Andrea Taboada, psicóloga: «Nuestro cerebro interpreta un 'like' como una palmadita en la espalda»

FRANCISCA PACHECO GONZÁLEZ / M.V

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ALBERTO LÓPEZ

El uso de redes sociales se ha extendido hasta tal punto que hoy no podemos imaginar la comunicación sin ellas. Sin embargo, su uso excesivo puede provocar problemas de autoestima, dependencia o dificultad para relacionarnos en el mundo real

16 ago 2022 . Actualizado a las 09:00 h.

Un 85 % de los españoles entre 12 y 70 años utiliza las redes sociales a diario. Para Andrea Taboada, psicóloga de la Clínica Mente, estas pueden ser herramientas muy útiles y provechosas si se utilizan de manera correcta. En cambio, si su uso se vuelve excesivo, pueden provocar más de un problema para nuestra salud mental.

 —¿Por qué pueden las redes sociales ser dañinas para la salud mental?

—Porque suponen una exposición continua y muy rápida a una gran cantidad de información que puede ser difícil de manejar y discernir. En las redes sociales solo vemos una parte de la vida de otras personas. Esto es una información sesgada que nos suele llevar a compararnos constantemente con modelos que muchas veces son irreales y que están llenos de filtros, poses, publicaciones preparadas, publicidad encubierta, etcétera.

 —¿Qué problema puede haber, en concreto, con los filtros en las fotos?

—Muchas veces son imágenes irreales. Cuando nosotros vemos una foto nuestra con filtro nos vemos guapos, nos gusta lo que vemos, y el problema es que por mucho que nos maquillemos o peinemos, nunca vamos a obtener esa imagen. Entonces, creemos que solo nos vemos bien cuando no somos nosotros mismos. Te miras en el espejo en la vida real y no te gusta lo que ves, y esto hace que tengan un efecto importante en el concepto que tenemos de nuestra imagen corporal y la manera en que nos percibimos.

 —¿Esto puede llegar a causar trastornos como ansiedad o depresión?

—Efectivamente. De hecho, está demostrada la relación entre el uso excesivo de redes sociales y la ansiedad social, los trastornos de alimentación, los trastornos relacionados con la imagen corporal, como la dismorfia corporal, y las dificultades en la autoestima.

 —El mostrar solo una parte de nuestra realidad, ¿es algo propio de las redes sociales?

—Sí. Tú no muestras cuando estás un domingo en el sofá, sino cuando estás en la playa. Las personas muestran solo la parte más bonita de su vida, y los demás nos estamos comparando, pero no con la vida de esa persona o su estética, sino solo con la parte exitosa de esa realidad. Nadie es exitoso 24 horas al día. Nadie es guapo 24 horas al día, los siete días de la semana. Nadie es superprofesional todo el tiempo. Entonces, cuando nos comparamos con eso, siempre salimos perdiendo, porque solo nos comparamos con la parte buena. Es muy difícil manejar el autoconcepto así.

 —¿Por qué nos comparamos aun sabiendo que lo que se ve es solo una parte de la realidad?

—Porque estamos diseñados para compararnos. Eso tiene que ver con que la especie humana es social y, aunque a veces no lo parezca, ha evolucionado a partir de la cooperación y la pertenencia a los grupos. Estamos diseñados para compararnos porque lo que más seguridad da a un ser humano es pertenecer a uno. Entonces, continuamente estamos testeando si estamos dentro o fuera de él. En el caso de las redes sociales, aunque sabemos que lo que estamos viendo es solo la parte buena, no conocemos el alcance de lo malo. La tendencia a compararnos junto con una información sesgada es lo peligroso.

 —Esto explica también el sentimiento de satisfacción a la hora de hacer una publicación y tener éxito…

—Efectivamente. Podemos decir que nuestros seguidores son un grupo, y cada like es una muestra de aprobación, es una confirmación de que estamos dentro, y esto nos aporta mucha seguridad. Cuando nosotros recibimos un like, nuestro cerebro lo interpreta como una muestra de afecto, de apoyo. Cada like es una palmadita en la espalda que nos dice que estás dentro del grupo y esto es supersatisfactorio para nosotros. Esto hace que cada vez lo busquemos más. Lo mismo ocurre con los mensajes de odio. Se convierten en un voto para estar nominado y abandonar el grupo. Son como un termómetro de nuestra integración.

