La guerra en primera persona: Un mes en la asediada Mariúpol

Brais Suárez
Brais Suárez OPORTO / E. LA VOZ

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El sol entra por una ventana de un edificio destruido en la ciudad de Mariúpol
El sol entra por una ventana de un edificio destruido en la ciudad de Mariúpol

«El sol brillaba desde dentro de casa, solo quedaban las paredes», recuerda Vlad, de 23 años, uno de los habitantes de la ciudad ucraniana

23 oct 2022 . Actualizado a las 09:12 h.

«¿Qué ocurre con los grandes acontecimientos? Quedan fijados en la Historia. En cambio, los pequeños, que sin embargo son importantes para el hombre pequeño, desaparecen sin dejar huella». Son la pregunta y la respuesta que se hacía Svetlana Alexiévich en su libro Los muchachos del zinc, que aborda el último gran conflicto de la Unión Soviética y el principio de su futura desintegración: la guerra de Afganistán. Los testimonios que recoge la nobel bielorrusa son tan valiosos que también explican, de alguna manera, lo que ocurre hoy en Ucrania y Rusia. 

De la misma manera, si un testimonio no explica el conjunto del actual conflicto, quizá sí ayude a visualizar lo vivido por una persona entre las miles que soportaron el asedio de Mariúpol, batalla que rusos y ucranianos utilizan como símbolo de su lucha justa.

Por eso, Vlad se asegura varias veces de que su historia no se altere, de quién la va a publicar, en qué formato, de cómo se hará la entrevista.«Me siento más cómodo por escrito», escribe, «porque hace unas semanas hablé con un periodista italiano y resultó que también estaba viéndome un mercenario ruso». Se encuentra en Tiblisi, a salvo y ya recuperado de las enfermedades que contrajo durante los 25 días de asedio en Mariúpol. Es diseñador y tiene 23 años. Nació y creció en esta ciudad portuaria que pertenece a la región de Donetsk, donde en febrero vivían 430.000 personas. Fuentes oficiales de Donetsk aseguran que un 60 % de la urbe ahora es inutilizable. 

Vlad, de 23 años, se encuentra en la actualidad en Tiblisi
Vlad, de 23 años, se encuentra en la actualidad en Tiblisi

«A los del este de Ucrania se nos tomaba en broma cuando sospechábamos de una invasión rusa, porque en el fondo llevábamos así desde los bombardeos del 2015». Por eso, el ataque no les sorprendió. «Al tercer día de guerra, los soldados rusos ya habían destruido toda la infraestructura de la ciudad y cortado las comunicaciones», recuerda. El 2 de marzo, 15 horas de bombardeos dejaron la ciudad «al borde de una catástrofe humanitaria», según decía su alcalde. «No podíamos saber lo que ocurría; solo algunas personas se conectaban a la red desde las azoteas más altas, pero yo no sabía nada». Algunos de los hitos del asedio, como el bombardeo de la maternidad (9 de marzo), los primeros entierros en fosas comunes (el 14), el primer corredor humanitario o la destrucción del teatro municipal que servía como refugio (el 16 de marzo murieron allí 300 personas), pasaron casi inadvertidos para muchos habitantes.

A mediados de marzo ya se certificaba la muerte de más de 2.400 civiles. «Pasamos todo el mes juntos, ayudándonos», recuerda. Se refiere a él, un amigo y sus vecinos, organizados por bloques de viviendas. «Yo ni siquiera los conocía, pero de pronto éramos amigos de toda la vida». Todo empezó cuando les cortaron el gas; la gente salía a hacer hogueras para cocinar juntos lo que nos quedaba en casa. «Cuando empezó a terminarse la comida, también entramos en supermercados o almacenes, previamente abiertos por militares que tiraban el alcohol», cuenta. Vlad apoya su historia con vídeos que grabó mientras tenía batería. Se ven columnas de humo, algún incendio, basura, barro, algo de nieve, cajas, gente buscando algo entre escombros. Las explosiones distorsionan en el altavoz del teléfono. Durante esas expediciones se ayudaban y recolectaban comida para ancianos, alguna golosina o juguetes para niños. «Mi amigo y yo nos quedamos en el apartamento, la artillería ucraniana estaba en un extremo de la ciudad, por donde entraban los rusos, y no venía en nuestra dirección. Eso sí, tapiamos todo, dormíamos bajo el sofá, sobre el que amontoné cosas como protección. Tras unas semanas, nos fuimos acostumbrando y salíamos más a la calle… Por ejemplo, para coger agua de un río pequeñito, cerca de casa». Una mañana, aparece el cristal roto por una explosión; hay un cadáver en el patio.

