren a ver si podía ayudar a esa gente, al menos con una sonrisa», cuenta mientras seca sus ojos. Entre sus dientes mellados, se escapa un poco de saliva. «Todo es culpa de los políticos, la gente nunca quiere problemas, quiere vivir tranquila. Espero que entren en razón para no tener otro Chernóbil», sentencia.

Prepara las piezas para otra partida. Oleksandr no sabe cuánto durará esta guerra, pero todo el tiempo que le queda, lo aprovechará para seguir enseñando a jugar al ajedrez, como hizo su maestro antes con él. Elige las negras y deja las blancas para quien quiera jugar con ventaja. Siempre la da. En pocos movimientos ocupa el centro del panel blanco y negro. Le permite controlarlo y arrasar. Es muy bueno.