 —¿En qué momento esta búsqueda por la aprobación pasa a ser una adicción?

—Normalmente, hablamos de una adicción cuando empieza a interferir en la vida diaria de la persona. Cuando, por ejemplo, quitamos tiempo de sueño para usarlo en redes sociales. Cuando afecta a nuestras relaciones, nos aislamos, salimos menos por estar más tiempo en redes sociales. Cuando quitamos tiempo de estudio o trabajo. Cuando evitamos, por ejemplo, ir a sitios donde no tenemos cobertura, o empiezan a afectar a nuestra vida y a consumirnos demasiado tiempo y energía. Ahí es cuando podemos considerar que tenemos una adicción.

 —¿Hay algún segmento de la población que sea más vulnerable a la adicción?

—Los niños y adolescentes pueden ser un poco más vulnerables. Luego, habría otro tipo de rasgos de personalidad en la población general que podrían dar lugar a un uso más perjudicial de las redes sociales. Por ejemplo, cuando se usan como una forma de escapar de la realidad, por no tener las habilidades sociales para relacionarnos correctamente. O cuando por miedo o por inseguridad evitamos relacionarnos con otros de forma presencial. También las personas muy buscadoras de sensaciones, muy impulsivas, suelen encontrar una vía de escape en redes sociales.

 —¿Pueden las redes sociales afectar a nuestra capacidad para relacionarnos con otras personas?

—Sí, no porque las redes tengan en sí algún tipo de inconveniente, sino porque un uso excesivo nos impide poner en práctica otras habilidades necesarias para relacionarnos. La redes no son perniciosas en sí, de hecho, pueden ser muy útiles, pero el problema es que durante el tiempo que nosotros las estamos usando, estamos dejando de poner en práctica o de entrenar otras habilidades, y las habilidades que no usamos se pierden. Se convierte en un círculo vicioso: cuando nos faltan las habilidades para relacionarnos en persona, nos sentimos inseguros y vamos a las redes sociales, con lo que, a su vez, tenemos cada vez menos habilidades, con lo cual, volvemos a las redes para evitar la frustración. Esto es muy perjudicial, especialmente para niños y adolescentes, porque les impide desarrollar estas capacidades que después son necesarias.

 —¿Está bien bloquear o silenciar contactos en redes sociales porque nos incomoda su forma de utilizarlas?

—Sí, es útil y es recomendable. A veces necesitamos simplemente dejar de seguir a ciertas personas. ¿Cuándo debemos hacerlo? Cuando notamos que esa información nos resulta muy difícil de gestionar. Cuando nos genera mucho malestar, mucha incomodidad. Eso suele ser una señal de que hay algo ahí que no es saludable para nosotros. Va en la línea de no permitir determinadas cosas que no permitiríamos en la vida real.

—En síntesis, ¿cuáles son tus recomendaciones para un uso saludable?

—Lo primero es limitar el uso, de forma que no nos quite la oportunidad de practicar otras habilidades. Por ejemplo, dejar el teléfono en otro sitio mientras estamos con la familia, o guardarlo cuando estamos tomando un café con alguien. Lo segundo es seguir diferentes tipos de cuentas, y no únicamente perfiles que tienen una vida y un aspecto determinado. Esto nos facilita tener un autoconcepto más amplio y más saludable, y nos permite ser más empáticos y tener más apertura con los que son diferentes a nosotros.

 —¿Nuestras acciones tienen realmente el mismo impacto en el mundo real que en el virtual?

—Sí, es muy importante entender esto. Hay que poner límites en las redes y no consentir conductas que no consentirás en la vida real. Bloquear a personas que tengan comportamientos que no corresponden, denunciar contenidos inapropiados y procurar no seguir ni permitir que te siga nadie con quien tú no tendrías trato en tu vida real. Finalmente, con niños y adolescentes, más que controlar el uso —porque de una u otra manera van a estar expuestos— es útil establecer espacios de uso compartido. Es mejor que un adolescente esté una hora usando el teléfono y que nosotros estemos con ellos ayudándoles a filtrar y digerir toda esa información, que dejarle ver el móvil 10 minutos en solitario.