Resignación o exilio: las dos vías de los jóvenes rusos para continuar con su vida

Brais Suárez
Brais Suárez MOSCÚ / E. LA VOZ

ACTUALIDAD

MAXIM SHEMETOV

Miles de jóvenes rusos ven frustradas sus expectativas de futuro en un país que se cierra en si mismo y castiga al disidente

25 oct 2022 . Actualizado a las 17:29 h.

Tercera semana de lo que no debe ser nombrado. En un salón de un histórico edificio de Moscú se reúne un grupo de unos treinta jóvenes. Rusos y extranjeros, diseñadores, periodistas, arquitectos, profesores, artistas, científicos, traductores... Acostumbrados a viajar, a la cultura y a la libertad, conforman esa «quinta columna de Occidente», esa clase que está «mentalmente con el enemigo» y se considera parte de «una casta y una raza superior», según los definía Putin en su airado discurso de este jueves.

Del techo todavía cuelgan los adornos de su última fiesta, el pasado año nuevo. Entonces todos esperaban con ganas el fin de la pandemia, planeaban viajes, mudanzas, conciertos y, en general, disfrutar modestamente de la vida que se habían ganado. Ahora, sin embargo, siguen sin entender «todo lo que está pasando», tratan de evitar «la situación actual», de olvidarse de «toda esta mierda». Las guirnaldas cuelgan como una mueca burlona sobre el ánimo de quienes, sin motivos para festejar, solo buscan algo de complicidad.

La realidad se asienta sobre Moscú como una enfermedad, que manipula al paciente para habitarlo durante el mayor tiempo posible. Para los enfermos es inevitable creer que su estado es transitorio, pero la sintomatología apunta a una dolencia larga. Aunque todo luzca igual, sus ahorros pierden valor cada día, los precios suben, sus planes se reducen a encerrarse en casa (por si acaso) y las conversaciones aluden a amigos detenidos, a despedidas, incertidumbre, medidas de prevención. Mientras algunos piensan en cómo salir (quizá para siempre), otros, los que saben que solo se pueden quedar, tratan de apoyarse entre sí.

El síndrome del miembro amputado dura 21 días, según observó el cirujano Maxwell Maltz. Es el tiempo necesario para que desaparezca una imagen mental y cuaje una nueva. Y aunque en esta fiesta la amputación escuece más que nunca, las tres semanas de conflicto extienden poco a poco la sensación de que las cosas no estarán tan mal, que las multinacionales reabrirán, que se retirarán las sanciones, que se volverá a viajar. Algunos van más allá y buscan consuelo en el orden. «Seguro que el Gobierno consideraba los distintos escenarios», se escucha en la calle. «No pienses como europeo», dice un emigrante español volcado con la causa.

«Llevo diez años viviendo en mi burbuja, alejada de las noticias, y esto, tan de repente, parece el precio que pagar», dice Polina, de nuevo en la fiesta. «Yo tengo unos familiares en Odesa y temo tanto sus recriminaciones, que ni me atrevo a llamarlos para saber cómo están», confiesa Vika. He ahí otro de los síntomas más claros: hasta ahora, todo ese abanico de sentimientos que muestra una cara rusa regada por el alcohol nunca registró semejantes cotas de vergüenza. Todo esto ya solo es un espejismo, un reflejo de lo que era», dice alguien. «Sí, es como la momia de Lenin, solo queda un cuerpo artificial», bromea otro señalando por la ventana. 

Adiós a un modo de vida

Los invitados se van poco a poco. La música queda en segundo plano. «En general, una frase, por hermosa y profunda que sea, solo causa efecto en los indiferentes (...). La máxima expresión de la felicidad o de la desgracia es el silencio», escribió Chéjov. Un silencio impuesto en las calles y un silencio impotente entre amigos. En silencio, todos se despiden entre sí, conscientes de que no volverán a este piso y de que también dicen adiós a un modo de vida que les gustaba.

El amanecer descubre un cielo frío y excepcionalmente claro, azulísimo, inusual en esta época, tan luminoso como un hechizo. A medio kilómetro se ven el Kremlin, los puentes, el río Moscova. Todo es tanto más increíble cuanto que la realidad solo se modifica en lo virtual: en las finanzas, en las leyes, en la tecnología. La ciudad parece la misma, pero esta recodificación desdibuja las caras, atenúa las voces, vacía las avenidas.

Poco a poco, tras tres semanas, se interioriza la amputación, que se cuela entre las torres y plazas de esta ciudad tan hermosa como despiadada. El sol de la madrugada, el frío afilado, la pulcritud aséptica. Es inevitable pensar que todo está engangrenado, que todo el poder que desprenden los edificios y las calles se coagula como algo físico, real, tan incontestable como perverso. Su mayor virtud es la más aterradora: que en algún momento se pueda convertir en algo normal, en algo aceptable.