La reina que cosió heridas, la corona británica y los republicanos irlandeses

ACTUALIDAD

El muro de Belfast (Irlanda del Norte), que separa la zona protestante de la católica.
El muro de Belfast (Irlanda del Norte), que separa la zona protestante de la católica. JOHANNA GERON | REUTERS

Isabel II fue la primera monarca que hizo una visita oficial a la República de Irlanda

11 sep 2022 . Actualizado a las 09:25 h.

La del 27 de agosto de 1979 fue una cálida mañana en el castillo irlandés de Classiebawn. Lord Louis Mountbatten disfrutaba de unas vacaciones en familia entre verdes colinas. Hacía ya unos años que su presencia en la esfera pública era reducida. Un abuelo jubilado. Uno que, en otra vida, había sido el último Virrey de la India, héroe de guerra y almirante de la Real Marina Inglesa. El tío favorito del, por aquel entonces, todavía príncipe Carlos (desde hace unos días, ya Carlos III). Fue el agradable clima lo que motivó aquel paseo en barco. Su último. En su preciado pesquero, de nombre Shadow.

Apenas llevaba el conde un cuarto de hora surcando las tranquilas aguas cuando la nave saltó en mil pedazos, dejando una horrible escena de tablones astillados y olor a muerte. Así lo mataron. Con una bomba que se cobró, además, la vida del marido de su hija, y que solo por mediación del azar no mató a sus nietas, gemelas de 14 años, que también iban a bordo. La autoría del atentado fue reclamada por el IRA. Con el asesinato, buscaban «llamar la atención de la población inglesa sobre la ocupación del territorio de Úlster», dijeron. Esta trágica matanza fue el más amargo episodio que el conflicto irlandés le trajo a la familia real británica. Años y muertes pasaron.

Una reina en una república

En mayo de 2011, se acercaba el 32º aniversario del sombrío estallido del Shadow. Durante aquellas treinta y dos primaveras, miles de cadáveres, irlandeses y británicos, monárquicos y republicanos, nacionalistas y unionistas, se habían unido al del querido Mountbatten. Las hostilidades no se detuvieron hasta la firma del acuerdo de paz del 10 de abril de 1998. El nuevo siglo trajo una renovada voluntad de acercamiento entre ambas partes. La República de Irlanda y el Reino Unido comenzaron a aceptar la coexistencia y se dieron los primeros pasos en la senda hacia la buena vecindad.

El clima reconciliador culminó en aquel mayo de 2011. Isabel II, con casi sesenta años de reinado a sus espaldas, hizo la primera visita oficial de un monarca británico a la República de Irlanda. El último de la familia que había pisado aquellos suelos había sido su abuelo Jorge V, hacía más de un siglo. En unos tiempos en los que la república aún no era tal y el Reino Unido tenía una provincia más.

La reina Isabel II y el Duque de Edinburgo en su visita oficial a Irlanda del Norte en 2016.
La reina Isabel II y el Duque de Edinburgo en su visita oficial a Irlanda del Norte en 2016. Clodagh Kilcoyne | REUTERS

El itinerario de aquella visita fue cuidadosamente manufacturado para contribuir al cicatrizar de las vieja heridas. La reina, acompañada en todo momento por Mary McAleese (por aquel entonces presidenta de Irlanda), acudió a un acto solemne celebrado en el dublinés Jardín del Recuerdo (Garden of Remembrance). Allí sucedió lo insólito. La portadora de la corona británica depositó una guirnalda de flores y le dedicó una respetuosa genuflexión de cabeza a un monumento en homenaje a los caídos en el Alzamiento de Pascua de 1916 —insurrección republicana que condujo a la proclamación de la independencia de Irlanda—.

Después, ambas Jefas de Estado acudieron al monumento de Islandbridge, construido en honor a los irlandeses que murieron luchando en el ejército británico durante la Primera Guerra Mundial. Así fue cómo la reina, con su ser y con su estar, sin pompa ni grandilocuencia, se acordó de los muertos. De todos los muertos. Y así lo confirmó en su discurso posterior, durante una cena de gala en el flamante Castillo de Dublín.

Como muestra de respeto a sus anfitriones, comenzó con unas dificultosas palabras en gaélico. Ya en inglés, declamó las verdades que traía consigo. «Nadie tiene el monopolio del sufrimiento», dijo. Y durante el resto de su discurso, ya solo miró al mañana. Al ilusionante desarrollo y fortalecimiento de las relaciones diplomáticas entre dos naciones soberanas y vecinas. A no dejar que el recuerdo de la muerte y la violencia lastrara las promesas del futuro. Porque además del tío Mountbatten habían muerto muchos otros tíos. Tíos de ambos bandos.

Un histórico apretón de manos

En 2012, Isabel II visitó la otra Irlanda. La del Norte. La que aún pertenece al Reino Unido, a pesar de la mitad proirlandesa y católica de su población. Allí se produjo su encuentro con Martin McGuinness, que era el viceministro principal (algo así como vicepresidente) del territorio. Fue histórico porque resulta que es el mismo McGuinness que unas décadas atrás había sido líder del IRA.

Gerry Adams (líder del Sinn Féin) con Martin McGuiness.
Gerry Adams (líder del Sinn Féin) con Martin McGuiness. JOHN COGILL

Con una sonrisa de oreja a oreja, la reina le estrechó la mano frente a las cámaras, dejando una instantánea para el recuerdo. Diez atrás, la escena habría sido impensable. Lo que pasó entre medias, fue el progreso. La voluntad de hablar y entenderse de dos bandos que parecían condenados a matarse para siempre.

El adiós de los irlandeses

Decir que la reina no era una figura controvertida para los republicanos irlandeses sería mentir. Por mucho aperturismo y voluntad de diálogo que trajeran los nuevos tiempos, la corona seguía siendo para muchos el símbolo de la ocupación colonialista.

No obstante, muchos en el bando de los que suspiran por la reunificación han salido estos días a reivindicar la histórica contribución de Isabel II a la causa de la paz. Al recibir la noticia de la muerte de la monarca, Mary Lou Donald, presidenta del Sinn Féin en Irlanda del Norte, se despidió de ella diciendo que «la reina fue una poderosa aliada de aquellos que creemos en la reconciliación». Y en los edificios oficiales irlandeses, las banderas han amanecido a media asta.