Ancianos sin vacunar, deficiente sistema sanitario y motivos políticos blindan una estricta planificación que ahoga al país
29 may 2022 . Actualizado a las 09:28 h.Esta semana los estudiantes de la Universidad Normal de Pekín se manifestaron en el campus con la cara tapada con mascarillas y los móviles encendidos. Llevaban más de un mes encerrados en el recinto universitario, a pesar de que no se ha detectado ningún caso positivo y las clases han sido suspendidas. Al día siguiente, la dirección anunció que se les permitiría salir del campus, donde comparten dormitorios, para volver a sus hogares. La protesta y la rápida solución muestra cómo las autoridades son conscientes del cansancio y el malestar de la población ante las medidas estrictas para controlar los brotes de ómicron.
En Pekín solo hay algunos barrios confinados, pero se ha impuesto el teletrabajo, los colegios han cerrado y las únicas tiendas que permanecen abierta son las de alimentación.
La razón de esta parálisis, según las cifras oficiales, son los poco más de 1.500 casos de ómicron detectados desde el 22 de abril en una a capital de más de 20 millones de habitantes. Shanghái ha tenido peor suerte y lleva totalmente confinada desde el 1 de abril.
China combate la pandemia con lo que ha denominado política de covid cero dinámico, basada en largos confinamientos, bloqueos estrictos de la movilidad y rastreos masivos de los contactos cercanos de un infectado que son trasladados a centros de cuarentena, aunque no sean positivos. Los continuos bloqueos han afectado la economía, que ve cómo las cadenas de producción y logística son interrumpidas.
De nada han servido los consejos de expertos y de la OMS ante una variante muy contagiosa, pero poco letal. Pekín mantiene que la opción de convivir con el virus no es viable y que podría provocar más de millón y medio de muertos en el país. Las razones se encuentran en la poco efectiva vacunación y, por tanto, baja inmunización. Pekín solo ha utilizado sus propias vacunas inactivadas y no ha autorizado las extranjeras desarrolladas con tecnología ARN, que son más efectivas.
Además, aunque asegura que el 95 % de su población esta vacunada, tiene un agujero importante entre la gente mayor, ya que al principio solo la recomendaba a menores de 59 años. En el 2020 se consiguió cortar la transmisión en Wuhan y se cerraron las fronteras. En un país sin apenas casos no se priorizaron a los ancianos por temor a los efectos secundarios. Según los datos de la Comisión Nacional de Salud de China, todavía hay 42 millones de ancianos sin vacunar y 100 millones no han recibido las dosis de refuerzo.
El sistema sanitario tampoco está preparado para poder absorber una gran ola de pacientes. Las ucis solo suman poco más de un millón de plazas en el gigante asiático. Construir centros de cuarentena, sin servicios médicos, sale más barato.
Mano dura
Pero, sobre todo, hay motivos políticos para defender el modelo. El presidente Xi Jinping incluso ha pedido mano dura para los que cuestionen la estrategia y la censura elimina cualquier crítica. China defiende el éxito de su estrategia frente Occidente como una demostración de la superioridad de un sistema autoritario que permite limitar estrictamente la libertad de las personas por un bien común. Frente al alto número de muertos por covid-19 en Occidente, China suma poco más de 5.000.
El discurso oficial adjudica personalmente a Xi Jinping el éxito del método e incluso se ha incluido como materia de estudio en los libros de texto. En octubre se celebrará el Congreso del Partido Comunista, donde está previsto que Xi revalide un tercer mandato y es poco probable que, a escasos meses del evento, se corrija una política clave y se depuren errores.