Se estima que los síntomas se prolongan entre el 5 % y el 10 % de los menores que se contagian. Los más frecuentes y los que más alteran su vida son la fatiga física y la mental: los problemas de memoria y atención
16 mar 2022 . Actualizado a las 14:55 h.La pandemia se acaba, pero el covid —la enfermedad— permanece. Entre un 10 % y un 30 % de los que se contagian desarrollan síntomas persistentes: dan negativo, pero el dolor de cabeza, el cansancio extremo, los problemas para respirar o la dificultad para concentrarse —entre las 200 alteraciones descritas— siguen ahí. La misma OMS tardó un año y siete meses en definir un trastorno que afecta a millones de personas en el mundo.
«No sabemos si todas las olas epidémicas dejan el mismo tipo de afectación persistente —reflexiona la gallega Pilar Rodríguez Ledo, vicepresidenta de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia—. Hasta la sexta había reconocidos cinco millones de contagios, por lo que hasta este otoño habría medio millón de personas con long covid en España. La sexta ola ha dejado otras cinco millones de infecciones, así que es de esperar que dupliquemos el número de diagnósticos». Calcula así que en nuestro país hay cerca de un millón de afectados, 13 millones en Europa y cerca de 36 millones en todo el mundo. «Ninguna enfermedad ha irrumpido en nuestras vidas con este nivel de afectación —advierte—. Es mucha gente, y gente joven [la edad media ronda los 42 años], en una fase de su vida activa».
En el caso de los niños, la cosa se complica. La comunidad científica ni siquiera ha sido capaz de dar una cifra aproximada de prevalencia infantil, que ha llegado a situarse entre el 1 % y el 51 %, pero en la unidad de covid persistente pediátrico del Hospital Universitario Germans Trias y Pujol —la única que hay en España— acotan este intervalo a entre el 5 % y el 10 %. Teniendo en cuenta que, según el Instituto de Salud Carlos III, desde el inicio de la pandemia se han contagiado en España 1.477.093 personas menores de 20 años, entre 75.000 y 150.000 niños podrían sufrir covid persistente.
Pero lo cierto es que en los más pequeños la infección inicial apenas se manifiesta: la mayoría no saben si se contagiaron en algún momento, porque su cuerpo no dio señales. Sus diagnósticos de long covid se están haciendo, por tanto, por descarte, al no poder achacar síntomas que afloran como de la nada tiempo después a ninguna otra dolencia. La unidad infantil de Can Ruti empezó a funcionar en diciembre del 2020 cuando, precisamente, el hospital empezó a recibir un goteo de pacientes en diferentes consultas —neurología, cardiología, neumología— con síntomas que no respondían a un problema puntual, sino a algo mucho más generalizado. Desde entonces ha llevado el seguimiento de 130 menores. Todos habían pasado la infección de forma leve.
María Méndez, responsable de Pediatría del Germans Trias y coordinadora de este equipo, da detalles de lo que han aprendido este último año: el covid persistente es un poco más frecuente en niñas que en niños, pero la diferencia no es tan acusada como en los adultos, y la edad media está en los 12 años —su paciente más joven tiene cinco—. En cuanto a los síntomas, son muy variados y similares a los de los adultos; lo que cambia es su proporción y su repercusión. «Lo más frecuente y lo que más altera su vida diaria es la fatiga, tanto la física como la mental. La física puede llegar a impedirles ir al colegio, y los problemas de atención y de memoria en un período de máximo desarrollo académico y social pueden llegar a ser muy importantes», explica.
Además, la situación no desborda solo a los chicos, también a quienes les rodean. «Los padres lo viven con mucha angustia, porque el cambio en algunos de ellos es radical —comenta—. Algunos nos dicen: “He pasado de tener un adolescente en casa a tener un abuelito”». La doctora Méndez es, sin embargo, optimista: «No les podemos decir por qué tienen esto ni cuánto les va a durar, pero sí que en la mayoría de los casos la evolución es buena».
«Se despierta y ya se echa las manos a los ojos y la sien»
Sara, de 15 años, se contagió a la vez que sus dos hermanas mellizas, pero ella no se recuperó. Sufre fuertes migrañas y vive con la garganta constantemente irritada y la temperatura corporal siempre muy baja
Desde que Sara se contagió de coronavirus, hace ya 14 meses, sufre —día sí, día también— fuertes dolores de cabeza, se le irrita la garganta cada dos por tres y siempre tiene frío, su temperatura corporal es muy baja. Sara es trilliza. Se infectó a la vez que sus dos hermanas, pero la enfermedad solo persiste en ella.
Fueron cayendo como fichas de un dominó: primero la madre y luego, una tras otra, las tres adolescentes, sin enterarse apenas, con algunas molestias y sin olfato día y medio. Cuatro meses después, Sara —solo ella— empezó a sufrir unas intensas cefaleas que pusieron en alerta a toda su familia. Hoy sigue con ellas y, lejos de mejorar, parece que van a peor. Cada vez son más frecuentes.
A la angustia de ver habitualmente a su hija de 15 años tirada en la cama, con las persianas bajadas y sin casi poder moverse —«entro en su habitación por las mañanas y, según la despierto, ya se echa la mano a los ojos y a la sien», cuenta Ángela, su madre—, se le suma al matrimonio R. L. la frustración que provoca que ningún médico sepa qué hacer, cómo calmar el martilleo en la cabeza de la pequeña y su irritación perenne de garganta. Llevan meses en vilo. No saben a qué puerta llamar ni adónde llevarla. «Yo soy una mujer tranquila, pero tras ir a tres hospitales y solo recibir respuestas vagas, perdí los nervios», admite la madre.