Tumbas en un cementerio de Mariúpol (Ucrania)
Tumbas en un cementerio de Mariúpol (Ucrania) ALEXANDER ERMOCHENKO | REUTERS

El día 18, las tropas rusas ocupaban el centro de la ciudad y se conocían las primeras deportaciones de civiles. “El día 20 decidí investigar sobre mi familia. Al cruzar los puntos de control urbanos lo desnudaron por completo para ver si tenía tatuajes. «Llegué a la casa donde nací, una jrushiovka en la calle principal, solo encontré las paredes exteriores. El sol brillaba desde dentro. Resultó que mi tía y mi abuela habían podido irse a Ucrania. Entendí que necesitábamos otro plan. Entonces nos enteramos de que los soldados rusos enviaban autobuses a Rostov (Rusia). La aviación ya estaba atacando y destruía hasta los cimientos de las casas; cualquier cosa era mejor que quedarse, ya estábamos muy enfermos».

La deportación

El 24 de marzo, las autoridades anunciaron que hasta 15 mil personas habían abandonado el territorio. Vlad se fue al día siguiente: «Fuimos a los autobuses, donde Piervi Kanal (televisión rusa) daba bollos de un sabor muy raro, yo no quise. Nos prometieron llevarnos a Rostov, y allí ya veríamos. Pero no fue tan fácil: primero llegamos a la recién ocupada Volodarsk, a una escuela bastante moderna. A los profesores les obligaron a hacer de voluntarios, trabajaban y limpiaban todos los días. Nos daban de comer una vez al día y dormíamos en cartones. Estaba muy sucio porque éramos entre tres y cuatro mil personas. Después de tres días, me desmayé por primera vez». Luego continuaron el viaje a través de dos pasos fronterizos, uno en Donetsk y el otro en la frontera con Rusia: «Nos desnudaron, interrogaron, preguntaron qué pensábamos de Rusia, de Ucrania y todo eso».

Se dirigían a los campos de filtración, como Moscú denomina las zonas habilitadas para movilizados forzosos, donde se les interroga y «filtra». Uno de los mayores campos es el de Bezimenne, al este de Mariúpol, donde el día 27 había unas 5.000 personas, según la BBC. «Llegamos a un lager, y en cuanto pudimos, pedimos a una amiga llamar a un taxi para ir a Rostov. La mayoría de los que vinieron con nosotros no tenía contactos, así que los distribuyeron por residencias y los llevaron a algún otro sitio. Estábamos totalmente enfermos, con bronquitis, sinusitis y otitis. Tenía las piernas llenas de callos y me dolía todo. Me ayudaron a distancia unos doctores ucranianos, por lo que estoy muy agradecido». A continuación, se fue a Georgia «donde estaban otros conocidos. Además, no tenía el menor deseo de quedarme en el país que había actuado así con mi casa». 

Refugiados ucranianos de Mariúpol cargan sus equipajes en un autobús con destino a Polonia
Refugiados ucranianos de Mariúpol cargan sus equipajes en un autobús con destino a Polonia GLEB GARANICH | REUTERS

A diferencia de sus amigos, Vlad no perdió a nadie cercano. «Fue milagroso». Ahora piensa en volver y prepararse por si es necesario luchar.

Una vez salvados, es inevitable tratar de entender las raíces y consecuencias de esta guerra, de una naturaleza filosófica y existencial para Rusia. «La mayoría de los que estaban equivocados sobre Rusia cambiaron de opinión», explica Vlad. Desde el 2015 ya nadie hablaba de una posible anexión, todos sabíamos que el tiempo se había parado en Donetsk y Lugansk. Como rusoparlante nacido en los 90, entiende la influencia de Rusia en la región, pero resalta: «Los ucranianos nunca estuvimos tan unidos como en la guerra, eso se siente». 

Pasará mucho tiempo hasta que se sepa todo lo ocurrido con el debido rigor… De momento, no podemos hacer mucho más que escuchar estas voces, como ecos del desplome de la Unión Soviética.