Sara llevaba un mes sin poder ir a clase, así que Ángela se plantó con ella en su servicio de urgencias de Gijón, donde la derivaron a otro centro de la misma ciudad. En ambos fueron despachadas con diagnósticos de anginas y laringitis. Impotente, cogió el coche y condujo hasta el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), en Oviedo, donde por fin un médico se interesó por las migrañas. El escáner, sin embargo, arrojó resultados completamente normales y fueron enviadas de nuevo al primer hospital. «Allí les dije que hasta que no solucionasen el dolor de cabeza de la niña no me movía, y que si me iba era para ponerles una denuncia», relata ahora, al otro lado del teléfono.
Fue entonces cuando, al revisar la historia clínica de Sara, admitieron que la cosa era más seria de lo que creían. La ingresaron y la vio una neuróloga, pero la conclusión fue la misma: migrañas.
La primera que intuyó que lo que le pasaba a la adolescente no era ni amigdalitis ni un simple dolor de cabeza intenso fue su médica de cabecera, que enseguida identificó que estaba ante un caso de covid de largo recorrido. En septiembre, Sara empeoró. La ingresaron y le administraron medicación en vena, y desde entonces, encadena tratamientos sin mucho éxito. Ahora toma cinco pastillas al día, una pauta que deberá seguir durante nueve jornadas más. «Hay días que no sé ni cómo está en pie, ni viva», dice su madre.
Los problemas no acaban ahí. La menor ha perdido también capacidad de concentración. No retiene, le cuesta estudiar. «Lo que antes hacía en una tarde ahora le lleva una semana; a veces la miro y veo que está un poco como ida», comentan sus padres. Sara es «una cría muy tranquila», dicen, que ha asumido que cada cierto tiempo volverán los dolores. «Pero le limitan la vida», concluyen preocupados.
«Quería hablarnos de su mejor amiga y no era capaz de recordar su nombre»
Claudia, de 8 años, lleva desde enero del año pasado con taquicardias , agotada e incapaz de concentrarse
De las cuatro personas que viven en casa de los García Parejo, a tres el covid no las suelta. Belén, la madre, fue la primera en contagiarse. El virus la encontró pronto, en la primera ola, y con una apariencia nueva volvió a dar con ella meses más tarde, en la tercera. Se infectaron entonces, además, su marido, Eduardo, y sus dos hijos, Claudia de ocho años y Santiago de 15. Solo el adolescente se libró de la obstinación del SARS-CoV-2 con esta familia de Villanueva de la Serena (Badajoz) en la que hoy la normalidad pasa por estar todos enfermos.
La excepción se ha convertido en regla. La pequeña de la casa se ha acostumbrado a unos padres permanentemente de baja y a un espacio de juego reducido a un tablero, a entretenerse alrededor de una mesa. Ha renunciado a la comba, al ballet y a las clases de zumba, pero todavía no se ha dado por vencida con el baile ni con la flauta. «Es una niña de ánimo fuerte —admite su madre—. Luego le cuesta andar el resto de la semana, porque la persistencia del covid empieza a hacer mella en su cuerpo, pero nos está dando muchas lecciones de vida».
Hace más de un año que Claudia arrastra síntomas de un covid que se le presentó en un primer momento con cara amable. La enfermedad inicial fue leve, pero pronto la situación empezó a empeorar, tanto que un severo síndrome inflamatorio la postró durante días en la cama de un hospital. Fue ahí cuando la niña empezó a descompensarse: taquicardias, arritmias, diarreas, dolores de cabeza, tensión muscular, insomnio y muchísimo cansancio.
Ya superada la fase aguda de la enfermedad, ni siquiera pudo volver a clase. Lo hizo solo cuando la tormenta comenzó a amainar. «A finales de abril, aparecieron las primeras señales de estabilización —cuenta Belén—. Seguía con muchos síntomas, pero no iba a peor, así que lo valoramos con la pediatra y decidimos que retomase el curso, porque creímos que, a pesar de las limitaciones que tenía, a nivel emocional le vendría bien estar con sus amigos y volver a hacer una vida más o menos normal». Fue al regresar a las aulas cuando Eduardo y Belén notaron que, además de costarle un mundo moverse, Claudia no era capaz de concentrarse: no retenía lo que le explicaban los profesores y, en ocasiones, se olvidaba de pequeños detalles. «Quería hablarnos de su mejor amiga y no le salía el nombre, y al estudiar memorizaba una cosa y a los cinco minutos ya no la recordaba», explica con tristeza su madre.
A partir de entonces, la pequeña se vio obligada a esforzarse el doble, pero esa niebla mental lejos de disiparse siguió agudizándose. Cada tarde, sus padres tienen que sentarse con ella y masticarle lo que horas antes ya le contó la profesora. No se acuerda. O no lo ha entendido bien. Y ella es plenamente consciente. Ve que los demás tardan menos en hacer las tareas, en estudiar para los exámenes.
El futuro es opaco. Si ya el covid persistente es difícil de diagnosticar en adultos —capaces de concretar sus síntomas—, estipular que el cansancio, la desgana y otros dolores inciertos responden a la tenacidad del virus, que o no quiere irse o ha activado determinados resortes autodestructivos en el organismo, resulta en niños todavía mucho más complejo. En ellos, la enfermedad se camufla: sus dolores se achacan al cuento del que se hace el enfermo para no levantarse de la cama. Belén resume: «Los médicos no saben qué decirnos, todo es nuevo. El tratamiento que nos dan es el tiempo. Aguardar a ver si la cosa mejora. Esperar».